ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 01



La Causa Secreta


Author | Autor: Machado de Assis


Traducido por Pablo Cardellino Soto

Garcia, de pie, miraba y hacía sonar las uñas; Fortunato, en la mecedora, miraba el techo; Maria Luísa, cerca de la ventana, terminaba una labor de aguja. Hacía ya cinco minutos que ninguno de ellos decía nada. Habían hablado del día, que había estado excelente, de Catumbi, donde vivía el matrimonio Fortunato, y de una casa de salud, que se explicará más adelante. Como los tres personajes aquí presentes están ahora muertos y enterrados, es tiempo de contar la historia sin tapujos.
  Habían hablado también de otra cosa, además de esas tres, algo tan feo y grave, que no les dejó mucho gusto para tratar del día, del barrio y de la casa de salud. Toda la conversación al respecto fue constreñida. Incluso ahora, los dedos de Maria Luísa parecen aún trémulos, al paso que hay en el rostro de Garcia una expresión de severidad, que no le es habitual. En verdad, lo que ocurrió allí fue de tal naturaleza, que para hacerlo entender es preciso remontar al origen de la situación.
  García se había formado en medicina, el año anterior, 1861. En 1860, estando aún en la Escuela, se encontró con Fortunato, por primera vez, en la puerta del hospital Santa Casa; entraba, cuando el otro salía. Le impresionó la figura; pero, aún así, la habría olvidado, no fuera el segundo encuentro, pocos días después. Vivía en la Rua de D. Manoel. Una de sus raras distracciones era ir al Teatro de S. Januário, que quedaba cerca, entre esa calle y la playa; iba una o dos veces por mes, y nunca encontraba más de cuarenta personas. Solo los más intrépidos se atrevían a extender los pasos hasta aquel rincón de la ciudad. Una noche, estando en las butacas, apareció allí Fortunato, y se sentó a su lado.
  La pieza era un dramón, cosido a cuchilladas, erizado de imprecaciones y remordimientos; pero Fortunato la oía con singular interés. En los momentos dolorosos, su atención aumentaba, los ojos iban ávidamente de un personaje a otro, al punto que el estudiante sospechó que había en la pieza reminiscencias personales del vecino. Al final del drama, vino una farsa; pero Fortunato no esperó y salió; Garcia salió tras él. Fortunato fue por el callejón Beco do Cotovelo, Rua de S. José, hasta el Largo da Carioca. Iba despacio, cabizbajo, parando a veces, para darle un bastonazo a algún perro que dormía; el perro quedaba gañendo y él se iba andando. En el Largo da Carioca entró en un tílburi, y fue hacia el lado de la Praça da Constituição. Garcia volvió a su casa sin saber nada más.
  Pasaron algunas semanas. Una noche, eran las nueve, estaba en casa, cuando escuchó un rumor de voces en la escalera; bajó rápido de la buhardilla, donde vivía, al primer piso, donde vivía un empleado del Arsenal de Guerra. Era este a quien algunos hombres conducían, escaleras arriba, ensangrentado. El negro que lo servía acudió a abrir la puerta; el hombre gemía, las voces eran confusas, la luz poca. Puesto el herido en la cama, Garcia dijo que era preciso llamar un médico.
  —Ya viene uno, acudió alguien.
  Garcia miró: era el mismo hombre de la Santa Casa y del teatro. Imaginó que sería pariente o amigo del herido; pero, rechazó la suposición, desde que le oyó preguntar si este tenía familia o alguien cercano. El negro le dijo que no, y él asumió la dirección del servicio, pidió que las personas extrañas se retiraran, pagó a los cargadores, y dio las primeras órdenes. Al saber que García era vecino y estudiante de medicina, le pidió que se quedara para ayudar al médico. En seguida contó lo que había pasado.
  —Fue una pandilla de capoeiras. Yo venía del cuartel de Moura, adonde fui a visitar un primo, cuando oí un ruido muy grande, y después un grupo de gente. Parece que ellos también hirieron a un sujeto que pasaba, y que entró por uno de aquellos callejones; pero yo solo vi a este señor, que cruzaba la calle cuando uno de los capoeiras, topándose con él, le metió el puñal. No cayó enseguida; dijo dónde vivía, y, como era a dos pasos, me pareció mejor traerlo.
  —¿Lo conocía antes? preguntó Garcia.
  —No, nunca lo vi. ¿Quién es?
  —Es un buen hombre, empleado del Arsenal de Guerra. Se llama Gouveia.
  —No sé quién es.
  Médico y subcomisario vinieron poco después; se hizo el curativo, y se tomaron las informaciones. El desconocido declaró llamarse Fortunato Gomes da Silveira, ser rentista, soltero, residente en Catumbi. La herida fue reconocida grave. Durante el curativo, ayudado por el estudiante, Fortunato sirvió de criado, sosteniendo la palangana, la vela, los paños, sin perturbar en nada, mirando fríamente al herido, que gemía mucho. Al final, se entendió en particular con el médico, lo acompañó al rellano de la escalera, y reiteró al subcomisario la declaración de estar dispuesto a auxiliar en las pesquisas policiales. Los dos salieron, él y el estudiante permanecieron en el cuarto.
  Garcia estaba atónito. Lo miró, lo vio sentarse tranquilamente, estirar las piernas, meter las manos en los bolsillos de los pantalones, y clavar los ojos en el herido. Los ojos eran claros, plomizos, se movían despacio, y tenían la expresión dura, seca y fría. Cara delgada y pálida; una tira estrecha de barba, por debajo del mentón, y de una sien a otra, corta, pelirroja y rara. Tendría cuarenta años. De vez en cuando, se volvía hacia el estudiate, y preguntaba algo acerca del herido; pero volvía enseguida a mirarlo, mientras el joven le daba la respuesta. La sensación que el estudiante tenía era de repulsión al tiempo que de curiosidad; no podía negar que estaba presenciando un acto de rara dedicación, y si era desinteresado como parecía, no había más que aceptar el corazón humano como un pozo de misterios.
  Fortunato salió poco antes de una hora; volvió los días siguientes, pero la cura se realizó deprisa, y, antes de concluida, desapareció sin decir al favorecido dónde vivía. Fue el estudiante quien le dio las indicaciones del nombre, calle y número.
  —Le agradeceré el favor que me hizo, en cuanto pueda salir, dijo el convaleciente.
  Corrió a Catumbi seis días después. Fortunato lo recibió incómodo, oyó impaciente las palabras de agradecimiento, le dio una respuesta hastiada y terminó golpeándose la rodilla con las bolas de la bata. Gouveia, frente a él, sentado y callado, alisaba el sombrero con los dedos, levantando los ojos de vez en cuando, sin encontrar nada más que decir. Pasados diez minutos, pidió permiso para salir, y salió.
  —¡Cuidado con los capoeiras! Le dijo el dueño de casa, riéndose.
El pobre diablo salió de allí mortificado, humillado, masticando con dificultad el desdén, forcejeando por olvidarlo, explicarlo o perdonarlo, para que en el corazón solo perdurara la memoria del beneficio; pero el esfuerzo era vano. El resentimiento, huésped nuevo y exclusivo, entró y echó al beneficio, de modo que el desgraciado no tuvo más que treparse a la cabeza y refugiarse allí como una simple idea. Fue así que el mismo benefactor insinuó a este hombre el sentimiento de la ingratitud. 
   Todo ello asombró a Garcia. Este joven tenía, en embrión, la facultad de descifrar a los hombres, de descomponer los caracteres, tenía el amor del análisis, y sentía el placer, que decía supremo, de penetrar muchas capas morales, hasta palpar el secreto de un organismo. Picado por la curiosidad, pensó en ir a ver al hombre de Catumbi, pero advirtió que él ni le había ofrecido formalmente la casa. Al menos, necesitaba un pretexto, y no encontró ninguno.
  Tiempo después, ya recibido, y viviendo en la Rua de Mata-cavalos, cerca de la del Conde, encontró a Fortunato en una góndola, lo encontró otras veces más, y la frecuencia trajo la familiaridad. Un día Fortunato lo invitó a ir a visitarlo allí cerca, en Catumbi.
  —¿Sabe que estoy casado?
  —No lo sabía.
  —Me casé hace cuatro meses, podría decir cuatro días. Cene con nosotros el domingo.
  —¿El domingo?
  —No forje excusas; no admito excusas. Vaya el domingo.
  García fue el domingo. Fortunato le dio una buena cena, buenos puros y buena charla, en compañía de la señora, que era interesante. La figura de él no había cambiado; los ojos eran las mismas chapas de estaño, duras y frías; sus otras facciones no eran más atractivas que antes. Las atenciones, empero, aunque no rescataran la naturaleza, traían cierta compensación, y no era poco. Maria Luísa sí poseía ambos hechizos, persona y modos. Era esbelta, airosa, ojos tiernos y sumisos; tenía veinticinco años y parecía no pasar de los diecinueve. Garcia, la segunda vez que fue, notó que entre ellos había cierta disonancia de caracteres, poca o ninguna afinidad moral, y de parte de la mujer hacia el marido unos modos que trascendían el respeto y se confinaban en la resignación y el temor. Un día, estando los tres juntos, preguntó Garcia a Maria Luísa si conocía las circunstancias en que él había conocido al marido.
  —No, respondió la joven.
  —Escuchará una linda acción.
  —No vale la pena, interrumpió Fortunato.
  —La señora verá si vale la pena, insistió el médico.
  Contó la anécdota de la Rua de D. Manoel. La joven lo oyó asombrada. Insensiblemente extendió la mano y apretó la muñeca al marido, risueña y agradecida, como si acabara de descubrirle el corazón. Fortunato sacudía los hombros, pero no oía con indiferencia. Al final, contó él mismo la visita que le hizo el herido, con todos los pormenores del personaje, los gestos, las palabras cohibidas, los silencios, en suma, un estrafalario. Y reía mucho al contarla. No era la risa de la falsedad. La falsedad es evasiva y oblicua; su ria era jovial y franca.
  "¡Singular hombre!" pensó Garcia.
  Maria Luiza quedó desconsolada con la burla del marido; pero el médico le devolvió la satisfacción anterior, volviendo a referir la dedicación de este y sus raras cualidades de enfermero; tan buen enfermero, concluyó, que, si algún día fundara una casa de salud, lo invitaré.
  —¿Hecho? preguntó Fortunato. —¿Hecho qué?
  —¿Vamos a fundar una casa de salud? —Nada hecho; estoy bromeando.
  —Se podería hacer algo; y para usted, que empieza en la clínica, creo que sería muy bueno. Tengo justamente una casa que quedará libre, y sirve.
  Garcia rehusó ese día y al día siguiente; pero la idea se le había metido en la cabeza al otro, y no fue posible retroceder más. En verdad, era un buen estreno para él, y podía venir a ser un buen negocio para ambos. Aceptó finalmente, días después, y fue una desilusión para Maria Luísa. Criatura nerviosa y frágil, padecía solo con la idea de que el marido tuviera que vivir en contacto con enfermedades humanas, pero no se atrevió a oponérsele, y curvó la cabeza. El plano se hizo y se cumplió deprisa. Es verdad que Fortunato no trató de nada más, ni entonces, ni después. Abierta la casa, fue él mismo el administrador y jefe de enfermeros, examinaba todo, ordenaba todo, compras y caldos, drogas y cuentas.
  Garcia pudo entonces observar que la dedicación al herido de la Rua D. Manoel no era un caso fortuito, sino que descansaba en la misma naturaleza de este hombre. Lo veía servir como ninguno de los mozos. No retrocedía ante nada, no conocía molestia aflictiva o repelente, y estaba siempre dispuesto a todo, a cualquier hora del día o la noche. Toda la gente se pasmaba y aplaudía. Fortunato estudiaba, acompañaba las operaciones, y nadie más curaba los cáusticos.
  —Tengo mucha fe en los cáusticos, decía.
  La comunión de intereses estrechó los lazos de la intimidad. Garcia se hizo familiar en la casa; allí cenaba casi todos los días, allí observaba a la persona y la vida de Maria Luísa, cuya soledad moral era evidente. Y la soledad como que le duplicaba el encanto. Garcia comenzó a sentir que alguna cosa lo agitaba, cuando ella aparecía, cuando hablaba, cuando trabajaba, callada, junto a la ventana, o tocaba al piano unas músicas tristes. Mansamente, le entró el amor en el corazón. Cuando quiso darse cuenta, quiso expelerlo para que entre él y Fortunato no hubiera otro lazo que el de amistad; pero no pudo. Solamente pudo trancarlo; Maria Luísa comprendió ambas cosas, el afecto y el silencio, pero no se dio por enterada.
  A principios de octubre hubo un incidente que reveló aún más a los ojos del médico la situación de la joven. Fortunato se había metido a estudiar anatomía y fisiología, y se ocupaba en horas libres abriendo y envenenando gatos y perros. Como los chillidos de los animales aturdían a los enfermos, llevó el laboratorio a la casa, y la mujer, complexión nerviosa, tuvo que sufrirlos. Un día, sin embargo, sin poder más, fue a ver al médico y le pidió que, como algo suyo, consiguiera que el marido cesara dichas experiencias.
  —Pero usted misma...
  Maria Luísa acudió, sonriendo:
  —Él naturalmente pensará que soy una niña. Lo que yo quería es que usted, como médico, le dijera que eso me hace mal; y créame que es así...
  Garcia consiguió rápidamente que el otro terminara con dichos estudios. Si fue a hacerlos en otra parte, nadie lo supo, pero puede ser que sí. Maria Luísa agradeció al médico, tanto por ella como por los animales, que no podía ver padecer.
Tosía de vez en cuando; Garcia le preguntó si tenía algo, ella respondió que nada.
  —Déjeme verle el pulso.
  —No tengo nada.
  No dio el pulso, y se retiró. Garcia quedó aprehensivo. Pensaba, más bien, que ella podía tener algo, que era preciso observarla y avisar al marido en su tiempo. 
   Dos días después —exactamente el día en que los vemos ahora—, Garcia fue allá a cenar. En la sala le dijeron que Fortunato estaba en el gabinete, y él caminó hacia allí; llegaba a la puerta, cuando Maria Luísa salía afligida.
  —¿Qué pasa? le preguntó.
  —¡El ratón! ¡El ratón! exclamó la joven sofocada y alejándose.
  Garcia recordó que, la víspera, oyó a Fortunato quejarse de un ratón, que se le había llevado un papel importante; pero estaba lejos de esperar lo que vio. Vio a Fortunato sentado a la mesa, en el centro del gabinete, sobre la cual puso un plato con espíritu de vino. El líquido llameaba. Entre el pulgar y el índice de la mano izquierda sostenía un cordón, de cuya punta pendía el ratón atado por la cola. En la derecha tenía una tijera. Justo cuando entró García, Fortunato le cortaba una de las patas al ratón; en seguida bajó al infeliz hasta la llama, rápido, para no matarlo, y se dispuso a hacer lo mismo con la tercera, pues ya le había cortado la primera.
García paró en seco horrorizado. 
  —¡Mátelo de una vez! le dijo.
  —Ya va.
  Y con una sonrisa única, reflejo del alma satisfecha, algo que traducía el disfrute íntimo de las sensaciones supremas, Fortunato le cortó la tercera pata al ratón, e hizo por tercera vez el mismo movimiento hasta la llama. El miserable se contorsionaba, chillando, ensangrentado, chamuscado, y no terminaba de morir. Garcia desvió los ojos, después los volvió nuevamente, y extendió la mano para impedir que el suplicio continuara, pero no llegó a hacerlo, porque el diablo del hombre daba miedo, con toda aquella serenidad radiosa de su fisionomía. Faltaba cortar la última pata; Fortunato la cortó muy despacio, siguiendo la tijera con los ojos; la pata cayó, y él se quedó mirando el ratón medio cadáver. Al bajarlo por cuarta vez, hasta la llama, dio aún más rapidez al gesto, para salvar, si pudiera, algunos jirones de vida.
García, enfrente, conseguía dominar la repugnancia del espectáculo para grabarse la cara del hombre. Ni rabia, ni odio; tan solo un vasto placer, quieto y profundo, como daría a otro la audición de una bella sonata o la vista de una estatua divina, algo parecido a la pura sensación estética. Le pareció, y era verdad, que Fortunato lo había olvidado totalmente. Ante esto, no estaría fingiendo, y debía ser realmente así. La llama moría, el ratón podía ser que tuviera aún un residuo de vida, sombra de sombra; Fortunato lo aprovechó para cortarle el hocico y por última vez aproximar la carne al fuego. Al final dejó caer el cadáver en el plato, y alejó de sí toda esa mezcla de chamusco y sangre.
  Al levantarse dio con el médico y tuvo un sobresalto. Entonces, se mostró rabioso contra el animal, que le comió el papel; pero la cólera evidentemente era fingida.
  "Castiga sin rabia", pensó el médico, "por la necesidad de encontrar una sensación de placer, que solo el dolor ajeno le puede dar: es ese el secreto de este hombre".
  Fortunato enalteció la importancia del papel, la pérdida que le causaba, pérdida de tiempo, es verdad, pero el tiempo ahora le era preciosísimo. Garcia oía solamente, sin decir nada, ni darle crédito. Recordaba sus acciones, graves y leves, encontraba la misma explicación para todas. Siempre el mismo cambio de teclas de la sensibilidad, un diletantismo sui generis, una reducción de Calígula
  Cuando Maria Luísa volvió al gabinete, poco después, el marido fue hacia ella, riendo, le tomó las manos y le habló mansamente:
  —¡Flojona!
  Y volviéndose hacia el médico:
  —¿Puede creer que casi se desmaya?
  Maria Luísa se defendió tímidamente, dijo que era nerviosa y mujer; después fue a sentarse a la ventana con sus lanas y agujas, y los dedos aún temblorosos, como la vimos al principio de esta historia. Recordarán que, después de haber hablado de otras cosas, se quedaron callados los tres, el marido sentado y mirando el techo, el médico haciendo sonar las uñas. Poco después fueron a cenar; pero la cena no fue alegre. Maria Luísa quedaba absorta y tosía; el médico se indagaba a sí mismo si no estaría expuesta a algún exceso en compañía de ese hombre. Solamente era posible; pero el amor transformó la posibilidad en certidumbre; temió por ella y decidió vigilarlos.
  Ella tosía, tosía, y no pasó mucho tiempo sin que la molestia se sacara la máscara. Era la tisis, vieja dama insaciable, que chupa toda la vida, hasta dejar un montón de huesos. Fortunato recibió la noticia como un golpe; amaba realmente a la mujer, a su modo, estaba acostumbrado a ella, le costaba perderla. No escatimó esfuerzos, médicos, remedios, aires, todos los recursos y todos los paliativos. Pero fue todo en vano. La enfermedad era mortal.
  En los últimos días, ante los tormentos extremos de la joven, la naturaleza del marido subyugó cualquier otro afecto. No la dejó más; fijó el ojo opaco y frío en aquella descomposición lenta y dolorosa de la vida, se bebió una por una las aflicciones de la bella criatura, ahora delgada y transparente, devorada de fiebre y minada de muerte. Su egoísmo aspérrimo, hambriento de sensaciones, no le perdonó un solo minuto de agonía, ni se los pagó con una sola lágrima, pública o íntima. Solo cuando ella expiró, fue que quedó aturdido. Volviendo en sí, vio que estaba otra vez solo.
  De noche, cuando una parienta de Maria Luísa, que la ayudó a morir, fue a descansar, quedaron solos Fortunato y Garcia, velando el cadáver, ambos pensativos; pero incluso el mismo marido estaba fatigado, el médico le dijo que descansara un poco.
  —Vaya a descansar, duerma una hora o dos: yo voy después.
Fortunato salió, fue a echarse al sofá de la saleta contigua, y se adormeció en seguida. Veinte minutos después se despertó, quiso dormirse otra vez, dormitó algunos minutos, hasta que se levantó y volvió a la sala. Caminaba de puntillas para no despertar a la parienta, que dormía cerca. Al llegar a la puerta, se detuvo asombrado. Garcia se había aproximado al cadáver, levantado el pañuelo y contemplaba por algunos instantes las facciones difuntas. Después, como si la muerte lo espiritualizara todo, se inclinó y la besó en la frente. Fue en ese momento que Fortunato llegó a la puerta. Se detuvo perplejo; no podía ser el beso de la amistad, podía ser el epílogo de un libro adúltero. No tenía celos, obsérvese; la naturaleza lo compuso de modo que no le causó celos ni envidia, sino vanidad, que no se sustrae menos al resentimiento. Miró asombrado, mordiéndose los labios.
  Mientras tanto, Garcia se inclinó aún para besar otra vez el cadáver; pero entonces no pudo más. El beso estalló en sollozos, y los ojos no pudieron contener las lágrimas, que vinieron a borbotones, lágrimas de amor callado, e irremediable desespero. Fortunato, en el umbral, donde se quedó, saboreó tranquilo esa explosión de dolor moral que fue larga, muy larga, deliciosamente larga. 





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