ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 06



Las Fantasias Electivas


Author | Autor: Carlos Henrique Schroeder


Traducido por Julia Tomasini

R

“¿Cuándo te transformaste en…?”
“¿En esto?”
“No fue eso lo que…”
“Hay dos maneras de lidiar con el deseo: o uno lo apaga con un extintor, que
es lo que generalmente hace todo el mundo, o uno deja que el fuego se extienda.
Yo decidí incendiarme.”
“Pero tenías un buen trabajo…”
“¿Un buen trabajo? ¿Periodista? ¿En Mendoza? Es todo prostitución, querido,
todo, unos venden el cuerpo, otros la cabeza, algunos su tiempo, es todo puterío,
todo el mundo se deja dar por el culo.”
“¿Y tu familia?”
“Los travestis no tenemos familia, al menos de donde vengo, no.”

S

“¿Usted conoce a Sebastián Hernández?”
“No.”
“¿Está seguro?”
“Sí.”
“Y a Copi, ¿lo conoce?”
“¿Quién está queriendo saber?”
“Tenemos que conversar con usted, personalmente.”
Y la voz se volvió un eco distante en el teléfono.
Copi se abrió las venas con una gillette, y, según la policía, tardó horas en
morir. El pequeño departamento estaba impecablemente ordenado, sin señales de
bebida o drogas (lo que era raro, viniendo de Copi, que siempre tenía un porro en
la boca y resto de cocaína en la uña del dedo meñique de la mano derecha).
La ropa estaba planchada, doblada y milimétricamente ordenada en dos
grandes valijas que descansaban encima de la cama. En ambas había un post-it
rosa, de Hello Kitty, con el nombre de Renê en letras mayúsculas, el teléfono del
hotel donde trabajaba y el turno. En el tacho de basura de la cocina había algunos
cuentos y el comienzo de una novela, todos rasgados, estrujados y salpicados con
sangre. Parecía que Copi había estado haciéndose el Pollok en la basura, se podían
ver algunos movimientos continuos y circulares que ella hizo para lograr el efecto.
Renê estaba en ese estado entre la irrealidad y la incredulidad, como si eso no tu-
viera que ver con él sino con algún espectador pasivo, como si estuviera mirando
una película mala. Pero no era todo, había un sobre, claro, un sobre marrón grande,
en la mesa de luz, con el nombre de Renê escrito en rojo. Obviamente no era una
carta de despedida, Copi no era de ese tipo de personas. Ahí estaban sus poemas,
la fotografía de la niña en las vías del tren y su serie de fotografías y textos sobre la
soledad. Y una nota que decía: “la polaroid es tuya, Ratón, está debajo de la cama.”
Renê tomó la foto y no contuvo las lágrimas: recordó esa tarde, dos semanas
atrás, en la que estaba sentado en la cocina de Copi tomando un Malbec que había
traído de Mendoza, y cómo ella se veía eufórica, feliz y radiante esa tarde. Era injusto
que ahora estuviera muerta, pero ¿qué es la justicia? Es cosa de hombres, no
de dioses, ni de travestis.


“Ey, Ratón, lindo, se te rompió la camisa, estás jodido, mirá.”
“Qué cagada, otra más, esta me la van a descontar, seguro, la semana pasada
se me rasgó una con un alambre de mierda en la puerta de casa”.
“Esperame, ya vuelvo.”
Cuando volvió tiró encima de la mesa la fotografía de la niña en las vías del
tren. Y, con una cámara en la mano, tomó de un solo trago su copa llena de vino,
dio una carcajada estridente y dijo:
“Ratón, te voy a contar una historia”.
“¿Más triste que las mías?”
“No, no, basta de tristeza, ¿ok?”
“Ok, que sea graciosa.”
“No sé si es graciosa y tampoco si es exactamente una historia, es más una
cosa mía, algo que me gusta mucho, quiero hablar, hablar, hablar, mirá bien la foto.”
“Cuidado con la cocaína, Copi, eso te va a estropear... Linda la foto, ¿vos la
sacaste?
“Sí, con una Polaroid de los setenta que compré por nada en una feria de
Buenos Aires. Esta.”
“Muy buena. ¿Puedo sacar una foto?”
“No tiene rollo, querido, tengo que comprar.”
“Nunca vi una de estas.”
“Sos un ignorante, Ratón, nunca viste nada, no sabés nada.”
“Soy un pedazo de mierda, ¿no? Solo porque no leí la pila de libros que leíste.”
“No, Ratón, vos sos un pobre tipo, pero tenés suerte.”
“¿De qué?”
“¡De tener una amiga linda como yo! ¡Jajajaja!”
“Linda, pero con una zanahoria entre las piernas.”
“Y qué zanahoria, ¡mirá! ¡Jajajaja!”
“Copi, podrías acabar con eso, ¿no? A mí no me gustan esas cosas.”
“Está bien, está bien, basta.”
“¿Vas a contar la historia o no?”
Copi llenó la copa, una vez más la tomó entera, se limpió los labios y dio otra
carcajada. Renê nunca la había visto tan feliz.
“Empecemos, ahora sí. El año pasado fui a atender un cliente al norte del estado,
un cliente fiel, un alto ejecutivo de una gran empresa que visito por lo menos una
vez por mes. Canoso, perfumado, bueno en la cama, ¿viste?, bien dotado, siempre…”
“Copi, sin detalles.”
“Es verdad, sigamos. El tipo viene, se queda unas dos horas conmigo, me la
mete hasta desollarme, se vuelve a casa, y yo me quedo en el hotel hasta el día
siguiente. Entonces descanso, duermo y salgo para dar una larga caminata, para
mantener este cuerpito, pero siempre llevo una mochila con mi polaroid. En una
de esas caminatas errantes vi una escena inusitada: una niña sentada, pensativa
y llorosa, en las vías del tren. Saqué la cámara inmediatamente y click, foto. Confieso
que tomé la foto muy rápido, un poco avergonzada, vaya una a saber lo que
podrían pensar de esta pobre muñeca, sacando fotos de personas en la calle. Pero
volvamos al instante de la fotografía, ese instante que está despegado de la realidad,
es una captura del tiempo, un congelamiento, lo más cerca que podemos
llegar de la inmortalidad. Y siempre volvemos a la imagen, cada vez que oímos
una palabra, alguien nos cuenta algo, nuestra imaginación fotografía todo, es la
fotografía de las palabras.”
“Copi, la historia…”
“Perdón, Ratón, me entusiasmé. Me acuerdo de una vez que pasé en ómnibus
por la BR 101 en el sur del estado, final del día, y vi una señora con dos hijos chicos
prendiendo velas encima de las vías del tren. Y conjeturé qué tipo de tragedia
podría haber ocurrido con esa familia y me di cuenta del poder de una imagen,
porque pasé todo el viaje con esa escena, y hasta hoy me da vueltas en la cabeza.
Ok, basta, estoy divagando… Pero la niña, ¿por qué estaba llorando esa niña?, me
preguntaba. ¿Estaba realmente llorando o solo triste, distraída, aburrida, esperando
que sucediera algo, aunque fuera el reto de la madre? Me dieron ganas de decirle
un: ‘Hola, ¿todo bien? Cuidado con el tren que debe estar llegando’. Era una
forma de descubrir algo más, ver su cara, pero seguro que ella estaba vacunada
contra los desconocidos, con la máxima ‘nunca hables con extraños’. Y, como me
gusta imaginar el futuro de las personas, mientras continuaba mi caminata, traté
de imaginar el futuro de esa criatura sin rostro, sin voz. ¿Qué será de su vida? ¿Qué
profesión tendrá? ¿Se casará? ¿Tendrá hijos? Sabés de lo que hablo, muchos de
nuestros sueños no se concretan; algunos, sí, otros van a parar a un camión de
mierda, y esa es la naturaleza de la vida, ganar y perder, nacer y morir, caminar y
correr, entregar el culo y meterla, jajajajaja…”
“Copi…”
“Ok, Ratón, ok… Nunca más vi a la muchacha de las vías del tren, incluso pasando
todos los meses por ahí. Ella no me vio, no existo para ella, pero la foto que
tomé y el tiempo que pasé pensando en ella hicieron un movimiento, y son una
lección: para los otros somos un conjunto de imágenes, de memoria, fotográfica o
no. Porque, cuando morimos, quedan las fotografías y las escenas de las personas
que nos vieron, que presenciaron nuestra existencia. Qué mierda de filosofía bara-
ta, ¿no, Ratón? ¡Te buscaste una amiga que además de zanahoria tiene neuronas!”
“No entendí, ¿esa es la historia de la fotografía que sacaste o es un discurso?
Está pareciendo un discurso… Yo te voy a contar una historia de verdad…”
“No, Ratón, todas tus historias son miserables, no quiero, hoy estoy feliz y
quiero hablar, quedate quietito ahí… Entonces, durante un buen tiempo me quedé
prendida a esa foto, tratando de entender ese instante, y salía a pasear por la playa
y llevaba la foto, me sentaba en los bancos de la costanera y miraba el mar, la foto,
el mar, la foto. Entonces me di cuenta de que más solitaria que la muchacha de la
foto eran los bancos duros en la orilla del mar, siempre desiertos, que te congelan
los dos cachetes del culo en el primer segundo que te sentás. Ya no se ven más
las parejas acariciándose en la calle, casi no se ven besos, o un largo abrazo. Solo
el mecánico y desgastado ir de la mano. Los adolescentes todavía se besan con
ardor, colgados al cuello del otro o van directo a un toqueteo de proporciones
goodzilescas. ¿Y los adultos? Los bancos de plazas y playas, principalmente de
esta mierda de playa sucia del centro, se transformaron en un lugar de descanso y
observación, donde la gente espera a terminar el helado para seguir la caminata,
o donde se pueden espiar los autos que pasan, donde se mata el tiempo. ¿Dónde
están los besos en los bancos? ¿Esos que nos dan vergüenza, esos que nos dan
envidia? La pasión, esa roja y astuta ley de la naturaleza, que hizo que nosotros
estemos acá hoy, que hizo que nuestros padres sintieran algo carnal, químico o
metafísico el uno por el otro, fue expulsada de la vía pública. Nos permitimos
exhibir nuestros autos, la mierda de esos bodoques, los celulares, pero tenemos
vergüenza de dar una caricia, un beso prolongado a quien va con nosotros en
plena calle. Es el claro aislamiento del afecto, del toque, del gesto. Es una especie
de ausencia que vuelve todas las calles de todas las ciudades un poco fantasmas,
porque dejaron de ser el escenario de las expresiones humanas para ser solo un
trayecto. Las calles, que tuvieron en algún momento un significado de libertad y
revuelta, hoy significan miedo y violencia. Se nos hizo difícil hasta para nosotras,
que somos crías de la calle. Ausencia, esta es la palabra. El afecto ya no es más
público, a nadie le importa el afecto, las personas, las cosas, los árboles. Sé que
no estás entendiendo, Ratón, vos sos un campesino de mierda del interior, pero…”
“Ey, me estoy durmiendo, ¿te volviste una pastora que va predicando el beso
como salvación?”
“No Ratón, sos tonto, pero tenés buen corazón, lo que es mejor que ser
un vivo y canalla… Y, si tengo que predicar algo sería sobre entregar el culo, que
está bueno y hace bien, jajajaja… Sí, la termino, no pongas esa cara de fastidio, escuchame,
hoy quiero hablar, solo yo hablo, ya escuché tus lamentaciones durante
días y días, ahora escuchame…”
Y la uña derecha se sumergió en la bolsita blanca abierta encima de la
mesa y volvió a la nariz.
“¿Dónde estaba?, ah, las fotografías, la ausencia se va infiltrando en todo. Somos
arrastrados hacia ella todo el tiempo, para huir del contacto humano. Los
televisores invadieron cada espacio: estaciones, aeropuertos, bares, gimnasios, escuelas.
Y nosotros no miramos más a las personas sino a las pantallas. No debe-
mos mirar más a los pájaros, a los árboles, las personas y sí a las pantallas. Es un
intercambio; lo real por lo virtual. ¿A dónde va a ir a parar esta mierda? Y ese
intercambio es también ausencia. No hace falta ni decir que alguien está haciendo
fortunas con esto, todo el tiempo. No dudo que en pocos años los celulares se
transformen en una especie de televisión. Y en la ausencia, en las pantallas, se van
los enamoramientos, las pasiones, y queda un vacío enorme dentro del pecho. ¿Te
dije que rompí el televisor? ¡Esa basura! Lo tiré al piso, esa mierda…
“Copi, voy a tener que irme dentro de poco, arreglé con Maria…”
“Quieto, me vas a escuchar hasta el final, Maria espera, la señorita espera, si no
fuera por mí, ni estarías con ella, yo te apoyé para que controlaras esos celos idiotas…”
“Tenés razón, pero contá de una vez la historia..”
“Bueno, la foto de la nena en las vías pasó a ser mi amuleto, mi amuleto de la
suerte, la llevo a todos lados. Si me golpean o me maltratan, tengo mi foto, tengo
a la muchacha. Ella me despertó la pasión por escribir, no esa mierda de escritura
que yo hacía, eso de sentarme y ponerme a copiar a mis ídolos, de sentarme y creer
que era escritora, de creer que tenía algo para decir. Fue la fotografía lo que me
mostró qué es la literatura. Y cuando pasé esos tres meses en Italia, el año pasado,
¿te acordás, encamándome con italianos lindos y de verga grande? Visité un parque
maravilloso en la Toscana, totalmente cubierto de algodón: en la tierra, en los arbustos,
en las callecitas, algodón volando al viento. Los árboles de algodón diseminados
por el parque propiciaron este espectáculo y parecía un campo de sueños, el
verde del parque salpicado por el blanco del algodón, yo me sentía en un sueño o en
un cuadro impresionista. El parque estaba casi desierto, y toda esa escena parecía
haber sido dibujada para mí. Me puse a sacar fotos inmediatamente, decenas de
fotos. Después, en el hotel, ya pasada la euforia, mirando las fotos, una de ellas me
llamó la atención. Era una goma de automóvil, solitaria, apoyada sobre uno de los
árboles, rodeada de copos de algodón de buen augurio. Y esa fotografía me pareció
tan llena de posibilidades y metáforas, imaginé tantas cosas, pensé en pequeñas
historias a partir de ella, me gustaría repetir ese instante. Y comencé a hacer eso, a
crear historias a partir de las fotografías. Imaginé varias, decenas.”
“¿Pensaste en hacer un curso de fotografía?”
“Quietito, ratón, quietito, escuchá solamente, es tan difícil que las personas
escuchen… Ah, con esas fotos entendí el papel de la fotografía en la vida de las
personas, cómo es de humana y cuál es su relación con el ego. La fotografía quiere
capturar un instante, quiere aprisionar el tiempo, cada click quiere inmortalizar un
segundo. ¿Pero para qué? Para servir al ego, claro. Para que podamos ver este instante
cuando queramos y mostrarlo para quien queramos. Para decir: ‘mirá cómo
vi este momento.’ Es para repetir el momento fotografiado cuantas veces quieras,
para competir con la vida, superarla. Y eso hace a la fotografía más humana todavía,
porque nace de un deseo humano de reproducirse como imagen, de permanecer.
Sé que parece filosofía barata, y que de lo único que sé es de sentarme
en un miembro duro y moverme, pero yo llegué hasta ahí, entendí lo que es la
literatura. ¡Escribir es fácil, entender es jodido!”
Copi abre otra botella de vino, mete la uña en la bolsita una vez más.
“Y hoy la fotografía es una especie de sentido, quizás el sexto o el séptimo
sentido, y no es por nada que todos los celulares y los notebooks y cualquier mierda
viene con cámara, porque se hicieron indispensables: en un mundo saturado de
información, las fotografías son una especie de segunda memoria, es ahí donde
uno va cuando quiere recordar los mejores momentos de un viaje, del casamiento,
la familia, el fin de semana. Yo no soy fotógrafa, no domino ni estudié las técnicas
de la fotografía, ni tengo buenos equipos, tengo mi polaroid y unas ganas terribles
de que me den por el culo, jajajajaja.”
“Si vas a empezar, me voy…”
“No, quiero que tomes una copa más conmigo… Lo que me atrae de la fotografía
son las semejanzas con la literatura. La fotografía quiere congelar un instante,
y la literatura, recrearlo. Las dos tienen esa capacidad de permitir una visión
diferente de las cosas. Mi interés por la fotografía comenzó justamente para tratar
de entender un poco más los procesos literarios; al final, crear y contar historias es
desvelar imágenes. ¿Te gustó esa, Ratón? Soy increíble, ¿no? Tocá esto…”
“¿Terminaste?”
Copi se dejó caer en la silla, respiró hondo, y continuó, pero ahora melancólica.
“Ya no puedo escribir sin las fotografías, estoy presa. Todo lo que escribí es basura:
cuentos de mierda, una cagada de una novela, estoy presa. También hice varios
textos basados en fotografías, pero solo una serie me parece verdadera, sincera.”
“Pero me dijiste que estabas escribiendo unos poemas.”
“Sí, tengo algunos pocos poemas, claro, son fotografías en palabras, es diferente,
pero pocos se salvan.”
“Por lo menos estás escribiendo, ¿no? De hecho, no sé por qué ustedes escriben,
nadie los lee. ¿Por qué escribís esas cosas?”
“Necesito entenderme.”
“¿Pero no ibas a ese psicoanalista gay?
“No es eso… no es eso.”
Copi va hasta el cuarto y vuelve con una carpeta, muestra a Renê una serie de
fotos pegadas en una hoja A4, debajo de las fotos hay pequeños textos.
“¿Que ves acá?”
“¿Fotos y textos?”
“No, Ratón, soledad. Encontré algunas cosas más solitarias que yo.”





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