ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2015
issue/numero: # 07



Los Ojos del Toro


Author | Autor: Ieda Magri


Traducido por Julia Tomasini

Era junio, por la mañana, el calor se disipaba a lo lejos, estaba sentada en mi

silla, en esa época todavía abría las ventanas y miraba el mar que entraba

por el comedor y me roba-ba de mí. Recuerdo que deseé tan profundamente

que algo novedoso sucediera en mi vida que me pareció estar en

sueños cuando oí el timbre. No me animé a creer que era verdad. Esperé a que sonara

algunas veces más y miré desde lo alto de la escalera, sin que me viera, al joven

que venía en bicicleta. La casa está en la cima y hay que hacer un gran esfuerzo para

subir en bicicleta, pero el muchacho no parecía agotado. Incluso mirándolo desde

arriba, parecía inmenso. Hombros anchos bajo una camiseta roja. Un short común,

beige, usado, y zapatillas de viejo. Pero las zapatillas las vi cuando abrí el portón,

y muy rápidamente, por-que enseguida solo le presté atención a su boca que, recuerdo,

me pareció muy grande. No digo los labios sino la boca entera era grande,

dominaba la cara. Me pareció simpático aquel joven que quería alquilarme un cuarto.

Luego le pregunté todo lo habido y por haber, y de-cidí mostrarle la dependencia

de la planta baja. A él le pareció pequeña, pero tenía una enorme ventaja: con una

salida independiente, no debería pasar por mi sala para entrar y salir, si bien podía

sentarse allí para desayunar. Adiviné enseguida que ese jovencito me quitaría la paz.

No tardé mucho en tomarle cariño. En aquel entonces yo tenía sesenta años

y viviría hasta los ochenta y siete. Al principio nos veíamos en el desayuno y él

se quedaba charlan-do conmigo. Era un amor. Luego empezó a hacer pequeños

arreglos en la cocina. Reparó una pérdida de gas, cambió piezas del fregadero.

Entonces le fui pidiendo que hiciera los servicios de hombre de la casa, y él me

lo agradecía, con la falta que sentía de esas cosas. Un día llegó con veneno para

hormigas y comenzó a cuidar del jardín. Fue por esa época que empecé a enamorarme

de él. Yo sabía que no era correspondida, tampoco esperaba que él deseara

a una vieja de quien solo conocía el nombre y la casa.

Al poco tiempo de su llegada, comencé a oír en las madrugadas silenciosas de

la Urca unos gemidos casi inaudibles que surgían no mucho después del sonido de

una pelí-cula en volumen alto. Principalmente los martes por la noche, como a las diez,

cuando me metía en la cama, oía que abría la puerta, que conversaba con alguien en

voz baja, que des-corchaba una botella de champagne. Los besos no llegaba a oírlos.

El comienzo de la pelí-cula, sí. Y los gemidos. A veces pensaba que venían de la película,

pero por la música me daba cuenta de que no. Eran sofisticados. Esos sonidos estaban

fuera del aparato. Las muje-res no eran las mismas. Los ruidos siempre diferentes.

Comencé a pensar en un modo de tenerlo más cerca de mí y resolver así dos

pro-blemas. Mi primer inquilino, que vivía con la mujer y dos hijos, tenía el vicio

de la bebida. No es que yo no lo tuviera, pero por lo menos bebía en silencio. Recuerdo

que cuando aquel señor llegó para instalarse con la familia, enseguida le

di el mejor lugar, en la parte de arriba de la casa, el más grande y más cómodo.

Lúcio era trabajador y no me daba proble-mas durante el día. Pero cuando volvía

ebrio en la madrugada, maldiciendo a la familia y gritando barbaridades a los vecinos,

moría dos veces de vergüenza. Una noche, después de que acabaran los

ruidos sutiles del cuarto de abajo, oí a Lúcio insultando a grito pelado a mi vecina

de enfrente, Lesbiana, puta, búscate otra tortillera como tú. Lo recuerdo como si

fue-ra hoy. A partir de aquella noche humillante, comencé a estudiar la forma de

expulsarlo de casa. Pero mi corazón se ablandaba todas las mañanas ante las disculpas

de su mujer. Aquella noche fue R. quien mandó a Lúcio a cerrar la boca e

irse a dormir. Avergonzada en mi cama, pensé en alguna manera de agradecerle.

Fue simple. Traje a R. cerca de mí –justo encima, para ser exacta– y pasé a Lúcio

al sofocante cuarto del primer piso. Lo hice por su mujer, que quede claro, que lo

dejó enseguida porque no aguantaba la convivencia apretada con aquel hombre a

quien ciertamente comenzó a desconocer, hinchado y rojo de bebida.

Con R. en el cuarto de arriba, comencé a verlo más veces y seguí de cerca sus

amo-ríos. Puedo decir que incluso fui parte de ellos. Todavía me ruborizo solo con

la idea de contarlo. Muchos meses después del día que comenzó a vivir en el piso

de arriba, R. llegó a casa un poco irritado con una joven rubia, muy delgada y medio

desmayada. Hizo un gran esfuerzo para subir las escaleras, a pesar de la fuerza

de él y la delgadez de ella. Uno de los descansos de la escalera daba a mi cocina.

Despierta, sentada en el sillón, con las ventanas cerradas y viendo todavía el mar

azul en la oscuridad que adivinaba afuera, absorta con mi tercer vaso de whisky en

la mano, no noté que habían llegado. Era temprano. En verdad, yo no lo esperaba

todavía. Mis ojos deben haber brillado porque me asusté de mi alegría al verlo llegar

con aquella muñeca casi en brazos casi a rastras. Pero solo le dije buenas no-ches

y me quedé mirándolo subir la escalera. En ese momento me sentí joven, bonita.

Alta y delgada, claro. Si bien que no recuerdo si pensé en el color de mi cabello. Sé

que deseé mu-cho subir la escalera con él y creo que hasta le coqueteé un poco al

preguntarle si necesitaba ayuda. No me respondió y entonces pensé que la aventura

había acabado allí. Que él se acostaría con ella, pondrían una película y la noche

terminaría silenciosa como la anterior. Pero entonces él bajó. Le ofrecí un vaso, que

él llenó, y nos sentamos en el pequeño y os-curo balcón. No recuerdo sobre qué

conversamos, solo que yo hablaba y reía de una mane-ra que pensaba haber olvidado.

Él apreciaba la charla, las cosas que le contaba. Se levantó más de una vez para

llenar los vasos, pero yo no me sentía ebria; saboreaba la bebida len-tamente. Permanecimos

así mucho tiempo hasta que un avión atravesó el cielo y nos trans-portó

lejos de nosotros mismos. Él dijo que le gustaría viajar a Nueva York y yo le dije que

en mis épocas solo se viajaba a Lisboa. Y en barco. El recuerdo provocó un silencio

que desentonaba y no sé si fue por eso pero él tomó mi mano. Sus manos estaban

calientes y yo no sabía lo que vendría después. Sentí sus labios en la oscuridad, no lo

creí. ¿Entonces yo no era la señora sentada eternamente en su sillón y que engordó

esperando a un hombre que atravesó el mar? ¿Mi olor no era repugnante, como de

agua estancada? No. Yo era la mu-chacha delgada, alta y rubia que él había cargado

en sus brazos, aquella que yo había sido en la juventud. Perdí el pudor e hice uso de

todos mis conocimientos olvidados. Lo besé ansiosamente adivinando que sería la

última vez, gemí como las muchachitas que él se lle-vaba al cuarto, casi lloré cuando

me quitó la ropa. No sabía que los pelos de su pecho po-dían ser tan suaves –los

hombres con quienes me había acostumbrado a hacer esas cosas no tenían pelos

en el pecho– ni que su olor podía ser tan, tan… de hombre. Puedo decir que tuvimos

sexo sin amor la noche entera, o lo que quedaba de la noche, y que me quedaría

esperando por una repetición. Que nunca, nunca ocurrió.


Sin ver mis antiguas fotografías, nadie podría decir que fui una Dietrich a mis

veinte años. Los amigos de R. y los vecinos de la avenida São Sebastião solo veían

una casa con una vieja dentro. Me llamaban la portuguesa. Nunca fui portuguesa

ni conozco Portugal. No tengo nada de portuguesa. Pero quien me haya conocido

después de mi marido, y ellos me conocieron mucho después de Alberto,

mucho después del dinero de Alberto, no sabría cómo inventarme a mí de joven.

R. sabía de la Dietrich… ¿Habrá existido realmente aquella noche?... Él vio la caja

de fotografías que guardé después de recortarlo a Alberto de todas. Entró en mi

cuarto más de una vez y vio los portarretratos que saqué de la sala en la que todos

tomaban el desayuno. No había motivos para mostrar mi infortunio. Que pensaran

que siempre fui una portuguesa arruinada con una verruga en la cara. Mejor que

tuvieran pena de mí por lo que me hice a mí misma, sentada mirando el mar y pidiendo

por favor que me dieran algo de dinero para pagar las cuentas.


Me gustaría que R. quemara las fotos… pero el día que morí él llevó la caja y los

portarretratos a su cuarto y guardó todo con mi pasaporte y certificado de casamiento.

Solo dejó aquel con una foto del día que cumplí setenta y nueve. Él tenía

predilección por un re-trato, uno en el que estoy con mi perro camino a la Urca. De

traje de baño, con una salida de playa y gafas de sol. No sé si me miraba a mí o al

barrio, tan diferente de cómo lo cono-ció años después. No había aceras, solo la

calle ancha, la barranca, las siemprevivas en los muros bajos de las casas. No terminaba

de comprender, me dijo una vez, o la escenografía o la mujer no cabían en

su realidad. ¿Era realmente yo? ¿Era realmente Urca? Urca, sí, no había dudas, no

podía desmentirlo la entrada del fuerte, la propiedad de la Marina, la escali-nata que

sube a nuestra calle. La escenografía era correcta, pero ¿dónde estaba ahora aquella

mujer? Respondí ofendida que había muerto a los treinta y ocho años, después

de veinte de amor. Él también vio la única fotografía que guardé de Alberto: con

corbata y una amplia sonrisa, una mano en el bolsillo y el otro brazo entrelazado

al mío. Teníamos una manera muy nuestra de andar tomados del brazo: él doblaba

el brazo a la altura del codo, yo hacía lo mismo y coordinábamos el paso. Como en

ese baile de las películas de R., de campesinas antiguas. Los dos brazos doblados

a la altura de la cintura y las manos unidas al frente, in-dicando el camino. Cuánta

certeza. Cuánta resolución. Cuánta alegría. Confianza. Yo podía quedarme con ese

Alberto en la memoria. Tan brasileño. Hasta el traje era blanco. Es una lástima que

no me acuerde de los zapatos (no aparecen en la foto). Fue poco antes de irse, frío

y decepcionado porque no podía tener hijos. Quería una familia grande. Yo también;

pero tenía la sensación de que podía abandonar ese deseo si él también lo hacía. R.

supo que él tenía una familia. Grande, con varias hijas. Me dijo que se casó con una

negra y vivía aquí en Río. Pero yo estoy segura de que se fue a Portugal la noche

que me dejó. Eso me dijo él y no encontré motivos para sospechar. Si viviera aquí me

habría visitado por lo me-nos una vez, habría querido la casa. No me vería pasando

necesidad. Era un hombre bueno y tenía el derecho de dejarme.


Puede parecer que sufrí mucho: una extranjera en el Brasil, una felicidad pasajera

y el resto de la vida sola en una casa en Urca, donde no hay nada, que para

comprar hilo y aguja hay que ir hasta Botafogo. Mi marido y yo vivimos aquí, con

este mar, esta calle si-lenciosa, estos árboles, estas flores, mi perro, durante veinte

años. De amor. Sí, señora. Y cuando él se fue no voy a decir que no sufrí, pero

tampoco morí de dolor. Ya habíamos vi-vido tanto. A decir verdad, a veces creía

que era bueno estar un poco sola. Los hombres cansan. Las noches eran bastante

iguales, cuando él llegaba, un paseo por el jardín, senta-dos en el césped y un vaso

de whisky. Después yo hacía la comida, comíamos, y la noche era a veces silencio,

a veces conversación. Él me contaba su día y yo no decía nada. Pasaba los días en

casa, controlaba las hormigas, peleaba con la sirvienta, corría con el perro, to-maba

el sol de la mañana recostada en la arena de la playa. No iba a contarle sobre

los hom-bres bonitos que corrían en la arena ni sobre los que quería que me salvaran

del mar que me ahogaba. En verdad, quería que él se fuera. Quería que otro

tomara su lugar. Quería volver a Suiza, quería hacer el viaje de nuevo, revivir mis

veinte años, con otro hombre, sin bigo-tes. Mi amor había acabado, pero no las ganas

de amar. Cuando él se fue, se fue. Pasaron muchos días hasta que entendí que

no habría otro para abrir el portón cien escalones abajo. El día que R. tocó el timbre

y vi la camisa roja, la bermuda beige, esos brazos fuertes, ya estaba vieja. Pero los

bigotes en la fotografía de mi marido fueron borrándose poco a poco, cayeron

pelo por pelo, y su cara estrecha de ojos grandes y verdes que se diluyeron y se

volvieron azules, parecía ser más redonda cada mañana.


Todos querían la casa. Todos hacían propuestas y las mujeres me prestaban

a sus maridos, todas querían que amara más al suyo. ¿Para qué? Para que dejara

mi casa a sus hijos. Y decían, no sin razón, que yo no tenía hijos y que aceptara

que me ayudaran mien-tras viviera para que después ellos estuvieran mejor. Pero

tenía miedo, miedo de que me mataran para quedarse con la casa. Se la prometí

a todos. Sería de todos ellos. Y cada uno de ellos lo creyó, creyó que la casa sería

suya. Y así todos los meses yo iba teniendo algo de dinero para el mercado, la carnicería,

la ropa de cama, la sirvienta, la cuenta de luz. Pero nadie tenía dinero para

comprar la casa. R. hizo la propuesta. Que la vendiera y con el dine-ro comprara

un apartamento allí mismo en Urca. En la calle de la playa, sin escaleras que subir,

sin tantas habitaciones que limpiar. Me dijo que la casa valía unos tres millones. Yo

no sabía hacer la cuenta, pero calculé que allá mi soledad sería más grande. No

necesitaba dinero, necesitaba mis plantas, mi perro, ¿todavía vive? Creo que no, no

recuerdo a R. con un perro. No fueron contemporáneos. ¿A R. le gustan los perros,

le gustan mis escaleras agotadoras, le gusta cada rincón de la casa en la que hab-

itaba mi memoria? Si la vendiera ya nadie me visitaría. Nadie tocaría el timbre con

una torta de maíz y un bolígrafo en el bolsi-llo, Firme, Dietrich, escriba en el papel

que la casa es mía después de su muerte. Firme, no le cuesta nada. Y yo, Otro día,

señor Francisco, la semana que viene, José, tú sabes que eres mi preferido, todavía

falta mucho para que muera, Antonino, olvídelo. O entonces solo reía y me iba al

fondo a buscar más bebida. Yo lo sabía, nunca fui tonta, mi vida sería de-masiado

monótona sin esa casa. Sería terriblemente pobre, aun cuando la caja de ahorro

es-tuviera llena. No viajaría sola; en el fondo, siempre me gustó mucho mi vida

para aventu-rarme a buscar otra. Solo me faltaba un marido nuevo, quizás un hijo

adoptado. Tenía esa esperanza, pero no debía ser tan importante porque no seduje

a ningún otro hombre. Podría haberle dado la casa a alguien, pero siempre estaba

el miedo de que me mataran.


Solo a R. A él le dejaría la casa porque parecía no quererla. No estaba interesado

en la casa hasta que las goteras comenzaron a hacer ruido, a mojar su sueño. Y

él decidió repa-rarlas. Arregló la teja, hizo un balcón, puso vidrios en las ventanas.

Comencé a preocupar-me.





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