ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 01



Dientes Negros


Author | Autor: André De Leones


Traducido por Julia Maciel

Capítulo I


Nadie aquí tuvo infancia, dice ella. Y ahora estamos envenenados hasta
los huesos.
  No es más la típica conversación de mesa de bar entre dos personas
que acaban de conocerse. La muchacha, sentada a la izquierda
de Hugo, está realmente queriendo decir algo, diciéndolo. Él trata de recordar su
nombre, fueron presentados apenas llegó y se sentó en la mesa por un conocido
en común cuyo nombre tampoco puede recordar.
  Mirando alrededor, Hugo observa quiénes están en la mesa. Casi todas son caras
conocidas, compañeros de trabajo disfrutando del happy hour de un miércoles,
víspera de puente, y es como si él supiera y no supiera sus nombres, o como si los
supiera y sintiera que eso (saber sus nombres) no significa nada.
  No llegan a ser amigos, personas realmente cercanas, sino compañeros de la
emisora reunidos luego de un día de trabajo, cuando alguien pensó en llamarlo a él
y él, solo en casa, un poco deprimido y muy desanimado, vislumbró la posibilidad
de salir un poco como algo bueno y sano.
  La muchacha es muy joven y fuma sin parar. Desde el momento en que él
llegó y se sentó a su lado y decidió beber lo mismo que ella (arak), pusieron en
marcha una típica conversación de bar sobre lo que se debe o no beber en estos
días, cuáles son las mejores marcas y los mejores tipos de bebidas, y concordaron
en que la gran mayoría de las cervezas nacionales se había vuelto puro veneno.
  Yo bebía cerveza cuando era un niño, dijo él. Era otra cosa, no esa basura que
hacen hoy usando cebada sintética y no sé qué más.
¿Cuándo eras un niño?, preguntó ella.


2
  Cuando era un niño. En mi adolescencia desocupada de pueblo. O tal vez
sería mejor decir en mi infancia tardía.
  Fue cuando ella se rió y dijo:
  Nadie aquí tuvo infancia. Y ahora estamos envenenados hasta los huesos.
  Y enseguida agregó:
  O a partir de ellos. Digo, de los huesos.
  Hugo no esperaba algo así. Infancia, ahora, huesos, envenenaron. Una alusión
directa a la Calamidad, a la devastación reciente. Serio, la observa tomar un pequeño
trago de arak, hacer una mueca, darle una larga bocanada al cigarrillo.
  ¿Cómo te llamabas? Lo olvidé.
  Renata, sonríe. Renata Campos.
  Es blanca, el pelo oscuro, corto, y tiene los ojos rasgados. Usa lentes y sostiene el cigarrillo encendido como John Travolta en aquella vieja película de John Woo. Y dice:
  También olvidé el tuyo.
  Hugo. Hugo Silva.
  ¿También trabajas en televisión, Hugo Silva? No me acuerdo de tu cara.
  Mi nombre.
  ¿Tu nombre?
  Soy guionista. En todo caso, recordarías mi nombre.
  ¿En todo caso?
  En todo caso si recordaras.
  ¿Y por qué no recuerdo?
  Porque tú no ves los programas que escribo.
  ¿No?
  No.
  ¿Y qué programas son esos?


3
  De humor. Sábado por la noche, domingo por la tarde. De esos que se ríen
fastidiando a los otros. Las mismas situaciones, repetidas programa tras programa,
risas grabadas, frases repetidas machaconamente y demás.
  No veo los programas que escribes, Hugo Silva.
  Fue lo que pensé.
  Fue lo que dijiste.
  Fue lo que dije.
  Ella apaga el cigarrillo y prende otro enseguida. Hugo mira otra vez alrededor
y repite mentalmente los nombres de las personas que están en la mesa. Pequeños
apagones mentales. Reflejos de sus dieciséis, diecisiete, dieciocho años, cuando
había una constelación de drogas a su disposición, drogas nuevas y viejas, todas
liberadas, todas al alcance de la mano y de los bolsillos de todo el mundo, la competencia
haciendo caer los precios. Hugo exageró por un tiempo, muchacho recién
llegado del pueblo, solo en la ciudad más grande del país. Pero todo el mundo
exageraba en esa época, diez, doce años antes, y todo el mundo parecía o estaba
de verdad solo en la ciudad más grande del país.
  Yo tuve infancia, dice.
  ¿Y cómo fue?
  Normal.
  ¿Y qué es eso?, ríe ella.
  No lo sé.
  Pregúntaselo a tus padres. Quizás sepan.
  No puedo.
  No hacía falta decir nada más. Ella entiende. No puede preguntar a los padres.
  Ella entiende, sopla el humo, dice:
  Lo siento mucho.
  No pasa nada.
  ¿De dónde eran?
  Goiás. Yo también soy de Goiás. Pasé mi infancia allá. 


4
  Tu infancia normal.
  Mi infancia normal. Y después mi infancia tardía.
  Goiás fue arrasado.
  Sí. Goiás fue arrasado. No existe más.
  El lugar de tu infancia.
  Ya entendí adónde quieres llegar.
  No quiero llegar a ningún lado, Hugo.
  El sol se está poniendo en algún lugar. Renata sostiene el cigarrillo como John
Travolta en una vieja película y no quiere llegar a ningún lado. Ahora él no puede
dejar de mirarla. Muy joven, fumando sin parar. Diciendo cosas, bebiendo lo mismo
que él, no, él está bebiendo lo mismo que ella, él llegó después, un poco deprimido,
desanimado, dar una vuelta, hola, ¿qué tal?, un gusto.
  Yo soy bahiana. Mi ciudad tenía el mismo nombre que este bar.
  Ibotirama.
  Ibotirama. Mi familia entera. Eso era lo que quería decir. El lugar de donde
vine, las personas con las que crecí. Mi infancia quedaba allí, en aquel lugar y entre
aquellas personas. El lugar fue arrasado, las personas no existen más.
  Pero dijiste que no tuvimos infancia.
  Lo dije.
  Pero la tuvimos, sí. La tuvimos y después la perdimos.
  Ella piensa un poco, toma un trago. Y sonríe.
  ¿Por qué ríes?, él pregunta.
  Sonrío.
  Sonríes. ¿Por qué sonríes?
  Porque solo nos conocemos hace quince minutos y ya estamos conversando
sobre estas cosas. Ya no es más la típica conversación de mesa de bar. Por lo menos,
no entre dos personas que se acaban de conocer.
  Voy a pedir una dosis más. ¿Quieres una dosis más?


5
  ¿Por qué no?
  Agruparon tres mesas y ahora son catorce, dieciséis si contamos a Renata y
Hugo, pero catorce personas hablando mal de compañeros de trabajo ausentes y
haciendo planes para el puente y pidiendo más bebidas y pensando en pedir algo
para comer o picotear mientras el bar se llena más y más y se aflojan las corbatas
y todos respiran aliviados, libres, livianos, el próximo lunes tan distante e inefable
como el extinguido estado de Acre.
  Había una broma que circulaba por las mesas de los bares paulistas hace
algunos años sobre el estado de Acre, y no era tanto una broma, sino más bien el
tipo de grosería prejuiciosa cometida por algunos paulistas contra lugares
distantes de São Paulo, contra lugares que no son y nunca serán (o serían) como São Paulo, y las personas hablaban sobre cosas de cuya existencia dudaban, cosas
que creían que no existían, leyendas, y una de esas cosas era el estado de Acre.
A Hugo le molestaba porque a veces se referían de esa misma forma a Goiás. Le
molestaba y se prometía volver a su tierra tan pronto terminara la maestría, volver
a Goiás, a los padres, los amigos, la casa.
  Pero nunca terminó la maestría, empezó a escribir para televisión, a ganar
mucho dinero, y entonces vino la Calamidad y Goiás, lo mismo que Acre, no existe
más, fue arrasado.
  Porque solo nos conocemos hace quince minutos y ya estamos conversando
sobre estas cosas, ella le dijo.
  Lo gracioso es que apenas ella dijo eso se callaron. Hugo y Renata sentados
lado a lado con sus dosis de arak, de repente sin tener más que decir, sin la más
mínima gana de decir nada, se quedan oyendo las conversaciones de los otros por
un tiempo, fingiendo interés, fingiendo entender todo, y algunas cosas él de hecho
las entiende, el supervisor fulano de tal es un hijo de puta, mira lo que me hizo,
otras no. Renata fuma un cigarrillo detrás de otro, un atado entero en cuestión
de minutos, como alguien ansioso porque la mujer está pariendo justo allí y hubo
complicaciones, señor, lo siento mucho pero.
  Cuéntame algo de tu infancia, ella le pide luego de un tiempo.
  ¿De mi infancia?
  De tu infancia normal, no de tu infancia tardía, ella sonríe.


6
  ¿Para qué?
  Quiero estar segura de que no la has perdido.
  No la perdí.
  Entonces cuéntame algo.
  No sabría qué contarte, no sé lo que quieres oír.
  Quiero oír lo que quieras contar. No hace falta que sea una gran historia. A
decir verdad, hasta prefiero que sea una historia pequeña, simple. Cualquier cosa.
  Como tu primer día de escuela.
  No me acuerdo.
  ¿No te acuerdas de tu primer día de escuela?
  No, yo… no me acuerdo de ciertas cosas. Mi memoria falla un poco, de vez en
cuando tengo una especie de mini apagones. Olvido algunas cosas, cosas tontas
incluso, por algunos segundos.
  ¿Qué anduviste tomando, querido?
  Él ríe. Ella había acertado.
  Inhalé mucho cury hace algunos años.
  ¿Cury? Yo lo probé una o dos veces. Me dio dolor de cabeza. Dicen que acaba
con la cabeza realmente. Pérdida de memoria, esas cosas.
  ¿Tú qué tomas?
  Soy pasatista: fumo marihuana a veces.
  ¿Marihuana? Pero no plantan eso por lo menos hace cinco años.
  Sintética, querido.
  Claro, ríe. Arbolitos de plástico.
  Eso casi.
  Hugo toma un trago y por un segundo se ve sentado en la alfombra de una
sala amplia fumando marihuana con Renata y dice:
  Bueno, voy a contarte.


7
  Se acomoda en la silla y ella hace lo mismo. Las conversaciones de los otros
desaparecen. Los otros clientes del bar desaparecen. El bar desaparece. Renata
mira fijamente a Hugo, que a su vez mira al piso. Mira el piso y comienza a contar.
  Hugo le cuenta a Renata que un día salió corriendo al patio.
  Era un patio inmenso, y él salió corriendo apenas el padre entró en la sala y
gritó su nombre.
  El padre nunca corría. Con vaqueros cortos, sandalias de cuero y camisa
abierta, entró en la sala donde él estaba y gritó su nombre.
  El padre estaba en la cocina limpiando un pescado y cuando fue a la sala llevó
el cuchillo.
  Había un patio más chico y un patio más grande, dos patios en uno, separados
por un muro de adobe.
  La hermana quería mostrarle una cosa, algo que Hugo no quería ver, ella insistió
y se puso delante de él, entre él y el televisor, y él la empujó.
  El padre fue atrás, caminando sin prisa, la camisa abierta.
  La hermana cayó de espaldas sobre la alfombra, no se lastimó en serio, pero
comenzó a llorar.
  Él corría sabiendo que iba a parar en el momento en que el padre dijera su
nombre otra vez. El padre ni siquiera tendría que gritar otra vez. Con solo repetir
su nombre, él iba a parar donde estuviera, iba a parar, dar media vuelta y marchar
hacia el castigo, fuera el que fuera. Pero mientras eso no sucedía, mientras el padre
no repetía su nombre, seguía corriendo y, corriendo, pasó la apertura en el muro
que separaba al primero del segundo patio.
  La hermana quería mostrarle un dibujo que había hecho, un Hombre Araña
ridículamente flaco suspendido en el cielo, muy por encima de los edificios y de la
ciudad, como si estuviera volando o flotando.


8
  Él pasó el primer árbol, una jaboticabera deshojada, y corrió en dirección al
mango más grande, como si allá no pudiera ser alcanzado más por la voz del padre
diciendo su nombre.
  En la película que él estaba viendo, un automóvil salía de la ruta y volcaba en
llamas por un despeñadero hasta la explosión final.
  El padre paró justo después de la apertura en el muro que separaba al primero
del segundo patio y lo observó correr en dirección al mango más grande.
  La hermana gritó:
  Papá, me quiere matar.
  Siempre exageraba, un corte equivalía a una amputación, un resfriado a una
enfermedad mortal, un mal día en la escuela era el fin del mundo.
  En el momento en que llegó al mango, en el instante en que apoyó el cuerpo
en el tronco seco, lastimado, viejo, oyó al padre llamando su nombre.
  La madre llegó del trabajo una hora y media después y al principio no se interesó.
  Estaba cansada, no tenía hambre, quería ducharse, acostarse y leer en la cama a Harold
  Robbins o Sidney Sheldon hasta la hora del culebrón. Vio a la hija enfadada en un
sillón, el hijo enfadado en la alfombra, el marido enfadado en el sofá, y dijo:
  Hola.
  Respondieron refunfuñando. Ella respiró hondo, dejó el bolso en la mesita de
centro de la sala, reunió fuerzas y preguntó qué había pasado. El padre, siempre
más interesado en el noticiero local de la televisión, resumió todo diciendo:
  El niño le pegó a la niña y yo tuve que pegarle al niño.
  ¿Con qué le pegaste?
  Él suspiró, irritado porque ella siempre se interesaba por detalles que, para él
no tenian la menor diferencia.
  Él le pegó y salió corriendo, yo le pegué y listo, fue eso, se terminó.
  Pero ella insistió:
  ¿Con qué le pegaste?


9
  Suspiró por segunda vez, y su suspiro quería decir me gustaría ver este noticiero,
el suspiro quería decir tú ya llegas fastidiándome, el suspiro quería decir yo
me quedé con estos dos toda la tarde y tú ya no sabes lo que es esto, ya no recuerdas
lo que es esto, ya no puedes imaginar lo que es esto, el suspiro quería decir
mierda, no molestes, no pasó nada, se terminó, nadie murió, solo están enfadados,
¿estás viendo algún brazo roto?, ¿sangre?, ¿vísceras expuestas?, suspiró y dijo:
  Con el cuchillo.
  ¿Cómo que con el cuchillo?
  Eso mismo. Con el cuchillo.
  ¿Con el mango?
  No, con la hoja.
  ¿Con la hoja? ¿Pero te has vuelto loco?
  Le pegué con la hoja así de costado, ni se cortó.
  ¿Dónde le pegaste?
  En la pierna.
  Muéstrame, la madre le ordenó al niño.
  El niño se puso de pie y levantó un poco el pantalón y ella vio la marca enrojecida,
no había sangre, el dibujo de parte de la hoja del cuchillo. Suspiró por suspirar,
el suspiro no quería decir absolutamente nada más allá del cansancio, suspiró y le
preguntó si le dolía.
   El niño movió la cabeza: no.





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