ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 01



El Conventillo


Author | Autor: Aluísio Azevedo


Traducido por Carlos Saiz Alvarez

Capítulo I


João Romão fue, desde los trece hasta los veinticinco años, empleado de un tendero que se enriqueció entre las cuatro paredes de un sucio y oscuro mercado en los recovecos del barrio de Botafogo; y ahorró tanto de lo poco que había ganado en esa docena de años, que cuando el patrón se retiró a su tierra, le dejó como pago de salarios atrasados, no solo la tienda con todo lo que tenía dentro, sino además, en dinero, un conto y quinientos reis. 
  Propietario y establecido por su cuenta, el joven se afanó en la labor aún con más ardor, dejándose dominar por tal delirio de enriquecimiento, que afrontaba resignado las más duras privaciones. Dormía sobre el mostrador del propio mercado, encima de una estera, teniendo como almohada un saco de estopa lleno de paja. La comida se la preparaba, por cuatrocientos reis al día, una figonera vecina suya, Bertoleza, negra treintañera, esclava de un viejo ciego residente en Juiz de Fora y amancebada con un portugués que tenía un carro de mano con el que hacía portes en la ciudad.
  Bertoleza también trabajaba duro, su figón era el más frecuentado del barrio. Por la mañana vendía gachas de harina de maíz y por la noche, pescado frito y tajadas de hígado, pagaba a su amo una regalía de veinte mil reis, y, a pesar de ello, no tenía, ni de lejos, lo necesario para su manumisión. Sin embargo, un día, su hombre, después de correr media legua tirando de una carga superior a sus fuerzas, cayó muerto en la calle al lado del carro, reventado como una bestia.
João Romão mostró gran interés por esta desgracia, incluso, haciéndose partícipe directo de los sufrimientos de la vecina, y se lamentó de ella con tamaño empeño, que la buena mujer lo escogió como confidente de sus desventuras. Ella se le abrió, le contó su vida de padecimientos y dificultades. "¡Su señor le estaba sacando los hígados! ¡Para una pobre mujer, no era broma tener que despilfarrar en ello, todos los meses, el dineral de veinte mil reis!". Y le reveló entonces lo que había juntado para su libertad, acabando por pedirle al comerciante que le guardase las economías, debido a que cierta vez, unos ladrones que entraron en el figón por la trastienda la habían robado.
  De ahí en adelante, João Romão se convirtió en el cajero, el procurador y el consejero de la negra. Al cabo de poco tiempo, era él quien se hacía cargo de todo lo que ella producía y también quien ponía y disponía de sus ahorros, y quien se encargaba de remitir a su señor los veinte mil reis mensuales. A continuación, le abrió una cuenta corriente, y la figonera, cuando necesitaba dinero para cualquier cosa, se pasaba por el mercado y lo recibía de manos del comerciante, del "Señor João" como ella decía. El Señor João debitaba metódicamente esas pequeñas cuantías en una libreta, en cuya cubierta de papel pardo se podía leer, mal escrito y con letras recortadas de un periódico: "Activo y pasivo de Bertoleza".
  Y de tal forma fue ganándose el tendero la confianza en el espíritu de la mujer, que al final, esta no resolvía nada por sí misma, aceptando ciegamente todas y cualquiera de sus resoluciones. Por último, si alguien necesitaba tratar con ella de cualquier negocio, ni se molestaba más en buscarla, directamente, iba a ver enseguida a João Romão.
Cuando quisieron darse cuenta, estaban amancebados.
  Él le propuso que vivieran juntos y ella concordó con los brazos abiertos, feliz de juntarse de nuevo con un portugués, porque como toda zamba, Bertoleza no quería amarrarse a negros, y buscaba instintivamente a un hombre de una raza superior a la suya.
  Entonces, João Romão compró con las economías de la amiga algunos palmos de tierra en el lado izquierdo del mercado, y levantó una pequeña casa de dos puertas, que se dividía, en paralelo a la calle, en dos partes iguales, la parte delantera se destinaba al figón y la del fondo, al dormitorio que arregló con los cachivaches de Bertoleza. Además de la cama, había una cómoda muy vieja de jacarandá con tiradores deslustrados de metal amarillo, una capilla llena de santos y forrada de papel de colores, un baúl grande de cuero claveteado sin curtir, dos pequeños bancos de madera hechos de una sola pieza y un formidable perchero de pared, con su correspondiente forro de retales de indiana.
  El comerciante no tuvo nunca tanto mobiliario.
  — Ahora —le dijo a la negra— las cosas te van a ir mejor. Vas a convertirte en liberta; yo contribuyo con lo que falta.
  Ese día, salió mucho a la calle, y una semana después apareció con una hoja de papel toda escrita, que leyó en voz alta a su compañera.
  — ¡Ahora, ya no tienes más señor! —Declaró justo después de la lectura, que ella escuchó entre lágrimas agradecidas— Ahora eres libre. De hoy en adelante, lo que consigas, será solo tuyo y aun de tus hijos si los tuvieras. ¡Se ha acabado el cautiverio de pagar los veinte mil reis a la peste del ciego!
  — ¡Pobre! ¡Nos quejamos de vicio! ¡Él, como mi señor, exigía la regalía, exigía lo que era suyo!
  — ¡Suyo, o no suyo, se ha acabado! ¡Vida nueva!
  Contra toda costumbre, ese día se abrió una botella de vino de Oporto, y los dos lo bebieron en honor al gran acontecimiento. Sin embargo, tal carta de libertad era obra del propio João Romão, y ni el mismo sello, que había decidido colocarlo encima para dar a la burla una mayor formalidad, representó gasto alguno, ya que el espabilado había aprovechado una estampilla usada. El señor de Bertoleza ni tan siquiera tuvo conocimiento del hecho: lo que sí le constó fue que su esclava había huido a Bahía tras la muerte de su amante.
  — Qué el ciego venga a buscarla aquí si es capaz... —se desafió el tendero a si mismo— ¡Qué se atreva a ello y verá si esta esclavitud se prolonga o no!
  No obstante, solo se quedó tranquilo del todo después de tres meses, cuando le constó la muerte del viejo. La esclava había quedado en herencia natural a alguno de los hijos del muerto, aunque, por su parte, no había nada de lo que recelar; dos parranderos de categoría que, una vez trincada la legítima, cuidarían de todo, menos de lanzarse tras la pista de una negra a quien no veían desde hacía muchos años. "¡Vamos hombre! ¡Ya era más que suficiente, y no había sido poco lo que la habían exprimido durante tanto tiempo!"
  Bertoleza representaba ahora, al lado de João Romão, el triple papel de cajera, criada y amante. Se deslomaba de verdad, pero siempre con buena cara, a las cuatro de la madrugada, ya estaba en la faena de todos los días, aviando el café para los parroquianos y después, preparando el almuerzo para los trabajadores de una cantera que estaba más allá de un gran pastizal detrás del mercado. Barría la casa, cocinaba, atendía en el mostrador del mercado cuando el amante andaba ocupado fuera; durante el día, en los intervalos entre las otras tareas, se ocupaba de su figón, y por la noche, se ponía en la puerta de la tienda y, frente a un hornillo de barro, freía hígado y doraba sardinas, que Romão iba a comprar por la mañana, en mangas de camisa y zuecos sin medias, a la playa de Peixe. Y el demonio de mujer aún encontraba tiempo para lavar y arreglar, además de la suya, la ropa de su hombre, que, la verdad sea dicha, no era tanta y nunca pasaba en todo el mes de algunos pares de pantalones de dril y otras tantas camisas de rayadillo.
  João Romão no salía nunca a pasear, ni iba a misa los domingos; todo lo que le rendía su mercado, además de lo del figón, iba derecho a la caja de los ahorros, y de ahí, entonces, para el banco. Tanto es así que, un año después de la adquisición de la negra, se sacaron a subasta pública algunas brazas de tierra situadas al fondo del colmado, que él remató inmediatamente y trató, sin pérdida de tiempo, de construir tres pequeñas casas cuya estrechez solo permitía una única ventana dando a la calle.
  ¡La maña que se dio y las economías que hizo en la construcción fueron un milagro! Hacía de albañil, preparaba masa y cargaba barro, partía piedras; piedras, que el bellaco, a altas horas y en compañía de su amiga, las robaba en la cantera del fondo, de la misma forma que sustraían el material de las casas en obras que había por los alrededores.
  Cometían estos hurtos con todas las cautelas y siempre eran coronados con el mayor de los éxitos, gracias a la circunstancia de que, en esos tiempos, la policía no se dejaba ver mucho por esos cantos. João Romão observaba durante el día las obras en las que quedaba material para el día siguiente, y por la noche aparecía allí puntualmente, para trasladar al medio de la calle tablas, ladrillos, tejas, sacos de cal, con tamaña habilidad que no se oía ni un atisbo de rumor. Después, uno de ellos cogía la carga y partía hacia la casa, mientras que el otro permanecía de vigía junto al resto, listo para dar la alarma en caso de peligro, y cuando el que se había ido volvía, entonces, el compañero proseguía cargado a su vez.
  No se les escapaba nada, ni las escaleras de los albañiles, ni los caballetes de madera, así como los bancos y las herramientas de los carpinteros.
   Y la verdad es que aquellas tres pequeñas casas, tan ingeniosamente construidas, fueron el punto de partida del conventillo de São Romão.
   Hoy, cuatro brazas de tierra, mañana, seis, después, otras más, el comerciante iba conquistando todo el terreno que se extendía al fondo de su almacén, y a medida que lo conquistaba, se reproducían los cuartos y el número de vecinos.
   Siempre en mangas de camisa, sin domingos ni festivos, no perdiendo la ocasión de adueñarse de lo ajeno, dejando de pagar todas las veces que podía y no dejando nunca de percibir, engañando a los parroquianos, robando en el peso y la medida, comprando por diez reis de miel filtrada lo que los esclavos hurtaban en la casa de sus señores, apretándose cada vez más en sus propios gastos, apilando privación sobre privación, trabajando junto con la amiga como una yunta de bueyes, João Romão, finalmente, llegó a comprar una buena parte de la hermosa cantera que él, todos los días al caer de la tarde, mientras se sentaba un instante a las puertas del mercado, contemplaba de lejos con una resignada mirada de codicia. 
  Puso allí a seis hombres a partir piedra y a otros seis a hacer baldosas y adoquines, y entonces comenzó a ganar a mansalva, tan a mansalva que, en año y medio, remató todo el espacio comprendido entre sus casas y la cantera, es decir, unas ochenta brazas de fondo por veinte de anchura, completamente planas y magníficas para construir en ellas.
  Justo en esa ocasión, también se vendió una casona que estaba a la derecha del colmado, separada de él apenas por esas veinte brazas; de modo que todo el flanco izquierdo del edificio, cosa de unos veintitantos metros, mostraba para el terreno del colmadero sus nueve ventanas abalconadas. Lo compró un tal Miranda, comerciante portugués, establecido en la Calle del Hospicio con un negocio de tejidos al por mayor. Acabada la limpieza general del caserón, se mudaría a él con la familia, pues la mujer, Doña Estela, señora presuntuosa y con aires de nobleza, ya no podía soportar la residencia del centro de la ciudad, además de que su hija, Zulmirinha, crecía muy pálida y necesitaba de espacio para robustecerse y coger cuerpo.
  Eso fue lo que le dijo Miranda a los colegas, sin embargo la verdadera causa de la mudanza residía en la necesidad, que él mismo la reconocía como urgente, de alejar a Doña Estela del alcance de sus cajeros. Doña Estela era un caso perdido: estaba casada hacía trece años y durante todo ese tiempo le dio al marido toda clase de disgustos. Ya antes de terminar el segundo año de matrimonio, Miranda la pilló en flagrante delito de adulterio; se puso furioso y su primer impulso fue el de mandarla al infierno junto con su cómplice; pero su firma comercial tenía como garante la dote aportada por ella, unos ochenta contos en edificios y títulos de deuda pública, de los que el desgraciado se valía tanto como le permitía el régimen dotal. Aparte de que, una brusca ruptura sería motivo de escándalo y, según su opinión, cualquier escándalo doméstico le venía muy mal a un comerciante de cierto orden. Apreciaba, por encima de todo, su posición social y temblaba solo de pensar en verse pobre de nuevo, después de haberse habituado a tantos privilegios y acostumbrado a la dignidad de portugués rico que ya no tiene patria en Europa.
  Acobardado ante estos raciocinios, se contentó con una simple separación de os lechos, y los dos comenzaron a dormir en cuartos separados. No comían juntos, y mal intercambiaban entre sí alguna que otra incómoda palabra, cuando alguna inesperada casualidad los reunía a su disgusto.
  Se odiaban. Cada uno sentía por el otro un profundo desprecio, que poco a poco se fue transformando en una completa repugnancia. El nacimiento de Zulmira vino a agravar todavía más la situación; la pobre niña, en vez de servir de unión entre los dos infelices, fue más un nuevo motivo de separación que se estableció entre ellos. Estela la amaba menos de lo que le pedía el instinto materno por suponerla hija del marido, y este la detestaba porque tenía la convicción de no ser su padre.
  Sin embargo, una buena noche, Miranda que era hombre de sangre caliente y andaba en esa época alrededor de los treinta y cinco años, se sintió en un insoportable estado de lubricidad. Ya era tarde y no había en casa ninguna criada de la que se pudiese valer. Se acordó de la mujer, aunque rechazó al instante la idea con una escrupulosa repugnancia. Continuaba odiándola. No obstante, era como si esa misma obligación de no servirse de ella en la que se había colocado, la responsabilidad de despreciarla, exacerbara todavía más su deseo de carne, haciendo de su esposa infiel, un fruto prohibido. Al final, cosa singular, puesto que nada disminuía su repugnancia por la perjura, fue a resolverlo a su cuarto.
  La mujer dormía a pierna suelta. Miranda entró de puntillas y se aproximó a la cama. ¡Debería volver!... —pensó—. ¡Eso no le convenía!... —Pero le palpitaba la sangre, reclamándola. Todavía dudó un instante, inmóvil, contemplándola en su deseo.— Estela, como si la mirada de su marido le estuviese palpando el cuerpo, se giró a la izquierda sobre su cadera, apartando las sábanas para atrás con los muslos y mostrando un resquicio de desnudez aterciopelada y blanca. Miranda no pudo resistirse, se lanzó sobre ella, que, con un pequeño sobresalto más de sorpresa que de protesta, se apartó, girándose enseguida y poniéndose de frente al marido. Y dejó agarrarse por los riñones, con los ojos cerrados, fingiendo que continuaba durmiendo, sin la menor consciencia de todo aquello.
  ¡Ah!, ella daba por seguro que su esposo, ya que no tuvo el coraje de irse de casa, habría, más tarde o temprano, de buscarla de nuevo. Conocía su temperamento, fuerte para desear y débil para resistirse al deseo.
  Consumado el delito, el honrado negociante se sintió invadido por la vergüenza y el arrepentimiento. No tuvo ánimos para decir una palabra y se retiró triste y mustio para su dormitorio de separado.
  ¡Oh! Cómo le dolía ahora lo que acababa de practicar en la ceguera de la sensualidad.
  ¡Qué disparate!... —decía agitado.— ¡Qué formidable disparate!
  Al día siguiente, los dos se vieron y evitaron en silencio, como si en la víspera, no hubiera sucedido nada de extraordinario entre ellos. Podría decirse hasta que, después de aquel suceso, Miranda sentía crecer el odio contra su esposa. Y ese mismo día por la noche, cuando se encontró solo en su estrecha cama, juró mil veces por su honor que nunca más, nunca más, practicaría semejante locura.
  Pero, en el plazo de un mes, el pobre hombre, acometido por un nuevo acceso de lujuria, volvió al cuarto de la mujer.
  Estela lo recibió esta vez como la primera, fingiendo que no se despertaba; sin
embargo, en el momento en el que él se apoderaba de ella febrilmente, la insensata,
sin poder contenerse, le soltó de lleno en el rostro una carcajada que reprimía a
duras penas. El pobre diablo perdió el norte, escandalizado de veras, irguiéndose
bruscamente con un aturdimiento de sonámbulo despertado con violencia.
  La mujer se dio cuenta de la situación y no le dio tiempo a que huyera; le pasó
rápido las piernas por encima y pegándose a su cuerpo, lo cegó con una profusión
de besos.
  No se hablaron.
  Miranda nunca la había poseído, ni nunca la había visto, tan violenta en el
placer. Le pareció una extraña. Se figuró estar en los brazos de una amante apasionada. Descubrió en ella el embriagante encanto con el que nos emborrachan
las cortesanas entrenadas en la ciencia del gozo venéreo. Descubrió en el olor de
su piel y de sus cabellos, perfumes que nunca había sentido en ella; le notó otro
hálito, otro sonido en los gemidos y en los suspiros. Y la gozó, la gozó locamente,
con delirio, con verdadera satisfacción de animal en celo.
  Y ella también, ella también gozó, estimulada por aquella circunstancia picante
del resentimiento que los separaba; gozó la falta de honestidad de aquel acto
que los acanallaba a ambos a los ojos del otro; toda ella se retorció, apretando los
dientes, gruñendo debajo de ese su odiado enemigo, encontrándolo también ahora,
como hombre, mejor que nunca, sofocándolo en sus brazos desnudos, metiéndole
en la boca la lengua húmeda y en brasas, Después, en un arranque de todo su cuerpo,
con un espasmo gutural y estrangulado, arqueada y convulsa, se dejó caer en un
abandono de piernas y brazos abiertos, la cabeza para un lado, los ojos moribundos
y llorosos, toda ella agonizante, como si la hubiesen crucificado en la cama.
  A partir de esa noche, en la que Miranda solo abandonó el cuarto de su mujer
por la mañana, se estableció entre ellos el hábito de una felicidad sexual, tan completa
como todavía no la habían disfrutado, a pesar de que en lo íntimo de cada
uno, persistía por el otro, para nada debilitada, la misma repugnancia moral.





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