ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2015
issue/numero: # 07



Ruína y leveza


Author | Autor: Julia Dantas


Traducido por Julia Barbosa Dantas

Uno


Le contesto a Lucho que vamos juntos, no hay manera de que me quede

allá abajo sin él. Estamos en el nivel más profundo de la mina, donde se

terminan los túneles, de frente a un pozo donde solo puede entrar una

persona a la vez. Los mineros se entran en esos hoyos para seguir abriendo

caminos en el interior de la montaña. Porque Lucho y yo queremos bajar juntos,

nuestro guía necesita decirle a su compañero de abajo que suba, para que haya

espacio para nosotros dos. El Fraile grita al amigo que suba. En pocos segundos,

emerge una cabeza inmunda y de piel reseca mascando una inmensa bola de hojas

de coca en las mejillas. El hombre termina de salir, y los rasgos de su ropa dejan a

aparecer un cuerpo chico pero robusto. Pueden bajar, dice nuestro guía. Lucho me

dice que vaya antes, mientras revira el pelo para atar su docena de largos dread

locks. Bajamos por una escalera de cuerdas, mi inexperiencia me hace balancearla

de un lado a otro, arañándome los codos en las paredes pedregosas. Llego al fondo.

El pozo termina en una minúscula cámara donde el minero abandonó un pico y

una linterna. Sola, ya comienzo a sentirme oprimida. No hay suficiente altura para

estar de pie ni el ancho suficiente para abrir los brazos. Me agacho y espero que

Lucho aparezca. Me aprieto contra las paredes y él se sienta delante de mí.

La idea de visitar una mina de estaño fue de Lucho. Él ya había estado allí y

me aseguró que nunca le creería sin ver aquel lugar con mis propios ojos. También

había sido él quien me había persuadido a conocer tantas realidades cuantas fuese

posible antes de regresar a Porto Alegre. Así que viajamos a Potosí, donde Lucho,

con su usual desenvoltura argentina, tomó mi brazo y entramos, confiados y altivos,

en el primer cafetín que encontramos en las afueras de la ciudad.

Él sabía que, a excepción del dueño, todos serian mineros; entonces eligió al

tipo más borracho del salón y trató de persuadirlo a darnos un tour. Así conocimos

a El Fraile, un hombrecito medio tartamudo a quien le dieron el apodo porque,

cuando joven, quiso seguir la carrera eclesiástica. Desistió de la idea cuando supo

que los padres no pueden casarse e, irónicamente, nunca encontró mujer.

Después de analizarnos por un buen tiempo - estudiándonos mientras esperábamos

de pie al lado de su mesa, el Fraile dijo que nos llevaría a la mina por

diez dólares y una botella de alcohol potable. Cerramos el trato y compramos

ahí mismo la bebida, una cosa erizante que ellos mezclaban con gaseosa. Tal vez

no fuese peor que los malos vinos de mi adolescencia, pero debiera haber comprendido

que alcohol potable no podría ser nada más que un mal augurio. De

todas formas, nos sentamos con el Fraile y arreglamos que nos encontraríamos

en frente al bar a la mañana siguiente.

Lucho y yo llegamos a la hora marcada. Esperamos por Fraile más de media

hora y, cuando lo vimos doblar la esquina, él venía rumiándose una grande resaca.

Nos saludó con menos tartamudez que a la noche anterior y nos llevó a la mina.

No era un paseo con agencia turística, entonces el Fraile se disculpó y dijo que no

habrían cascos para nosotros dos. Pero los accidentes graves son raros, dijo.

En la entrada nos esperaba una personificación del diablo, El Tío, cercado de

velas y cigarrillos que, según nuestro falso fraile, compraban la protección de los

trabajadores. Era una estatua con dos guampas rojas y una sonrisa que hacía intuir

algo maligno, lo que, de todos modos, debe ser común con imágenes de demonios.

Lucho dejó un cigarrillo en el altar y siguió caminando. Lo agarré del brazo y

le pedí que dejara uno más, por mí, por las dudas. Uno nunca sabe, ¿verdad?

La mina tiene cinco niveles, cada cual más profundo que el anterior. El camino

es más inquietante que difícil. Cada vez que bajábamos a un nuevo rellano,

yo intentaba no pensar en la obviedad de que solo habría un camino para salir,

exactamente el mismo que hacíamos para bajar. El primer túnel que tuvimos que

atravesar gateando tenía diez metros y fue hasta divertido. La primera escalera de

cuerdas que bajamos fue una aventura. Pero mientras se multiplicaban los corredores

estrechos y las escaleras podridas, yo pensaba que no sería capaz de regresar:

eso era cosa para hacerse una sola vez en la vida. Pero los mineros negaban mi

teoría, y no solo ellos repetían ese trayecto diariamente como pasaban doce horas

atrapados como lombrices dentro de la tierra.

Yo creí en la idea de “ver con los propios ojos”. Si uno quiere saber como viven

los miserables bolivianos, vaya hasta ellos. Pero distribuyendo “buenos días” para

los mineros famélicos cuyas caras enfermas translucían por debajo del polvo pegajoso

del estaño, me vi como a los gringos que van a la Rocinha en el Favela Tour.

Explotaba la miseria humana para comprarme una “experiencia de vida”, algo que

yo lamentablemente hubiera esperado contar luego en alguna mesa de bar para

impresionar a los amigos. Pero la experiencia se mostraría imposible de ser narrada,

no hay manera de comunicar la soledad oscura que nace del peligro y de la

pobreza cuando tomados por naturales. Por cinco dólares, yo tenía el derecho de

saludar a decenas de hombres en cascos corroídos y tomarme una foto a su lado.

Pero estas eran las reglas del juego, y yo me había decidido a jugar: callé y

seguí los pasos del Fraile y de Lucho por las venas oscuras de la mina. Tardamos

más de una hora hasta llegar al último nivel. El Fraile llevó gaseosa para su solitario

compañero de la cámara subterránea y dijo que nos tomásemos el tiempo que

quisiéramos allá abajo mientras ellos hablarían arriba.

A pesar de la posición incómoda de estar agachados y sin espacio para movernos,

le pido a Lucho que nos quedemos allí hasta que recupere mis fuerzas antes

de empezar el camino de regreso. Mi orgullo me impide decirlo, pero necesito de

unos minutos para controlar el miedo que gana espacio en mi cabeza.

Venía persuadiéndome con argumentos bastante razonables de que yo sería

capaz de ir hasta el fin. La claustrofobia es un miedo irracional, me decía, lo puedes

controlar. No hay razón para que no consigas regresar. El cuerpo está funcionando,

solo necesitas controlar los pensamientos. Tienes agua, todos los músculos en

orden, pudiste bajar, podrás subir. Eso me trajo hasta la cámara del quinto nivel,

ahora necesito cultivar la idea de que eso me va a sacar de aquí.

Mientras mentalizo mi pequeño mantra de la racionalidad, Lucho juega con el

pico dejado por el minero robusto. La herramienta hace piruetas en el aire hasta

que Lucho la deja caer cuando nos sacude el primer temblor. Nuestras miradas

se buscan para confirmar si de hecho sentimos lo que parecía habíamos sentido.

Sin convicción, Lucho se apura y dice tranquila, no será nada. Estiro la cabeza

para afuera de la cámara. Fraile, está todo bien ahí arriba?, grito por el hueco que

nos había llevado hasta allí. Él grita de vuelta que no pasa nada, pero creo que

sería mejor que ustedes subiesen. Apenas pongo el pié en la escalera de cuerdas

y comienzan los verdaderos estremecimientos. Escuchamos los chillidos del Fraile,

la voz estridente por miedo o por sorpresa:

— No se muevan!

Lucho me agarra de las piernas y me arrastra junto a él.

— Aléjate del pozo, nena.

Es un terremoto. Ya no tengo dudas de que es un terremoto. No puede ser

otra cosa. Estoy viviendo mi primer terremoto. Lucho y yo estamos sentados en

una redoma de tierra intranquila, y él me avisa que (la linterna se va a apagar) va

a apagar la linterna para ahorrar batería, porque ese es el tipo de cosas que uno

hace en un terremoto, que es lo que estamos viviendo. En la completa oscuridad,

él está recostado contra la pared, yo estoy en el medio de sus piernas, y es a través

de su cuerpo y del suelo que siento los temblores de lo que aún deseo que no sea

un terremoto, aunque ya sepa que es un terremoto. Me abrazo a mis rodillas y siento

las de Lucho rodeándome por los lados. Sus codos están sobre mis hombros.

Siento una de sus manos sobre mi cabeza y supongo que la otra esté sobre la suya

propia. Me acomete una inmensa gratitud por su protección a la vez que lo odio

por haberme llevado hasta allí. Tierra y pedazos de piedra caen sobre nosotros —

es un terremoto — y escucho la voz del Fraile gritando que no nos movamos, que

no nos movamos todavía. Él no está más tartamudo.

Sé que aquí me voy a morir, en tierra extranjera, al fin de un túnel oscuro y

asustador, abrazada por un argentino, cercada por bolivianos, abandonada a una

tumultuosa soledad. Los estremecimientos se manifiestan con pequeñas pausas, y

la montaña no parece capaz de aguantar.

Estiro las piernas hasta tocar los pies en la pared opuesta. Empujo las suelas de

mis zapatos contra la tierra, como si mi fuerza pudiera sujetar las placas tectónicas.

Desenredo mis brazos de mis piernas. Espalmo las dos manos en el suelo, quiero

pegarme a la superficie con la esperanza de que se sacuda menos. La tierra fría

asústame. Mis dedos temblorosos, o mis dedos firmes en un cuerpo tembloroso,

intentan hundirse en el suelo, cavando entre piedras y fragmentos de metal. En

la mano izquierda, la uña del dedo índice se parte. Imagino que un hilo de sangre

se mezcla a la montaña. Tal vez la tierra quiera entrar en mí de la misma manera

en que mi sangre está entrando en ella. Tal vez la tierra me acoja, en fin. Recojo

las piernas. Suelto los dedos de las montaña y me agarro a una de las rodillas de

Lucho. Le digo que no puedo morir. Le digo que necesito regresar. Una parte de

mí nunca salió de casa. Está allá, esperándome. Yo preciso regresar. La voz me sale

atascada, o así es como la escucho. Siento el polvo arañándome la garganta. Ya no

sé si hablo portugués, español o inconcebibles gruñidos. Lloro e imploro:

— Olvídate de todo lo que odias en mí y sigue abrazándome , por favor?

— Está bien — escucho Lucho decirme por detrás de mi llanto. Y mientras

intento secar las lágrimas frotando mi ojos en su pantalón, él rinde las manos que

nos protegían y apriétame contra el pecho.

— Lucho, por favor, háblame.

La voz grave y cuidadosa contesta:

Una vez conocí a un vendedor de chifles y él buscaba un amor.





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