ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2015
issue/numero: # 07



Luzia


Author | Autor: Susana Fuentes


Traducido por Julia Tomasini

El árbol que tanto le gustaba. Ella se subía, se subía por las ramas. Cuando

estaba triste, se escondía en lo alto, entre las hojas. Recuerda su último

refugio, aquel árbol, y sigue a pie su camino en la lluvia hasta su casa.

Avanza. La lluvia hace mover los recuerdos. De repente, otro destello. Es

el pasado que viene hacia ella.

En la Lagoa, abrazó al árbol en pensamientos. Luzia veía aún las raíces en el

aire, selló sus pies en el suelo, imaginó un abrazo todavía más fuerte. Los pies enterrados,

un nuevo árbol, con sus raíces hundidas en la tierra. Todo el tiempo del

camino se demoró en el pensamiento del árbol que había elegido. Las raíces de

nuevo en el suelo, el tronco, en capas finas, se deshojaba. Los pies bajan del árbol,

pisan la tierra, ya no evitan el suelo. Hay que plantar de nuevo la raíz. Hundir el lápiz

en el libro, en el cuaderno.

En un relampaguear, se ve. Su vestido está mojado. Recuerda aquel día, no

había pensamiento, el vestido empapado. No era agua, era rojo. La sangre en el

vestido. Los huesos helados. Agua, siempre el agua, de nuevo. Vio a Dora, vio su

cuerpito, le dio la muñeca y el vestido floreado. Ya, una hermanita con quien jugar

y compartir secretos, correr y decir tonterías y escapar de la mujer del tío antes de

que ella nos agarre. No voy a dejar que nada te pase. Escapar, contigo mis piernas

tendrán fuerzas de correr el mundo.

Adelante, ve el pasado a la luz del cielo, usa la espada, descarga golpes de

trueno. Adelante. El rayo le dice que está viva. La lluvia alrededor, ya, ya, llega a

casa. El paraguas es refugio incierto, protege solo el alto de la cabeza, el pecho,

pero la sandalia se desliza nuevamente, de la pierna el agua se derrama hasta la

suela. Tiene nuevamente esta visión, la tarde olvidada, en la calle de Botafogo la

sandalia se sale del pie, se fuga de su apoyo en el suelo, está helado, el vestido

mojado en las puntas, la parte de arriba seca. En el ruedo del vestido lo mojado,

lo rojo, lo helado subiéndole por los huesos, viene de abajo, aquí en lo alto todavía

estoy segura, el calor del pecho, no, el hielo sube por la espalda, el malestar, no me

gusta la lluvia, quiero un pañuelo seco, una toalla blanca y perfumada, una cobija

suave para meterme por debajo hasta el fondo y no tener que volver nunca más.


De la Lagoa al Jardim de Alá. Cuando Luzia ve, había perdido el paraguas. En

la calle alguien le pregunta:

¿Estás bien?

Luzia siente que se le cae una lágrima. Sabe distinguir la lágrima a pesar de las

gotas de lluvia en su rostro, a pesar de la lluvia.


La niña, la lluvia


Afuera llueve. Con el corazón reconfortado, en el cuarto de hotel en Marabierto,

Luzia cierra los ojos y ve los ladrillos bajo la escalera, los rollos de papel.

El recuerdo de cuando volvía de la antigua escuela, a los trece años. El recuerdo

de cuando comenzó a pensar en el viaje a Marabierto. Ahora que viajó hasta allí,

el recuerdo del recuerdo. Luzia cierra los ojos y deja entrar la tarde de sus trece

años, el recuerdo escondido. Su pensamiento vuela al escondite de antes. Antes

de los ladrillos, el escondite era el árbol. Su escondite. Aquella tarde de lluvia, se ve

corriendo hacia allí. O no corre, camina sin rumbo, el vestido mojado. Lo mojado es

rojo, es agua color tinta, es agua sin color, helada, agua que se le derrama. Caliente,

roja, también blanca. Sigue lloviendo. La leche blanca en la pierna, no siente dolor,

no siente nada. Solo el helado del agua. No quiere tocar el suelo. Levanta una rodilla

en el aire, luego la otra. Nadie con quien conversar. Sube al árbol, una rodilla en

el aire, una y otra. Arriba de todo, llora, en la rama más alta, su escondite, llora, un

dolor sin culpa, perdió un cuerpo que era suyo.

Luzia había mantenido el silencio, y cuando percibió el cambio en su cuerpo,

los senos hinchados, doloridos, comenzó a vivir algunos días de inesperada paz. En

casa del tío, Luzia se puso a hacer todo el trabajo, atenta a todo. Anatércia sospechaba:

la niña parece más bien una santa. Pero Luzia seguía empeñada en el trabajo

de la casa, no dejaba que la mujer del tío lavara siquiera una olla, y la señora se fue

acostumbrando. El único momento a solas era en lo alto del árbol, de allí nadie la

sacaba. En esos momentos Anatércia dormía. Pero lo que nadie sabía, y era secreto

de ella, solo de ella, era que Luzia miraba y veía, veía crecer a Dora en su panza.

El socio del tío la vio sonriendo de esa forma extraña. No le gustó. No le

gustó que la jovencita no se dejara derribar. Pues entonces, al día siguiente, el árbol

ya no estaba en pie.

– Mandé a que lo cortaran, Augusto.

– Pero ¿por qué hombre? ¿No estaba bien allí?

– Convengamos que daba mucho trabajo. Cuidar la farmacia y que el patio

esté limpio da mucho trabajo. Largaba muchas hojas y ¿quien iba a pagar después

para que barrieran todo el tiempo? Estaba dando mala impresión. ¿Y sabe una

cosa? Ya estaba enfermo.

El tío inclinó la cabeza, la levantó, tomó la maleta, atravesó el jardín y subió

los escalones de la entrada. No miró el tocón, el espacio vacío que había quedado.

Fue Luzia que volvió del colegio y gritó. Un grito sordo, pasó corriendo por el patio

y abrazó el tronco caído.


La panza creció junto al tocón del árbol. Después, como si fuera inevitable,

con el árbol caído el bebé también se dejó caer. Nació y murió. Como si acelerando

el camino, simplemente muriera, sin crecer. Luzia no aceptó la fatalidad, y creyó

que Dora seguía creciendo en otro lugar.

Su locura particular, su secreto. Estaba en el aire, en la mesa, en la cama.

Su hermanita Dora, la niña que murió, que escapó de sus brazos. El árbol. Allí enterró

los juguetes de Dora. Y plantó flores para Dora. Y Dora siguió creciendo, creciendo.

Luzia también, crecía, terminaba de crecer solo en tamaño, y cada vestido

nuevo era suyo y era de Dora. En el armario había para las dos. Incluso después de

que muriera el tío, de que se fuera la tía, y el apartamento cerrado de su madre en

Glória pasara a ser suyo. Quiso creer que Dora estaba allí, bajo el techo de la infancia

que había quedado atrás. Allí donde la madre pasó sus últimos días, cuando

Luzia aún respiraba felicidad. Después no respiró más. Nada. El árbol en el jardín

de Botafogo fue el único lugar donde pudo respirar. Donde logró sobrevivir al día

terrible. Al ataque. El árbol era quien la mimaba, quien cuidaba de sus lágrimas

ante cada sobresalto. La hermana también subía, ella sabe que sí, cargada por los

brazos del árbol, y le hacía cosquillas en los cabellos enredados. Dora, Dorinha,

cuando el día está escondido tras el humo, entre el ruido de los sapos. ¿Quieres

palomitas? Vendedor a la vista. ¡Míralo! Y Luzia desde lo alto del árbol abría una

sonrisa porque de repente estaba muy feliz.

Cuando perdió el árbol, comenzó a escribir con el papel apoyado sobre la panza:


Una niña. Dora. Adorada.


Cuando perdió la panza, apoyó el papel en el tocón del árbol. Y fue lo último

que escribió:


El bebé murió. Un angelito.


Allí quedó el papel, en el suelo, al capricho del viento. En la tierra solo las

flores. Y los juguetes, enterrados por último, donde las raíces persistían vivas.





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