ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 06



Se desvanecen los barcos


Author | Autor: Sérgio Tavares


Traducido por Sebastian Rodriguez

Hoy me escapé del trabajo, fui a ver los barcos.

Me gusta ver los barcos en esos días de bajas nubes plomizas, cuando

el cielo se vuelve un reflejo agitado del mar y soplan hilos de agua que

tiñen de oscuro mi traje, tejiendo un manto ceniciento de papel de seda

que cubre el horizonte.

En ese espeso escenario de tiza, los barcos son como pequeños borrones coloridos,

inamo-vibles en el expresionismo de la tela turbia, donde gaviotas y charranes

revolotean en vuelos erráticos como húmedas cerdas de un pincel que pinta de

invierno todo el tejido marino, excepto las franjas blancas tomadas por este misterioso

e interminable ímpetu de tramarse y destramarse. Me gusta sentir las azaleas de

espuma que se abren mansamente entre mis dedos y me queman de vida la carne,

para en seguida desparecer en la arena viscosa que ensucia de sal los dobladillos del

pantalón y devora mis pies en la hondura gris donde penetran las olas.

Me gusta dejar que el áspero sudoeste me recorra el cuerpo, azotando la piel

por entre los ojales e insuflando las alas de un hombre-pájaro negro, millones de

granos y yo, gotas y una corbata, que remolinean por el aire.

Parto con ellos en dirección al infinito, perdiéndome en el teatro de niebla y lluvia,

en el momento en que bajan las cortinas y los barcos izan sus velas, disparando

en mí la recon-fortante certeza de que el vacío de la playa es mayor que el mío.


Siempre preferí la soledad. Vivía en búsqueda de este estado de desaparecimiento,

cuando es posible oír fuerte la propia voz callada. En la infancia, fui un

niño introspectivo. Me gustaba coleccionar cosas sin valor y andar sin rumbo por

los parques. No tenía amigos y en los cumpleaños me quedaba sentado al lado de

los adultos, observando jugar a los otros chicos.

Una vez, me dieron un perro, pero murió de tristeza antes de completar un

año. Ni siquiera tuvo nombre, sólo un retrato que dibujé del día en que desenterró

un gorrión. Me olvidaba de las horas entre los lápices de cera o viendo los dibujos

animados. Mis tías decían que yo sería un infeliz o un genio.

Cuando entré a la primaria, descubrí la literatura. Leía de forma indistinta y

compulsiva. En la biblioteca, en el horario del recreo, en el autobús de ida y en el

autobús de vuelta. En mi cuarto, llegaba a leer dos libros a la vez. Los profesores

comenzaron a usarme como referencia y mi introspección fue tornándose una

señal de inteligencia y admiración.

La verdad era que en la página siguiente yo ya no me acordaba de lo que

había leído en el capítulo anterior. Los libros eran una necesidad, pues son claves

para la soledad. A veces, me acostaba en la cama con un libro apoyado sobre el

pecho y me perdía en los recuadros y en las intrigas hasta agotarme de sueño.

Era agradable retomar la historia al día siguiente y percibir que parte del argumento

fue tramado en el sueño. Durmiendo, yo era un mejor escritor.

Intenté la facultad de matemáticas, pero los libros no me sirvieron para los

números. Los años fueron enfermando a mis padres hasta convertirlos en dos insectos

extremadamente pequeños para la mecánica de la casa.

Tuve que trabajar para comprar medicinas y reparar los muebles. Mi primer

empleo fue en la fábrica de pantalones. Tenía la función de verificar la precisión de

los botones y de las cremalleras. Me gustaba, pues pasaba todo el día solo, forzando

las costuras y la línea de los cierres.

A la hora del almuerzo, me sentaba en un rincón con un periódico abierto sobre

la mesa, para alejar cualquier intención de diálogo. La única que insistía era Irene.

Todos los días quería hablar sobre las noticias publicadas, y yo le respondía

con hum-huns. De tanto importunarme, acabamos iniciando una relación en que

nos veíamos poco, hablá-bamos en el comedor y ella me ayudaba con las tareas

domésticas pesadas de fin de semana. A mi madre le gustaba Irene. Decía que me

entendía y me amaba como ella amaba a mi padre, y que bailarían con nosotros el

vals nupcial, en el baile de casamiento.

Desgraciadamente ella estaba engañada. Algunos meses después, mi madre

sufrió un infarto fulminante. Al día siguiente, mi padre se despertó temprano, se

afeitó, tomó el autobús hasta el edificio comercial más alto, subió el ascensor y se

aventó del noveno piso. Hicimos las bodas junto con la misa del séptimo día para

salvar los pocos ahorros que teníamos, amenazados por la hipoteca de la casa, que

se había vencido desde hacía seis meses.

Con lo de la fábrica, era imposible mantenernos dignamente.

Fue cuando un tío segundo, que trabajaba en una secretaría de estado, me

ofreció un cargo en el sector de protocolo. Era un trabajo que no requería mucho

razonamiento, el salario y los beneficios eran satisfactorios y el horario flexible,

aunque el traje y la corbata eran in-dispensables. Compartía la oficina con dos

empleados de estructura, relevándonos en el oficio de numerar los procesos, sellarlos,

comunicarlos y depositarlos en uno de los muchos archivos. La oficina era

pequeña, de paredes color pastel y sin ventanas, alfombrada y abar-rotada de antiguos

muebles patrimoniales. Había tres mesas, una máquina de escribir y un ventilador

que funcionaba mal. La verdad es que, con el tiempo, me empezó a gustar

pasar el día en ese aislamiento remunerado, en el cual casi no tenía que interactuar

con las personas y podía perderme en la lectura por horas, sin interrupción. Con

esas garantías, me vi impelido por voluntades que se armonizaban con los deseos

de Irene. Saldé las deudas y recuperé la casa, compramos muebles nuevos, incineré

los trastos de mis padres y tuvimos dos hijas. Me convertí en un hombre

de familia, embarcado en una rueda de deberes y nuevos sentimientos, en que la

soledad era el acuerdo que incidía sobre lo cotidiano cuando el reloj, en el hall de

entrada, marcaba el inicio del horario de trabajo de esa dependencia pública.

Unos dos años después, ese refugio, sin embargo, adquirió una atmósfera

claustrofóbica que asfixió el mundo que inventé para mí. La Casa Civil oficializó

un comunicado, informando que todos los órganos tendrían que recortar gastos.

Hubo despidos y se supendieron todos los contratos.

Luego, los empleados de mi sector fueron asignados a otras secciones y me

quedé solo. Claro que, al principio, me asaltó una euforia sin igual. Me quedaría

completamente aislado, inmune a cualquier contacto o explicaciones. Libre para

leer, soñar, recostar mi espalda en el respaldo de la silla y oír solamente mi voz callada.

Sin embargo, lentamente me di cuenta de que (y era como sofocarse poco a

poco) ese estado que tanto buscaba, la soledad, sólo suscita recompensa cuando

es conquistado y no impuesto.

La parálisis desencadenó la negligencia que ya flotaba sobre las dependencias

públicas, es-tableciendo la mediocridad y el desánimo que acomete a todo

ser envenenado por la buro-cracia. No había más órdenes de pedidos, fotocopias

o llamadas. La jornada de trabajo se reducía a sentarse frente al reloj y esperar que

las agujas empujasen la masa pegajosa que era el tiempo. Fui siendo olvidado en

aquel despacho sofocante y sin ventanas. Desapareciendo como un retrato consumido

por los años, una silueta borrada sin reflejo.

La voluntad de aislarme, ese ímpetu de estar tan solo conmigo, se deterioró

dentro de mí, dejando un vacío que me tornaba invisible no del modo que siempre

pretendí. A veces, sucedía que un repartidor iba al sector a llevar una correspondencia

y se quedaba parado en la puerta, mirando como si no hubiese nadie, hasta

irse. Cuántas veces yo pedía para detener el ascensor, y las puertas se cerraban insensiblemente.

O cuando alguien necesitaba archivar un proceso, lo dejaba con un

recado escrito a mano, avisando que había estado allí y la sala se encontraba vacía.

En casa, el aislamiento desencadenó un proceso más doloroso. Junto a la

madurez del cuerpo, mis hijas desarrollaban la cruel habilidad de no verme. Se

cruzaban delante de mí como si vistiese la textura del papel de pared o la insignificancia

de un jarrón ornamental.

Ya comenzaban las comidas sin mi presencia, ignorando mis comentarios e

incluso las pe-ticiones de pasar la sal. Cuando, de casualidad, estaba viendo la

televisión, naturalmente tomaban el control remoto y cambiaban de canal. Hace

dos noches, me encontré a la menor mirando hacia una foto mía donde estaban

ella y la hermana aún pequena, con una extraña atención, como si yo hubiese sido

expulsado de su prematura memoria.

Incluso Irene, que me encontró en el escondite dentro de mí, ahora me olvidaba

con sencillas obligaciones y pormenores que suplían el sentimiento de ausencia.

Fui desapareciendo. Disipándome como una alfombra pisada, un fantasma

en la electrostática de la televisión. No dormía, y ni la lectura me reconfortaba.

Comencé a vagar por la calle, en busca de una mirada, un rostro en medio de la

multitud, una expresión manchada por ojos nublados capaces de ver lo invisible…


Él ve la forma, un borrón, una mancha que aflora en la sedosidad de la neblina

y lo asalta un entusiasmo incomprensible, tal es el vórtice que urde granos de

arena y contracorrientes en la germinación de bulbos de loto, flámulas y pétalos

que se abren apenas para des-pedazarse en el rompimiento, fragmentos de espumas,

espejos-fantasmas que reflejan el despegar de las alas del pájaro negro,

el preludio del vuelo entre los velos bailarines de lluvia fina sobre miles de huellas

que se confunden y recorren caminos que nunca existieron, rumbo al roquedo, el

aglomerado de piedras y depresiones, cubierto de limo, crustáceos y rocas, donde

explotan olas y le alcanzan astillas perladas en sus espaldas, avanzando contra las

cucarachas de mar entrando por desvanes y bordes que dañan las manos confusas,

entre el par de zapatos y resbalones, en escalada hasta la cima, el abismo

donde el aire es menos salino, y ella está sentada, brazos envolviendo sus rodillas,

el rostro del-gado y la raiz del cabello castaño, dividido por la mitad.


Es una bella visión.

Es una bella caída.

No deja de ser un punto de vista.

Tal vez uno menos glorioso.

La vida en ciertos aspectos tiende a no ser gloriosa.

Mi padre solía decir algo parecido.

Su padre es un hombre sabio.

Quizá lo es.

¿Puedo sentarme?

Sabe, subir aquí me da la medida de mi insignificancia.

Para mí, es la posibilidad de desaparecer.

Créalo, no es tan simple.

No es lo suficientemente difícil.

¿Ve los barcos? ¿Los pequeños borrones coloridos detrás del mal tiempo,

surgiendo y de-sapareciendo? Imagine todos los elementos que son necesarios

para que eso suceda. La niebla, la lluvia, el viento, las olas. Todo tiene que convergir

perfectamente para crear esa ilusión óptica. No creo que sea tan simple.

Yo no consigo impresionarme con ilusiones.

Debe existir una buena razón para ello.

Mi padre es mago, un ilusionista, como él prefiere que le llamen. Su número

más famoso es el de la desaparición.

Y creciste sabiendo que era una ilusión.

Sí. Él fue grande en su época.

¿Y dónde está ahora?

Ahora está inmóvil en la cama de un hospital, fluctuando entre momentos de

lucidez, mientras espera un trasplante que nunca sucedió. ¿Irónico, no? Mi padre se

ganó la vida con trucos de desaparición y ahora no hay nada que se pueda hacer

para evitar que desaparezca para siempre.

Lo siento mucho.

Creo que esa es la ilusión que aún me impresiona. Pensar que la vida tiene

algún sentido.

Sé que no es reconfortante, pero imagine cuántas personas su padre tocó con

sus números, cuántas vidas consiguió cambiar en todos esos años.

No es nada reconfortante.

Al menos, él te tiene.

A mi hermano Pedro y a mí. Nunca lo abandonaríamos. Mi madre desapareció

cuando éramos chicos. Mi padre siempre fue muy presente. A pesar de la vida itinerante,

de crecer siguiendo la rutina de los circos de ciudad en ciudad, en ningún

momento permitió que imaginásemos que podríamos quedarnos solos. Fuimos

enseñados a creer en la comunión y educados para construir un futuro propio. Él

nunca dejó que siguiésemos su ruta.

Es curioso como vinimos aquí por razones parecidas, pero con propósitos

diferentes.

¿Qué has venido a hacer aquí, un día lluvioso, con traje y corbata?

No lo sé con certeza. A encontrar algo.

¿No deberías estar trabajando?

Debería pero a nadie le importa. Ya hace algún tiempo que nadie percibe que

estoy allá. Hace tiempo que nadie me nota de ninguna forma.

Eres casado.

Sí, la alianza. Tengo dos hijas.

¿Eso es bueno?

No lo sé.

Debe de existir una buena razón para eso.

Me pasé la vida escondiéndome, intentando desaparecer. Cuando finalmente

lo conseguí, descubrí que no podía volver atrás.

En el número de la desaparición había un fondo falso. Mi padre era sujetado

por cadenas cerradas con candados y levantado dentro de una caja. La llave quedaba

en su mano. Cuando la cuerda se rompía, él pasaba por el hoyo y caía sobre

un colchón. Ese es el secreto.

¿Quiere oír un secreto? Por la noche, cuando sé que todos están durmiendo,

voy hasta el cuarto de mis hijas. Agarro una silla y me siento en el borde de las

camas. Me quedo horas sólo mirándolas, a veces hasta despuntar el día. Yo no

sabía por qué. La verdad, yo fingía que no sabía el por qué. En el fondo, esperaba

que una de ellas se despertase y, en la transición entre el sueño y el despertar,

todavía libre de cualquier pensamiento, pudiese verme nuevamente. Saber que yo

estaba allí, que aún existía. Pero ahora sé que no puedo revertir lo que me torné.

Soy un fantasma en el portarretrato, un muerto-vivo.

De alguna forma es eso en lo que mi padre se convirtió.

Es eso en lo que al final nos convertimos.

Y no hay nada que podamos hacer.

Todavía podemos ver los barcos.





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