ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 01



Hombre hojea Álbum de Retratos Inmorales


Author | Autor: Ronaldo Correia de Brito


Traducido por Carlos Saiz Alvarez

Maldice a Dios, y muérete.
(Job 2,9)


En la cama de un hospital público, desde donde acecho la muerte hace ya
casi cinco meses, escribo para ocupar el tiempo y no olvidar el trazo de
las palabras. Cada día hablo menos, pues no tengo interlocutores. Me han
confinado en una enfermería a causa del hedor de mis heridas: un olor
nauseabundo que casi ni yo mismo soporto. Ningún paciente, ni el más ajeno a la
vida, desea permanecer a mi lado.
  Cuatro días por semana recibo la visita del médico internista y los lunes,
una tropa de ortopedistas pasa junto a mí. Constatan que las escaras se agravan y
preciso someterme a una desarticulación de los miembros inferiores, en el punto
en el que el fémur se une a la cadera. Antes, deberé pasar por otro procedimiento
quirúrgico, la colostomía, que desviará el tránsito intestinal. De esta manera, las heces
serán recogidas en una bolsa, evitando la contaminación de la cirugía. De tanto
escuchárselo a médicos y enfermeras, ya me he habituado al vocabulario extravagante.
  Hablando de esa manera, ellos suponen que se protegen de mi sufrimiento.
  ¿Será verdad que puedan alejarse de tamaña infelicidad?
  Mi nombre es Claudiney Silva. En un álbum fotográfico que hoy hojeo horrorizado,
aparezco abrazando a una niña. Es mi hija. No la veo hace bastante tiempo
y echando la cuenta de los días me la imagino alrededor de los diez años. En
otra foto llevo unas bermudas vaqueras, estoy sin camisa, y resalta la musculatura
del cuerpo. Reconozco sin modestia lo atractivo que era y tal vez por ello, nunca
me faltó una mujer. En la foto en la que mi rostro no aparece, cortada a la altura de
las piernas y un poco por encima del ombligo, uso un bañador azul muy ajustado.
Imagino que el fotógrafo no deseaba registrar lo que abulta delante del pubis,
sino varios tatuajes en el muslo derecho: una caótica combinación de monstruos
chinos, un payaso de circo y dos rostros que la gente se imagina que representan
a Jesús. La mujer de biquini rojo, cadena dorada al cuello y mano con las uñas pintadas
de esmalte blanco que sujeta mi rodilla, es Marlene. En el siguiente retrato,
hecho pocos días después de haber salido del presidio femenino, ella muestra el
brazo tatuado con tres renglones, una promesa de vida que nunca cum plió:
  Amor solo de madre
  cariño solo de Cristo
  amo solo a Claudiney 

  Menos de un año después de recibir los tiros que me dejaron parapléjico e
inválido, ella me abandonó por una mujer y cargó con nuestra hija.
  En ninguna de las fotos del álbum inmoral aparecen ni mi padre ni mi madre,
tampoco la abuela que cuidó de mí. Cuando fui repudiado al nacer, no me colocaron
en una pequeña cesta como a Moisés en el Génesis, ni me arrojaron a las aguas
del río Capibaribe, el Nilo de Pernambuco. El abandono no fue menor. Ningún fotógrafo
tiró para mí la instantánea de familia feliz, con el hijito en brazos de la madre
y el padre a su lado, por el simple motivo de que esa fotografía nunca ha existido
en mi vida. La madre, prostituta desde los quince años, se quedó embarazada de
un chapuzas y abandonó al niño para que fuera criado por la abuela empleada
doméstica. Nunca he conocido madre, no sé si vive o si ya ha muerto.
  Mi padre surgía de la nada, bebido y trayendo una bolsa con compras. No
avisaba ni de la fecha ni de la hora a la que iba a llegar. A medida que yo crecía, sus
apariciones escaseaban como los milagros de los santos. En mi onceavo cumpleaños,
con tarta y guaraná, llegó más borracho que nunca. Con la barba por afeitar
y la camisa abierta en el pecho, se encuadró en la puerta del palafito, a contraluz
del sol. Recordaba a un profeta bíblico, un loco aplastado por la revelación de la
Palabra. No sabiendo que rumbo tomar en la vida, se refugiaba en el alcohol y en
el vicio del sexo. Tardé años en comprender este rasgo bendito, una visión premonitoria
en la inmunda playa de Brasilia Teimosa, en Pina. Mucho después, cuando
me reencontré con el padre — ¿cuál de los padres? —, mi historia ya se encaminaba
hacia el final o hacia el recomienzo.
  Si hubiese reparado en la mirada que Marlene lanza a mi rostro, en una
foto en la que posamos y en la que reclino la cabeza en su rodilla, habría percibido
mis pies hundiéndose en la arena de la playa recifense. La marea no prometía
lapas. El Nazareno hubiera desaconsejado echar las redes a sus discípulos. Pero
yo, bronceo mi rostro al sol, llevo gafas de sol y gorra roja, sujeto en una de las
manos el cigarro y extiendo los grandes dedos de la otra mano sobre el abdomen
sin grasa. Me siento atractivo, irresistible. Contra el cielo azul protegiéndonos. Marlene
muestra una tripa de cinco meses, falda negra corta, pendientes indios, uñas
pintadas de rojo. No sé qué es lo que nos mantiene sujetos a la tierra, desconozco
los hilos invisibles, que nos manipulan. En esa época aún no me hacía preguntas,
ni me había iniciado en el fuego de la Palabra. Marlene y yo somos meras figuras
recortadas contra el cielo infinito creado por Dios el primer día, cuando la luz y las
tinieblas fueron separadas. Parecemos ajenos a cualquier búsqueda o sentido de la
existencia. Se me ha olvidado cuántos años tiene la foto; prefiero no hacer un cálculo
del tiempo, pues este no cuenta en la misma medida para los que se pudren
en la cama de un hospital, regateando con la muerte, Más que en el tiempo, confío
en la misericordia de Jesús, no obstante, él ya se ha cansado de mí y ni me escucha
ni responde a mis preguntas.
  Cuando aún ni había tomado conciencia del sufrimiento que me aguardaba,
una figura apareció en la puerta del cuarto del hospital donde me habían
ingresado por primera vez. Ninguna luz artificial resaltaba su brillo. Flanqueando al 
hombre vestido de traje negro, había otros hombres semejantes a él, así como
algunas mujeres monótonamente iguales. Lo reconocí cuando posó la mano sobre
mi cabeza, cerró los ojos e irguió el Libro con la Palabra. Era mi padre. No aquel
que traía bolsas con compras y surgía de la nada en la fiesta de cumpleaños: sino
un nuevo hombre predicando el Evangelio de Jesús. Fue igual que el primer día,
aquel en el que Dios separó la luz y las tinieblas y vio que la luz era buena.
  A él no le pude mentir. Existe una verdad multiplicada en otras, aunque
a ninguna se le debe rendir culto con exageración, pues también hay razón en la
mentira. Yo me aferraba a la historia repetida a los médicos, a la policía, a mi abuela
envejecida y cansada de mí. Lo que me libró de la prisión fue el relato fantasioso de
que vendía huevos en la feria de Tiuma, pequeña ciudad marginal y violenta del Gran
Recife. Huevos de cáscaras frágiles y contenido viscoso como la labia que siempre
he tenido. Confesé muchas veces que iba de madrugada a un punto de venta, fuera
del mercado, un caos de gritos, ruido de motos, sol caluroso, gente pobre, sudor y
frutas podridas. Bajé de una combi pirata con trescientos noventa reales en el bolsillo
—puedo garantizar que las cifras exactas ayudan a fortalecer las mentiras—. Iba
a buscar género, huevos de gallina de granja, con yemas anémicas contaminadas
de hormonas, cuando me abordaron. Me pidieron el dinero y me resistí. Una crónica
repetida millones de veces en las hojas e informativos de los periódicos brasileños:
los tiros a quemarropa, el impacto en la columna vertebral, la médula cortada como
el tallo de un capín servido a canarios enjaulados, sangre, dolor, parálisis. Piernas y
muslos sin vida, colgando como banderas en una tarde de bochorno.
  Marlene sabía la verdad.
De nuevo indago sobre la verdad, cuando miro
una foto tirada el domingo anterior a la parálisis. Al fondo, el mismo cielo bíblico de
cine. Delante, el mar perdiendo su fuerza invasora en el embate contra millares de
piedras colocadas por el ayuntamiento. Sentada en una silla de playa, una vecina
sostiene a nuestra hija en su regazo. Un colega al que nunca más volveré a ver, de
bermudas blancas y gorro de lana bajo el sol caluroso, abraza a una niña de cinco
años. Está ebrio y fuma. Detrás de él, su hijo abre dos dedos por encima de su
cabeza, imitando una cornamenta. No son los cuernos radiantes de Moisés, sino
la acusación de que el padre es traicionado por la esposa a su lado. Yo, descaradamente
bebido y en calzón de baño negro que revela la forma de los genitales,
sostengo un vaso de cerveza en la mano derecha y estiro la lengua hacia la boca
de Marlene, como la serpiente tentando a Eva. Luzco un piercing que reluce al sol
y que casi ciega de odio a mi abuela, contraria a las mutilaciones. Parezco un Adán
pornográfico susurrando: ¡Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne!»
Cuando dejé de penetrarla, ella me abandonó. No veía el sentido de mantenerse
al lado de un hombre impotente, como si la abominable cópula que multiplica la
especie humana y arruina el planeta fuese el único eslabón posible entre hombre
y mujer. En breve, perderé la mitad del cuerpo y solo ahora comprendo ciertas
revelaciones. Es fácil renunciar al sexo cuando este está muerto. ¿No tendrá mi
sufrimiento grandeza a los ojos de Dios?
  Mi abuela me colocó en la escuela. Siempre tuvo admiración por los librosde la 
casa donde trabajaba como empleada doméstica y suponía un futuro bastante
más feliz para los niños que convivían con la rutina de los deberes escolares,
cursos de inglés y clases de ballet. Lo contrario a lo que me ofrecía Pina, donde el
sol y los amigos me arrojaban a la calle. A la orilla del mar, volaba cometas, jugaba
al fútbol y me ganaba las primeras monedas cuidando coches. En nuestra casucha,
no me esperaba ningún sillón, ni la compañía de libros, ni el silencio. Los palafitos,
encajados unos sobre los otros, me obligaban a la visceral convivencia con la gente,
sin tregua de televisiones, coches con megafonía, peleas, muertes, sexo gratis y
a elegir, con hombres y mujeres.
  ¿Podría haber amado los libros como mi abuela deseaba que los amase? Entre
mis amigos, ese gusto, en un hombre, era una ridiculez, era no ser hombre. Mi
abuela traía muchos, nuevos. Se quedaban tirados por cualquier rincón, inútiles
como la ropa impuesta por los sacerdotes catequistas a la desnuda inocencia de
los indios. Si abría alguno de ellos, me llamaban para charlar o me trataban con escarnio
por mi esfuerzo por parecer diferente. El destino de todos los niños iguales
a mí era solo uno: la calle. No servía de nada poseer una inteligencia reconocida
por los profesores. Mi abuela esparcía los libros por los dos únicos vanos de la
casa, como trampas en las que pudiese caer. De tanto mirarlos, el día que mi padre
cruzó la puerta de la enfermería donde me abandonaron a toda prisa, paralítico y
casi muerto, no me fue difícil reconocer el verdadero Libro en sus manos. De eso,
ya hace mucho tiempo. Dicen que cuando todos los días son monótonamente
iguales, el tiempo pasa más rápido, Cuando mi padre atravesó la puerta con las
Escrituras, los años de desvaríos y demencia se redujeron a un único día sombrío.
  El médico ortopedista pidió que me alimentasen. La cirugía fue suspendida
una vez más, pues no hicieron acopio de sangre. ¿Quién se olvidó de hacerlo? Me
lo pregunto, pero sé que la negligencia no se investigará nunca. Nadie protesta
contra la falta de atención con la que nos tratan: ni nosotros mismos, ni los familiares,
si es que los hay. No tenemos sentido de la colectividad. Nuestras actitudes
son individuales, asaltamos, matamos, rompemos teléfonos públicos, nos dejamos
grifos abiertos, no tiramos de la cadena en el baño. Venganzas aleatorias y sin
consciencia. ¿Contra quién?
  Perdí la cuenta de la veces que mi cirugía fue suspendida, al igual que perdí
la cuenta de las justificaciones: un día, faltaba el dictamen cardiológico; otro, el ascensor
que da acceso al área quirúrgica estaba estropeado; puede suceder que no
haya venido el anestesista, o el cirujano ayudante; falta ropa apropiada y agua en el
hospital; hay un corte de electricidad y el generador no funciona. Todo eso, además
de mis propios motivos: estoy delgado, desnutrido, presento fiebre, las bacterias
no me dejan en paz. Los laboratorios fabrican nuevas generaciones de antibióticos,
cefalosporinas y quinolonas — estos son los nombres que escucho y anoto durante
las visitas médicas —, pero los pequeños seres que pudren mi carne son resistentes a
todos ellos. Solo Dios posee la providencia y el poder de curarme, sin embargo, Él no
me mira. Fui elegido sufridor y pago por los pecados cometidos. Debo regocijarme.
  Blasfemo, Todopoderoso, perdóname. Al contrario de lo que imagino, mi
sufrimiento es señal de que el Señor me miró y decidió descuartizarme sin un
motivo especial.
  Cuando mi padre atravesó la puerta con el Libro, yo todavía no apestaba
como la carroña expuesta al sol y mi padre ya no exhalaba ese olor dulzón del
aguardiente. Se había afeitado esa barba oscura y áspera que, las pocas veces que
me besó, lastimaba mi cuello de niño. Los ojos aún poseían el mismo brillo, aunque
ya no resplandecían por la embriaguez alcohólica. La luz que nacía de ellos era un
don del Espíritu Santo, revelado a través de la Palabra de Jesús. El antiguo pecador
había cambiado los domingos de borrachera y cuerpos desnudos bronceados, por
el suplicio de caminar bajo el mismo sol de lujuria en compañía de los hermanos
de fe. Vestidos de pies a cabeza con ropa de un tejido sofocante, predicaban a los
infieles. Durante esos años de enfermedad, me dediqué al estudio del Único Libro,
buscando el conocimiento, la sabiduría y el camino de la salvación. Siempre me
hice una pregunta: ¿serán necesarios la invalidez, el sufrimiento y la vergüenza de
ver como se pudre el cuerpo para escuchar la llamada? En las condiciones en las
que nací y he vivido, ¿podría haber recorrido un camino diferente? Siempre me
parece que la respuesta es no, como si el camino adverso me hubiese escogido,
sin posibilitarme salida u horizonte.
  Solo le revelé la verdadera historia a mi padre — una vez más, me pregunto
qué es la verdad a los ojos de Dios — pues aparte del cautiverio del cuerpo, hubiera
sido condenado a otra prisión, a la de la ley de los hombres. Ella ya estaba trazada
desde mi nacimiento. Los supersticiosos astrólogos dirían que desde bastante antes.
Prefiero narrarla a partir de los trece años, cuando sentí los violentos impulsos
del sexo y la calle se convirtió en una extensión de la casa, si es que puedo llamar
casa a ese montón de tablas que nunca delimitó mis pasos. A esa edad, dos años
después de haber visto a mi padre por última vez, comienzo a beber y a fumar
cigarros, de tabaco y de hierba. No conseguía desvincularme de las sensaciones
ligadas al hombre que me engendró: el olor a aguardiente y tabaco. A los quince
años, precozmente madurado por el sol, como una fruta por el carburo, conocía el
sexo y los trucos para sentir y proporcionar placer. De lunes a sábado, mi abuela
permanecía en casa de los patrones, dejándome suelto por el mundo. Yo podría
haber continuado en la escuela y seguir mi vida solo; o prostituirme con los turistas
en la playa de Boa Viagem, como hacía una buena parte de mis amigos, o también,
salir a las calles y ganarme el sustento cometiendo pequeños delitos. Escojo el
tercer camino, el que me parece más fácil. En esta senda, me cruzo con Marlene,
antes y después de su prisión, cuando conoció a la mujer por la que me abandonó.
  Y también es en los atajos y escollos de las playas de Brasilia Teimosa y de Pina,
donde me enredo con los golfos retratados en el álbum del que no me consigo
deshacer. A pesar de los años transcurridos, lo hojeo para no desear seguir esa
corriente nunca más, los cuerpos sudorosos emborrachados con falso bronceadory 
arena, los cigarros, la cerveza y el vicio.
  En la fecha de mi segundo nacimiento —morir no es sino renacer—, yo bajaba
de una combi pirata en Ponte dos Carvalhos, y no en Tiuma, como le referí a la
policía y a los que me interrogaron. De los pequeños delitos ascendí a los robos y
al tráfico de drogas. Las ferias de las ciudades de la periferia de Recife sirven para
colocar los equipos de sonido, celulares, piezas de repuesto de coches, motos y
bicicletas. El día anterior, un domingo, bebí y me fumé unos canutos con los dos
colegas que aparecen en la foto que miro ahora. Ella no representa a Jesús entre
los dos ladrones, sino a tres delincuentes chuleándose. Llevo perilla y me he afeitado
el pecho con una maquinilla. A mi lado izquierdo, con gafas de sol, pendientes
y el pelo cortado a máquina, Jâmysson. A la derecha, el oxigenado Dêlvys, Somos
negros, o los rescoldos de la mezcla de esa raza con indios y blancos. Los tres
sacamos la lengua fuera de la boca, insultando al mundo y exhibiendo unos piercings
estratégicamente colocados en la punta de las mismas. Las piezas metálicas
servían para excitar el clítoris de las mujeres en orgías de felación.
  Jâmysson y Dêlvys me dispararon. Dos balas continúan alojadas en la columna,
como piercings inamovibles, privándome del movimiento. Me negué a compartir
la venta de unos objetos robados y ellos me partieron por la mitad. Los
delincuentes poseen códigos de ley y un diccionario que procuro olvidar leyendo
la Escritura Sagrada. Alguna vez que otra, saltan a mi boca palabras obscenas que
escupo como si fuesen serpientes venenosas. El enemigo no descansa un segundo.
  Socorrido en un hospital, me quedé internado el tiempo para saber que no
se podía hacer nada por mí. Me dieron el alta con las primeras escaras y volví al
palafito de mi abuela. No temía a los antiguos comparsas. Ellos no dispararían de
nuevo a un muerto, a decir verdad, a un renacido.





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