ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 06



A los siete y a los cuarenta


Author | Autor: João Anzanello Carrascoza


Traducido por Julia Tomasini

Lectura



En aquella época, yo estaba aprendiendo a leer y a escribir y me maravillaba

descubrir cómo una letra se abrazaba a la otra para formar una

palabra, y cómo las palabras, húmedas de tinta, adquirían una nueva cara

escritas en el papel. Para mí, las letras nacían encaracoladas como zarcillos,

y a la hora de abrir el cuaderno y juntarlas, yo siempre tartamudeaba, como

haciéndole tachaduras al silencio.

Mi hermano, más avanzado en el mundo de la lectura, se reía con ganas

burlándose de mis errores. Una tarde, mi madre lo oyó mientras se mofaba de mí

y le recordó las dificultades que él había tenido, y le dijo: ¡también te equivocabas

mucho! Y nos explicó que ese abc era solo el comienzo. Un día íbamos a leer no

solo palabras, sino todo a nuestro alrededor. Incluso a las personas.

Me pareció gracioso lo que ella nos estaba diciendo, ¿cómo sería leer a las

personas? Mi hermano me miró sorprendido, y yo como un espejo en el que él se

veía rascándose la cabeza. ¿Entonces yo era un libro, él otro, mi madre otro, y mi

padre también? ¿Y todo el mundo una escritura, con sus letras, sus pes y bes, sus

capítulos? ¿Se suponía que seríamos hojeados, leídos y releídos? Al vernos atónitos,

ella movió los brazos, como si espantara a las gallinas, y dijo, ¡Después van a

crecer y van a entender!

Y mientras crecíamos, casi sin darnos cuenta, mi hermano y yo jugábamos al

fútbol en el patio de casa. Las hojas de cinc que servían como puerta del garaje

era uno de los arcos. La pared del cobertizo, entre dos puertas, era el otro. Cada

uno era su propio equipo, tenía que gambetear al adversario, pasarse la pelota a sí

mismo, hacer gol, defenderse. Nuestra única platea era mi madre y Dita, la lavandera,

que nos separaban en nuestras peleas, ya que también éramos los árbitros

del partido, y cada uno hacía sonar el silbato a su favor.

Teníamos un hincha especial, Don Hermes, nuestro vecino que, aunque no viera

el partido, siempre sabía a cuánto iba. Nosotros gritábamos todo el tiempo, relatando

las jugadas, uno provocando al otro, haciendo autopases, tackles, chanfles…

Y, claro, él oía todo del fondo de su casa. Don Hermes era un hombre de

los quietos. Mi padre una vez comentó que él había sido soldado de la Segunda

Guerra y que, después de volver, se puso a recuperar radios rotas y cuidar de los

pajaritos. Él tenía mano para sacar a las cosas del silencio, acariciar alas, avivar

cantos. Había construido un jaulón fantástico para los canarios: venía gente del

país entero a admirar su creación. Por la mañana, fuera de la casa, allí donde daba

la sombra de una jaboticaba, colgaba sus jaulas de aluminio y madera. Encima del

muro podíamos ver los tordos, reina moras, corbatitas, martín pescadores, unos

más lindos que los otros, canturreando hasta la tardecita.

Mi madre decía que Don Hermes tenía algo de San Francisco, no podía ser

de gente común, humano, ese poder de atraer a los pajaritos, y contó que una

vez él había abierto las jaulas y que ninguno salió volando: se quedaron todos allí,

comiendo frutas de sus manos y picoteándole los dedos. De vez en cuando lo veíamos

llenando de agua un recipiente, poniendo alpiste, saliendo y entrando de la

cocina, manso, él solo él. Cuando la pelota caía en su casa y regresaba con el brillo

de su rostro cerca del muro, Don Hermes nos abría una sonrisa que no sabíamos

si era de sí o no para nuestras travesuras. No jugábamos al ras: nos gustaba exhibirnos

haciendo un sombrero, una folha seca, y entonces la pelota salía de la pupa,

iba aérea, quería agitar las alas y, en sus deseos de cielo, traspasaba el muro y caía

al otro lado, y espantaba a los pájaros, que se alborotaban en las jaulas.

Vinieron las vacaciones, llamamos a Paulinho, a Lucas, a unos amigos del barrio,

y armamos dos equipos. El patio se convirtió en un campito de fútbol. Y la

pelota todo el tiempo cayendo al otro lado. Don Hermes debía oír con gusto los

partidos y querer que continuaran, porque rápidamente la devolvía, ágil, servicial.

Una mañana, Doña Elza, su mujer, vino a quejarse: la pelota estaba destrozando

sus jarrones, matando sus helechos de un metro y las violetitas que crecían a la

sombra de la jaboticaba. Mi padre entonces hizo el muro más alto.

Las clases volvieron, mi hermano y yo volvimos a los partidos solitarios, uno

contra el otro, cada uno un equipo entero, y la pelota, rebelde, huía a la casa de

Don Hermes. Apostábamos para dónde iría a tirarla de vuelta, si en un extremo del

muro cerca de la manga, si allá abajo, al lado del cobertizo. Nosotros esperábamos,

llenos de silencio, y de repente ella, la pelota, saltaba de sus manos, y rebotaba en

el cemento en busca de nuestros pies.

Todo iba bien hasta que mi padre supo por Doña Elza que Don Hermes andaba

abatido, las piernas débiles, delgado. Llamaron al médico, le dieron unos remedios,

le recomendaron reposo. Mi hermano y yo seguimos nuestro fútbol, conteníamos

los gritos, cosas extrañas estaban rondando, pero todavía difícil de entenderlas. Y

aun con un muro más alto, la pelota se empecinaba en caer en la casa de nuestro

vecino. La demora en la devolución se hacía mayor, y a veces nos afligía. Pero luego

oíamos los pasos lentos de Don Hermes, y entonces ahí venía la pelota, blanca

en el aire como una paloma, y aterrizaba feliz en nuestro patio.

Un día el cielo se oscureció súbitamente; la mañana se hizo noche, y cayó el

temporal, una lluvia de los demonios, los relámpagos dibujaban el cielo, el ventarrón

partía ramas de árboles, algo aterrador. Después, milagrosamente salió un sol

color sangre que absorbió todas las aguas de la lluvia, y por la tarde, todo seco,

fuimos a jugar al fútbol, a escondidas de mi madre, que se había enojado con nosotros,

no podíamos fastidiar a Doña Elza, Don Hermes, tan enfermo…

Comenzamos con calma, pero después el partido entró en efervescencia y,

como siempre, uno empezó a provocar al otro, gambeta esto, careta lo otro, un gol

allá, un gol acá, la pelota que quería subir, ser pájaro en las alturas, desenjaulada, y

entonces, en el intento por hacer un autopase, mi hermano pateó mal y la pelota

fue a parar a la casa de Don Hermes. Los pajaritos se agitaron, un canario trinó,

satisfecho con el sol, el fresco de la tarde y como un reguero de pólvora, su canto

se esparció, y la pajareada comenzó a cantar alto, algo increíble de oír.

Nosotros nos quedamos quietos, vigilando de un extremo al otro del muro,

imaginando en qué punto iba a caer. Pero el tiempo fue pasando, la sombra de la

jaboticaba iba creciendo del otro lado, y mi hermano y yo nos miramos profundo,

profundo, en silencio. Como en la repetición de una jugada, recordé las palabras de

mi madre, que un día íbamos a leer a las personas. A pesar de continuar inmóviles,

hacía pocos minutos yo sabía y él también que Don Hermes nunca más podría

devolvernos la pelota.



SCRITURA


Era la final del campeonato. El hombre iba a mirar el partido

en casa de un amigo, habían arreglado por

teléfono,

¿A qué hora?

¡A la hora que quieras!

¿Llevo cerveza?

No, no hace falta,

estaban los dos felices con el reencuentro,

hacía años que no se veían,

y era perfecto, él iba directo del trabajo,

así la mujer se quedaría tranquila en el apartamento

con el hijo, y él no perturbaría el sueño de ninguno de

los dos con sus gritos de hincha, esa noche su

equipo podría salir campeón y, aunque fuera

quien era

–un hombre contenido–

no había cómo refrenar, ante semejante perspectiva, la

alegría a punto de inundar su vida.

Era una noche de definiciones, como se dice, si bien todas

las noches y días lo fueran,

aunque no de igual consecuencia,

que haría resonar, de ahí en adelante, su bien o su mal,

(menudas eran las definiciones cotidianas, casi ni las

sentía, pero ellas, moviendo los hechos como un río,

irían, adelante, a desaguar en momentos mayores).

Quizá por eso,

después de llamar por teléfono a la mujer y saber, por ella,

que el hijo tenía fiebre,

¿Quieres que vaya para casa?, preguntó,

y ella,

No, ya le di el remedio,

¿Estás segura?,

Sí, ¡ya se va a mejorar!,

Si necesitas algo me llamas,

y porque el tránsito fluía más lento, como si

estuviera frenando el mundo para facilitar la inmersión de él en sí

mismo,

el hombre recordó una tarde, de su infancia,

cuando vivió una situación semejante, al

disputar la prueba de salto en altura en el campeonato

estatal:

igual que aquella vez,

era obvia

la inminencia de algo grande,

ya anunciado

(la victoria o la derrota),

pero, extrañamente, él sentía el aire saturado de un

misterio ajeno al juego que, en minutos, comenzaría,

era una escritura en progreso, que él no sabía

descifrar,

no porque ignorara el lenguaje,

sino porque todavía estaba indefinida.

A veces, captaba, en medio de la normalidad, cuando la

vida, como en sordina, sofocaba sus explosiones,

una ola negra,

y, aunque supiera –la experiencia se lo había confirmado

en otras ocasiones–

que podría estar equivocado,

él estaba seguro de que un dolor venía en camino,

y, de ahí en adelante,

bastaba esperar su llegada,

para confirmar (tristemente) o no (con algo de

alivio) su presentimiento.

Pero así como a veces eran lindos los atardeceres de

verano y, por eso mismo, casi insoportables,

que lo obligaban a olvidarse de ellos,

o banalizarlos

al comentar con alguien su belleza

(dejando que el barniz de la palabra dejara marcas

en su visión),

también era una orden,

defensa instintiva,

que su presagio descendiera al segundo plano, y al

primero ascendiera una sensación de bienaventuranza,

porque, a pesar de todo,

estaba a punto de vivenciar

un hecho único.

Vencido el tránsito, llegó a la casa del amigo cuando

la noche ya era sólida, y, aunque todavía no sus

facciones, pero todo el cuerpo, revelaran la euforia

típica de una final de campeonato –el deseo y el

miedo fundidos–,

su espíritu vagaba por el pasado;

tanto que, al lado del amigo,

y de desconocidos que estaban allí,

hinchas de Corinthians,

conversando frente al televisor,

vaso de cerveza en la mano,

él se acordó del hermano y de los amigos de infancia,

con quienes jugaba al fútbol en el patio de la casa,

y, también, de un vecino viejo,

que nunca se quejaba cuando la pelota pasaba el

muro y estresaba, del otro lado, sus pajaritos

en las jaulas.

Enseguida el partido comenzó, y los recuerdos, salidos de

la nada,

inesperadamente,

se aquietaron;

el hombre, idéntico a todos allí, se vio absorbido por el juego,

y, como hubo unas gambetas bonitos y unas

posibilidades de gol para su equipo,

él sintió un discreto contentamiento

y las ganas era de que creciera hasta transformarse,

finalmente, en la alegría del título conquistado.

Le gustaba estar allí, ajeno a todo, la conciencia presa

en ese ahora que,

para ser más placentero,

no dependía de él,

sino de los que corrían en el campo, y nada podía hacer

más que incentivarlos con gestos y palabras (aunque,

claro, no lo oyeran),

cuando,

entonces,

sonó el celular

y, antes incluso de atender,

él sabía,

era la mujer

y con ella vino la noticia;

la fiebre no bajaba, el niño estaba hirviendo,

Mejor llevarlo a la guardia, ella le dijo,

y, como él nunca la había visto alarmada,

consideró que el hijo, de hecho, necesitaba atención médica,

y, contra su voluntad,

porque, entonces, la temperatura del partido también

subía,

(aunque en ese caso era positiva, y esperada),

él le dijo,

Estoy yendo para casa,

Y ella,

¿Estás seguro? Puedo ir sola al hospital,

Y él,

No, paso por ahí y vamos juntos,

Y ella,

Como quieras,

Y él,

El tránsito ya debe haber bajado,

Y ella,

Entonces no tardes, te espero.

El hombre le avisó al amigo, que se compadeció,

si bien solo en la superficie,

¡Qué pena!

Como los demás, estaba imantado al fragor

del partido,

pero, acompañándolo hasta la puerta,

trató de animarlo,

No debe ser nada,

Y él,

Yo tampoco creo,

y el amigo,

Si necesitas algo, llama,

y él,

para reconducirlo a la órbita del buen momento,

le dijo,

Te llamo para celebrar el título;

el amigo

le dio, entonces, un abrazo de hincha,

cómplice de los destinos de su equipo, pero no, obvia-

mente, de los problemas ajenos, y asintió,

¡Claro que sí, vamos a ganar!

El hombre se metió velozmente por una avenida

iluminada;

el tránsito, por suerte, había menguado;

el juego no era allí, en la ciudad, y, una vez empezado,

las calles se habían vaciado,

incluso los que no hinchaban por ninguno de

los equipos finalistas, a falta de mejor programa estaban

con la tevé prendida en la definición.

Cuando se aproximó al edificio donde vivía, el

hombre llamó a la mujer y le pidió que lo espe

raran en el garage con el niño; los recogería a los

dos allí mismo, en el subsuelo, de ahí seguirían hasta el

hospital,

Ya estamos bajando, dijo ella,

y, de hecho, apenas entró al garage, madre e hijo

salieron del ascensor y fueron en dirección al automóvil.

Ella prefirió ir en el asiento trasero con el hijo,

no solo por ser una madre celosa, sino para tratar de que fuera menos

incómodo para el niño,

y, a pesar de ir en la frente, sin nadie a su lado, el

hombre consideró sensata esa decisión,

atrás, ella le tomaba la temperatura al hijo con el

dorso de la mano y le susurraba unas caricias.

Reparó, cuando los dos se ubicaron en el asiento y,

después por el retrovisor, que el niño parecía,

realmente enfermo;

Por la mañana, antes de ir al trabajo, él lo había visto

sentado en el piso del cuarto, distrayéndose feliz, con sus

juguetes.

Y de repente, la realidad había hecho unas ondulaciones y sustituyó

esa vivacidad por abatimiento.

Vamos campeón, dijo

y agregó

¡Te vas a sentir bien!

El hijo no se movió, abrazado a la madre,

que respondió por él,

Creo que es dolor de garganta,

y, acariciándole los cabellos,

continuó,

Duele hasta cuando tragas saliva, ¿no, hijito?

No sólo porque ella había tenido, a lo largo de la vida, el mismo

problema

–inevitablemente él lo había heredado–

sino, tal vez, por creer que,

hablando del dolor,

podría traerlo hacia sí

y que se disolviera en ella.

Siguieron, en silencio, hasta el hospital;

en el camino, el hombre observaba, de reojo,

madre e hijo unidos en lo oscuro, formando un único

cuerpo,

y, en simultáneo, buscaba señales que pudieran

expresar cómo iba el juego:

algún grito, cohete, bocinas insistentes

celebrando un gol,

aunque fuera del equipo contrario.

Pero nada.

El mundo seguía en su igual.

Y sin embargo él sentía, como aquella

vez, en la infancia, la proximidad de una revelación.

Mientras esperaban en la guardia, el hijo

acomodado en el regazo de la madre,

el hombre,

con el radar prendido,

leía a las personas alrededor,

buscando descubrir quién de ellos era el que estaba enfermo,

quién el acompañante,

desviándose así de pensar en aquellos que, en cuartos de

terapia intensiva, en los pisos de arriba, estaba muriendo.

Entonces, guiado por una fuerza antigua,

pero hacía mucho tiempo en reposo,

él se volvió a la mujer,

la miró junto al niño,

a quien consolaba con su placidez,

aunque supiera todo lo que ella se desgarraba para

mantener esa apariencia despreocupada

y, súbitamente, sintió qué rápido el tiempo se había escurrido

para ellos, hasta ayer una pareja joven;

los dos envejecían velozmente, en forma imperceptible

a los ojos diarios,

y lo que antes al hombre le parecía normal,

lo lento de la vida,

adquiría ahora una extraña urgencia,

él, inesperadamente, estaba impaciente,

no solo para que atendieran al niño, lo que reduciría

su angustia,

ni para que el partido se resolviera ya, incluso con la

derrota de su equipo,

o para que volvieran a casa, y se arrojaran a la

inconciencia del sueño,

no,

era más que un sentimiento de acción inmediata,

el retorno a un estado de suspensión;

él había captado una alerta,

en el suave mutismo de la mujer

consolando al niño,

Calma, hijito,

y, por un instante, sintió que él, el padre, era solo un

apéndice,

una sobra en la escena.

Pero esa sensación se retrajo, entera, con la voz del

médico que, en la sala de espera, llamó al niño.

Y, en ese preciso momento, explotó una

lluvia de fuegos artificiales, indicio de que hubo

un gol.

El segundo tiempo,

calculó,

mirando el reloj pulsera

(siempre el misterioso mecanismo)

debía estar ya por la mitad, pronto el partido terminaría.

En el consultorio,

mientras miraba al médico hacer el examen,

observaba a la mujer explicando, con desprendimiento,

lo que, en su opinión, le molestaba al hijo,

y recordó esas noches en que llegar a casa,

para estar con ella y el niño, era todo lo que

deseaba.

Sí, el niño necesitaba de atención,

dijo el médico,

habían hecho bien, llevarlo allí,

y les extendió una receta,

antiinflamatorio,

solo había que comprarlo y seguir las indicaciones,

Mañana estará mejor.

El hombre fue al estacionamiento y, de allá pasó por

la puerta de la guardia, donde la mujer y el hijo lo

esperaban , y ambos nuevamente, se acomodaron

atrás.

Siguieron a casa.

El silencio sangraba,

entre ellos,

como una herida;

el niño,

entregado,

cabeceaba de sueño en el regazo de la madre.

Cuando estaban acercándose a una farmacia, una larga

explosión de fuegos artificiales rasgó la quietud

de la noche.

El hombre volvió a pensar en el vecino, que devolvía

la pelota que el hermano y él tiraban sin querer, del

otro lado.

Sabía,

era una certeza visceral,

que su equipo había ganado el campeonato,

y sabía , también, mirando por el retrovisor la silueta

única en el asiento trasero,

que una pérdida,

allá adelante,

lo esperaba.





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