ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 01



La cena


Author | Autor: Nilton Resende


Traducido por Pablo Cardellino Soto

Muerdo la galleta que me llevé lentamente a la boca y ella, al quebrarse,
es como huesos que se muelen. La trituro e imagino que se deshace
la red dibujada en su superficie, que me recuerda el juego que
mi abuelo me enseñó y al que me invitó tantas tardes. Galleta, red,
huesos triturados. Muerdo y siento masticar al viejo, las migajas saliendo por las
comisuras como si unos dedos intentaran escaparse.
  Yo sobre la mesa me masturbaba frente a la pintura de la gitana. Ella, echada en
un diván, se acariciaba uno de los pezones con una mano, mientras la otra desaparecía
bajo la tela morada, y yo me la imaginaba tocando el vello hasta quedar húmeda.
Yo me extasiaba. Gemía, cuando él llegó al comedor y me gritó, mandándome bajar.
  Me quedé tieso. Y mientras con una de las manos sostenía al pequeño endurecido,
con la otra hice un gesto de danza en el aire, bajándola lentamente.
  Me volví hacia él, en una continuación de la danza, la mirada dura. Hice una mueca
provocadora, frunciendo los labios. Le mandé un beso burlón. Y, bruscamente, tiré
hacia atrás con la mano que agarraba el pito, mostrándoselo duro y palpitante.
  Él me tomó por el brazo, haciéndome bajar de la mesa. Me apretó, empujándome
hacia abajo, y dijo que se lo contaría a mis padres cuando volvieran del cine.
Diciendo también que esa vez ellos iban a ver la peste que tenían en casa.
  Si abres la boca, te vas a arrepentir, dije entre dientes y me alejé de sus manos,
tomando el short de encima de la mesa. Me levanté, yendo meneándome al baño,
con una sonrisa en el rostro y en todo el cuerpo que ahora se reía a carcajadas del
viejo que temblaba.
  Vi que él estaba muy nervioso, cuando pasé por el espejo y me detuve, clavándole
los ojos. Estático, solo me miraba con una expresión que hasta hoy no sé precisar
si era de odio o pena. Le clavé los ojos y, dando un grito burlón, corrí hacia el baño.
  Me quedé allí dentro, en silencio y en la semioscuridad. Pasaron algunos minutos,
y yo me vestía cuando él vino hasta la puerta y dijo, bajo: hoy cuento todo.
  En ese momento, tuve miedo. Por instantes, quedé confundido. Pero me tranquilicé
en seguida, terminando de vestirme entre mi brillante idea: apoyé la mejilla
en la pared y, con fuerza, la refregué en un movimiento vertical hasta lastimarme.
Cuando la piel me empezó a arder, apreté los dientes y refregué la cara con más
fuerza aún. Para terminar, lancé la cabeza contra el inodoro. Sonreí, al sentir que el
chichoncito se pronunciaba. Limpié la pared un poco enrojecida con la sangre de
los raspones, salí del baño y pasé con cuidado por el cuarto del viejo, para ver si él
dormía. Volví a la cocina, apagué la luz y fui hacia mi cama. No sin mirarme antes 
espejo, orgulloso. Me enorgullecía; y una sonrisa inescrutable se me esbozó. Idéntica
a la de cuando tiré el ratón a la cama del viejo, aguantándome para no reírme
cuando —habiendo ya vuelto yo a mi cuarto— él gritó, pidiendo socorro porque
algo lo había mordido. Mi padre y mi madre corrieron a ver qué había pasado, y
tuvieron que abrazar al viejo, cuando lo vieron en la cama, los ojos fuera de sus
órbitas mirando incrédulo la masa roja deshecha entre sus manos. Yo aparecí en la
puerta y dije, casi inocente: Abue... Qué pasó, abue? Pero él no respondió, sentado
desnudo sobre la cama, mi padre tratando de hacerlo parar de temblar, mi madre
cubriéndolo con una sábana, las piernas flacas y negras, casi blanco solo el vellón
que pude vislumbrar, un grisáceo enmarcando el sexo marchito.
  Al otro día, en la mesa del desayuno, él me tomó de la mano —mi madre y
mi padre estaban en la cocina—, me tomó de la mano, firmemente, y preguntó
incisivo: ¿Fuiste tú? "¡Mamá!", grité. En cuanto ella apareció, él me soltó. Me sentí
poderoso. "¿Qué pasó?", preguntó ella, acercándose. Yo respondí, dulce: "Mamá,
¿me haces un huevo frito?"
  Ella se dio vuelta. Yo, mirándolo a los ojos, quise sonreír.
  No sé que pasó en su cabeza los días siguientes, pero me pareció que se había
olvidado del ratón. Y también del resbalón que se había llevado unos días antes
porque yo había pasado cera en la entrada del cuarto, haciéndolo caer y golpearse
la cabeza contra el piso. Y el rapé. Que yo había mezclado con un poco de pimienta
negra molida.
  Él estaba más tranquilo. Jugábamos de tarde. Él dibujaba las líneas sobre el
papel, y poníamos frijoles en los puntos hasta ver quién conseguía trancar al otro.
Pero la noche en que subí a la mesa, lo supe: él estaba decidido a hablar.
  Me fui a la cama. Me acosté y esperé que mis padres llegaran y fueran a dormir,
pero no cerré el ojo. Por la mañana, oí los cuchicheos en la cocina. Es la piel de
Judas, escuché que decía mi abuelo. Respeta a mi hijo, dijo mi padre. Respeta a mi
hijo, o te irás para fuera de esta casa. Pero yo soy tu padre, dijo el viejo, la voz ronca.
Y él respondió: Pero él es mi hijo. Y en ese instante mi madre gritó que aquello
no podía verdad, ¡yo era solo un niño!
  ¡Llámenlo!, dijo mi abuelo. Llámenlo, dijo de nuevo, bajando la voz. Pregúntenle
delante de mí si lo que yo dije es mentira. ¡Pregúntenselo! No va a poder mentir.
  Fue cuando lloré. Primero gemí bastante alto y después bajé el volumen, haciendo
temblar el cuerpo en la cama, arrodillado entero sobre la colcha. Arrodillado
y sollozando, unos accesos de tos aún más fuertes cuando mi padre llegó al
cuarto. Entró y me sacó ásperamente la almohada de encima de la cabeza. Hasta
hoy no olvido su cara de terror al mirarme. Me puso en sus brazos, yo llorando aún
con una exageración que aumentó todavía más cuando pasamos por el espejo y
me vi la cara hinchada, la frente amoratada y la mejilla llena de raspones.
  ¡Él me pegó!, grité. Él me empujó, papá, y me fregó el rostro en el suelo.
  Grité aún más alto cuando vi a mi abuelo asombrado, teniendo que apoyar
una de las manos en la silla que estaba tras él. Él me pegó, papá. Me duele, papá.
Ay, ay, papá, me duele, me duele.
  En medio del jaleo, mi madre tiró del brazo de mi padre y me llevaron a hacer
unos curativos. Salíamos hacia el hospital, y pude ver a mi abuelo mirándome, con
una expresión embrutecida, moviendo la cabeza hacia los lados. Me pareció ver
una lágrima que bajaba por su cara enjuta.
  Después de aquella mañana, mis padres no hablaron más con mi abuelo, que casi
no salía del cuarto, a no ser para ir al baño. O para oler su rapé, sentado en el patio.
  Pasó una semana y oí a mis padres conversando sobre él. Ese mismo día, un
jueves, invité a mi abuelo a jugar.
  Mi tía, que ahora se quedaba en casa mientras mis padres iban a trabajar, le
dijo: ¿Ves, papá...? El niño quiere jugar. ¿Ves?
  Él movió la cabeza. Fue al cuarto, tomó un pedazo de cartón y lo llevó a la
cocina, con lápiz y regla en la otra mano. Se sentó y clavó sobre la mesa la cara
asombrada. La levantó, mirándome mientras yo me sentaba, siguiendo mis gestos,
siguiendo mi mirada sobre el tarro de frijoles que yo depositaba sobre la mesa, al
lado del tablero que yo ya había trazado.
  Lo miré, meneando la cabeza para que empezara la partida. Él puso en el suelo
el cartón, el lápiz y la regla. Tocó con las puntas de los dedos el tablero que yo
había dibujado, forzándolas sobre las líneas. Llevó al tarro la mano venosa, retiró
algunos frijoles, los puso en la otra mano y depositó uno de ellos sobre la madera
tallada del tablero. Empezamos el juego de intentarnos atrapar uno al otro.
Me di cuenta de que él no se esmeraba en ganar. Pero no lo valoré; con algunas
jugadas, pude dejarlo entre mis frijoles, rodeado por mis granos. Puse el último
con un gesto solemne. Y dije, bajito: Gané.
  Cuando vi su mirada inexpresiva, mis ojos quisieron llorar. Yo casi lloré. Sin
embargo, me aguanté. Y tocando el último frijol que había puesto, le dije una vez
más, ahora acercándome a su oído: Gané.
  Fue entonces que mis padres llegaron a casa y se acercaron a la cocina con un
representante del asilo adonde iban a llevar al viejo —yo había oído la conversación
por la mañana—. Y le articulé la palabra otra vez, ahora sin sonido, moviendo únicamente
los labios, alejándome de él al mismo tiempo en que abría los ojos como
para hacerle comprender mejor lo que le decía: Gané. Y delante de todos, lento y
ahora dejando que los ojos se me bañaran, delante de todos abracé a mi abuelo
por el cuello, acerqué mi rostro lentamente y, cerrando los ojos para que resbalara
una lagrimilla, con aparente profundo amor le besé la rendida mejilla.





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