ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 01



Flores Azules


Author | Autor: Carola Saavedra


Traducido por Julia Tomasini Maciel

Querido mío,
Dicen que la separación nunca es un núcleo, una urgencia. Dicen que
ella comienza por su contrario. Y que es justamente en el momento
más tierno, el primer encuentro, la primera mirada, en que la separación
comienza a existir. Yo prefiero creer que la separación nunca termina, y que el
último día, la última noche, es un instante que se repite, a cada espera, a cada vuelta,
cada vez que siento tu ausencia, cada vez que pronuncio tu nombre. Yo creo
que, al llamarte, una estrategia, un encanto, yo soy capaz de hacer que te vuelvas
y me mires y, sin darnos cuenta, se extienda entre nosotros un atajo, un puente.
  Pero ¿qué nombre le damos a alguien que se fue? ¿A alguien que está lejos,
que no está? La distancia debería inmediatamente imponer un tono más solemne,
o menos íntimo, al fin y al cabo, hay una distancia. Pero cómo tratamos con distanciamiento
a alguien que recién estaba cerca, a mi lado, hace poco acostado a
mi lado, en mi cama, donde todos los días, todas las noches, algo tan íntimo como
compartir la cama y las sábanas de la cama cuando el día amanece y las sábanas
se quedan allí, abiertas, de par en par, con sus manchas y su noche impregnada.
¿Cómo alguien sale de nuestra cama a la formalidad?
  Imagino que en este instante tú estás ahí, en tu casa, tu sofá, tu sillón preferido,
o entonces una silla, puesta así, displicentemente, junto a la mesa de la cocina
o del comedor. Tú ahí sentado, un vaso de agua, una taza de café, ¿como ahora?
Esta carta en las manos y la duda, tú preguntándote, tal vez irritado, por qué esto
ahora, al final ya no terminó , tú ya no te fuiste , para qué continuar así, para qué
continuar yéndose, indefinidamente, tú podrías preguntarte. Yo te respondo que
no sé, tal vez la necesidad de recuperar algo, algo irrecuperable, ¿qué otra razón
podría haber? El intento de impedir que te levantes, vayas a cerrar la ventana, o a
arreglar el interruptor, o incluso a atender el teléfono, el teléfono sonando, un viento,
alguien saludando desde la otra ventana, el sonido insistente del teléfono, pero
tú ahí, ajeno, mudo, esta carta en las manos, esas manos tuyas que temo y quiero
tanto, y que me gustarían ahora dóciles, afables, solo la suavidad o la aspereza de
estas páginas y el ondular de fibras imperceptibles que nacen y vuelven a deshacerse,
el movimiento incesante. Pero tal vez las cosas sean irrecuperables.
  Tal vez todo sea irrecuperable, todo, no sólo el pasado, lo que se pierde en
la memoria, sino el presente, el ahora que parece tan vivo, tan exacto. Y, aunque
quiera, aunque me esfuerce, hasta tú, hasta yo. Triste, ¿no? Trato de imaginar la
expresión de tu rostro, el rostro tuyo, tu boca, tu mirada en este momento, ahora, ahora, este
momento que no es nada más que un espacio, un intenso vacío que
nos separa, la distancia entre mis manos y las tuyas, entre mis dedos, que pasean
por las teclas de esta máquina, y los tuyos, que acarician la textura del papel. Tú
sentado en un sillón o en una silla o en un sofá, el apartamento que yo conozco tan
bien, las letras, las palabras que elijo, el encadenamiento de las palabras, el encadenamiento
que es siempre otro, calcado por el tiempo, por este constante envejecer.
¿Cómo superar esta distancia que nos separa? Este intervalo entre lo que digo y lo
que tú lees, este momento que nunca llega, que nunca es.
  Pienso en tu rostro, ahora, o cuando frecuentemente te hacía una pregunta,
a veces cualquier tontería, la lluvia, el día, la calle, tu rostro tenso, aprensivo, la inutilidad
de estar siempre preguntando algo, sin darme cuenta de que preguntaba
sin esperar respuesta, que preguntaba por preguntar, por la simple necesidad de
confirmar que tú estabas allí conmigo, mi mano buscando la tuya, alguna caricia,
algún mimo. Allí, conmigo. Como esos niños que deambulan por la casa buscando
a la madre, la madre que desapareció, así, sin avisar, porque nunca hay cómo avisar,
la madre que fue hasta la cocina, hasta el cuarto, o incluso hasta el balcón, a
ver cómo está el tiempo o saludar a alguien, la madre que de repente, sin que ella
lo sepa, pasa a ser alguien que no está, alguien que desapareció. Entonces sólo
queda ese mundo del niño, y la ausencia, y alguien buscando algo en lo oscuro, alguna
caricia, cada momento tratando de certificar, el niño, que solamente conoce
lo que es capaz de percibir. Sí, yo soy así, solo existe lo que soy capaz de percibir. Y,
aunque tú lo ocultaras, aunque intentaras esconderlo, era como si tú no estuvieras
allí, como si tú te encontraras siempre en otro cuarto, en la cocina, en el balcón,
saludando a alguien que pasa y que no sé quién es.
  Por eso mi insistencia, esta carta. Tú, aunque sólo algunos instantes, aunque
una sombra, un movimiento cualquiera, y yo que doy vueltas asustada, mirando
alrededor, imaginando tu presencia así, inesperada, inexplicable. Porque hay algo
que te quiero decir, algo que quedó por la mitad, la casa vacía o una frase incompleta
o alguna reticencia, como si las reticencias pudieran significar algo, o tal vez
porque las reticencias significan lo que queramos. Porque hay algo que quedó por
la mitad. Algo que viene después. Porque hay cosas que tardan en comenzar a
existir. Y que es necesario repetir, una y otra vez. La separación.
  Hace algunos días que no salgo de casa, ya te lo dije, no, ¿no te lo dije? Hasta
podría ser dramática, decirte que hace algunos días que no salgo de casa, que no
como, no me baño, no me peino, ¿recuerdas? mi cabello, que a ti te gustaba suelto,
¿recuerdas?, que tú solías elogiar, decir que parecía una cortina oscura, oscura
como un pájaro, oscura como la noche, ¿es que tú dijiste algo así? No, tú nunca
dirías eso. Pero no, yo no voy a decir que estoy sufriendo, ¿para qué? Mejor te
hablo de otras cosas. Hace algunos días que no salgo de casa, no me baño, no me
peino. Hace días. ¿Estaré olvidando algo importante? Quizás, siempre tuve la sospecha
de que tendemos a olvidar lo más importante, tal vez porque es una meta
en constante transformación, lo más importante es siempre otra cosa, algo que se
nos escapa. Como el espacio del que te hablé, ese entre lo que yo escribo y tú lees.
Algo que molesta, sin que tome cuerpo nunca. Qué grandes peligros eso podría
traer, tomar cuerpo, la transformación en una estructura que diga y que se quede
y que sea, un testimonio, una señal. Al tomar cuerpo, las palabras encadenadas y
las fibras imperceptibles del papel, ¿qué peligro podría haber? Y, si no hay peligro,
podría fácilmente hablarte de ayer, o contarte, por ejemplo, un secreto, o un deseo
muy íntimo, o algo que me revelara. Decirte, por ejemplo, ayer. Ayer pensé en ti, y
en tu boca en mi boca y en tus manos en mi cabello y en tu cuerpo junto al mío.
¿Recuerdas? Nuestra geografía imaginaria. Tu cuerpo junto al mío y todo lo que él
podía hacer en mí. La caída constante. El roce de tu piel, de las suavidades, de las
asperezas de tu piel. Mi respiración inquieta, que es la misma que ahora, en este
momento en que te escribo y recuerdo, ¿recuerdas? Tu mano en los ángulos más
distantes, en los rincones más sutiles, ¿recuerdas? Mi cuerpo en caída, como ahora,
porque era tuyo, tu mano que me recorría, tus dedos, habría algo así, tu mano
me asustaba, y recorría la piel interna de mis muslos y me envolvía el vientre y la
cintura, tu voz que me besaba la nuca, tu voz detrás de mí, y yo que me perdía y
me reencontraba, en ti, como ahora, como si todo en mí fuera agua, fuera cielo. Tu
nombre junto al mío, mi nombre, tu querer, y yo que me agitaba y me deshacía, y
que decía sí, que yo era tuya, tu mujer, lo que tú quisieras tuyo.
  Pero quizá tú no recuerdes, y sólo haya restado un gesto imperfecto, una
duda. Quizá no quieras toda esta revelación, toda esta intimidad. Este exceso de
palabras. Quizás. Entonces me alejo y comienzo nuevamente: ayer. Ayer fui hasta
el videoclub, en la esquina aquí de casa. O, mejor, yo podría decir: un día fuimos
juntos al videoclub, justo aquí en la esquina de casa, mi casa, mi cama y las sábanas
abiertas, ¿recuerdas? Y finalmente, tomando cuerpo: ¿recuerdas el último día?
Muy de mañana, cuando fuimos juntos al videoclub, tu mano que rechazaba la mía,
¿recuerdas lo que me dijiste cuando entramos? Tal vez no recuerdes, tú allí, ahora
del otro lado, tu sillón, tu taza de café, tal vez no recuerdes, pero ahora no importa.
  Y, como soy yo la que escribe, soy yo la que elige y te digo cómo fue, y fue así:
era verano, hacía calor afuera, caminábamos uno al lado del otro, conversábamos
sobre la cena de la noche anterior, algo que había sucedido y que te molestaba,
¿no?, nuestras voces apagadas por el ruido de los autos, las personas y sus diarios
y panes y leches recién comprados. Algo te molestaba. Era sábado, y entramos en
el videoclub, el que atendía detrás del mostrador, apenas dándose cuenta de nuestra
llegada, nosotros que llegábamos, aliviados con el repentino silencio y el aire
refrigerado. Tú te alejaste, y yo me quedé allí, pasé los ojos por los estantes buscando
una película que hacía tiempo te quería enseñar, una película muy especial,
yo agregué con aire de misterio, y tú ni siquiera pusiste mucha atención, seguiste
caminando, diciendo cualquier cosa sobre la noche anterior, sobre la cena, ¿algo
que te molestaba? Entonces, pasando los ojos por los estantes, yo quería que tú
vieras la película, repetí, y te mostré la caja, y comenté, sin darle mucha importancia,
que el personaje era muy parecido a ti, y hasta el actor también, ¿no crees?
Tú te detuviste un instante, de repente serio, no dijiste nada, la caja de la película
en las manos. En silencio. Después preguntaste, ¿parecido cómo?, preguntaste, y yo, 
sin prestar mucha atención, todavía con los ojos presos en los estantes, tú la
expresión consternada, algo que yo no entendía. ¿Parecido cómo? La película en
tus manos. Tu mirada no sólo distante, como era tu mirada algunas veces, sino tu
mirada que se cerraba y guardaba en sí un relampagueo, el descubrimiento de un
secreto, no sé, respondí, y recuerdo que tú dijiste, todavía intentando contener
esa rabia, esa agresividad, ¿de dónde venía? ¿Parecido cómo?, insististe, y yo, casi
sin pensar, para decir algo, como se parecen las personas que ya viste un día, en
algún lugar y te quedas pensando que sí, que las conoces de algún lugar, sin descubrir
nunca de dónde. Un déjà-vu, agregué, tú observando la tapa de la película
con cuidado, la foto del actor, un hombre moreno de rostro bello aunque rudo, en
contraste con una mujer rubia, extremadamente frágil, acostada sobre la cama. Tú
seguiste insistiendo ¿qué es lo que quieres sugerir con esto?, seguías insistiendo, el
tono agresivo. Y yo que no quería sugerir nada, porque eso no significaba nada, yo
que había dicho eso por decir, ¿por qué todo debería significar algo?, te pregunté.
Tú dijiste que conocías bien la película, y que no, que ustedes no se parecían en
nada, tú y el personaje, mucho menos el actor, su rostro bello aunque rudo. Yo
sonreí sin gracia, y fui volviendo la cara lentamente hacia otra dirección, mi imperceptible
fuga. Como tantas otras veces, ahora pienso, desde el comienzo, nuestro
comienzo, ese odio, esa rabia, ¿por qué?
  Tú, enojado, ¿hostil?, fuiste empujándome por el brazo hacia afuera del videoclub.
Yo sentí mi respiración inquieta, desenfrenada. Tú empujándome hacia
afuera. Yo quise insistir, volver, decir que eso no significaba nada, que yo lo había
dicho por decir, y tal vez con rabia, también yo, hacer lo que me diera la gana, la
película que me diera la gana, ¿oíste?, pero tú apretaste mi brazo con una fuerza
inesperada, la sensación de que la sangre había dejado de circular y que el brazo
era solamente una extensión, un apéndice. Tú, como si me odiaras, como si de
repente me odiaras y quisieras lastimarme, sí, eso, como si quisieras lastimarme
mucho, profundamente. Y así, los dedos enterrados en mi brazo, dijiste algo que no
entendí, hablaste mirando a la nada, y recuerdo sólo el final de la frase, ahora no,
¿oíste? ¿Oíste? Me dijiste, gritando hacia adentro, y yo sentí entonces mi cuerpo
rendirse y temblar por entero, dócil, frágil, curvándose bajo el peso de tu mano, mi
cuerpo por entero, la presión de tus dedos, y tú diciendo, los labios casi cerrados,
ahora no, ¿oíste?
  Después, en la calle, los dos caminando rápido, tú me tironeabas como si
quisieras hacerme caer, yo te acompañaba, llevada por una fuerza incomprensible
que me arrastraba, esta fuerza incomprensible que era tu voluntad, que eras tú. Un
descuido que yo no entendía, ¿cómo podría haberte dicho algo así? ¿Cómo podría
haberte revelado algo? ¿Y habría realmente algo que revelar? Yo sintiendo que en
cualquier momento podría desistir, y comenzar a gritar, ahí, en el medio de la calle,
llorando inconsolablemente por algo que no sabía muy bien qué era pero que,
yo sabía, no había más cómo recuperar. Pero no, no fue así, es gracioso, nunca es
así, no lloré, ni grité, ni dije nada, tú continuaste, tus dedos en mi brazo, los pasos
rápidos y resolutos, yo continué, cada vez más dócil a tu lado, los pasos rápidos y
resolutos. Una revelación. Nuestro último día. ¿Recuerdas?
  Yo lo recuerdo, y lo estoy recordando nuevamente ahora. A pesar de la espera,
del tiempo, del intervalo que nos separa. Hay siempre una palabra que nos
une. Ahora, mis dedos sobre las teclas. Ahora, tu lectura sobre el sofá, o la silla o el
sillón, el lado que desconozco. Esta palabra que nos une.
A.


1.


Al terminar de leer la carta, la guardó nuevamente en el sobre y la dejó encima
de la mesa, permaneció un tiempo en silencio, sintiéndose extraño, molesto.
Miró a la niña que dibujaba recostada sobre la alfombra del living, afuera la lluvia
no paraba. Decidió olvidarse de la carta y de toda aquella historia. Pensó entonces
en cómo distraer a una niña en un día de lluvia, pensó que pediría una pizza, pensó
que todavía era temprano para almorzar. Pensó en llamar a su ex mujer y sugerir
un almuerzo en familia. Pero no, no haría eso. Ella lo malentendería, y él estaba
muy bien como estaba. Pensó en llamar a Fabiane, que atendería con entusiasmo
un llamado suyo. Pero no, la presencia de la niña llevaría cualquier encuentro a
parecer una invitación, una posibilidad familiar. Volvió a pensar en la carta, todavía
un poco confundido, la verdad es que había terminado de leer la carta destinada
a otra persona, había acabado de tener acceso a la intimidad de otra persona, se
sentía molesto y al mismo tiempo atraído, la correspondencia que no le pertenecía.
Idea que jamás le había pasado por la cabeza, abrir correspondencia que no
fuera suya, y ahora esa indiscreción, curiosidad, algún detalle que le había parecido
interesante, tal vez el sobre azul, las letras en tinta negra, escritas con pluma. Lo
reconoció inmediatamente, recordando una que tenía en la infancia, regalo de su
abuelo, le pareció curioso que alguien todavía escribiera con pluma, que alguien
escribiera cartas. En el lugar del remitente sólo la letra A. Ninguna dirección, nada.
Antes de abrirla, ya imaginó que A debía ser una mujer, tal vez por la letra bonita,
redonda, tal vez por la propia carta, en el momento se justificó asegurándose a sí
mismo que no habría cómo devolverla, ¿devolvérsela a quién?, y la abrió para ver
si había alguna pista, algún nombre, dirección, pensó, como justificándose. Siguió
pensando en la carta durante algunos instantes, hasta que la niña lo llamó:
  – ¿Papá?
  –¿Qué, Manuela?
  –Papá, ¡mira!
  Ella se acercó con una hoja de papel.
  –Papá, mira lo que dibujé.
  Tomó el dibujo, lo observó con cuidado, una forma circular y algunos garabatos
indefinidos que la atravesaban, sostenía un poco indeciso el papel, tal vez haya hecho 
una expresión de duda, la niña apuntó con el dedo, insistiendo:
  – Papá, mira.
  – Qué bonito, hija, ¿soy yo?
  –No, es Felipe.
  –Ah, Felipe, muy bien, realmente muy bonito.
  Llegó a sentir una pizca de celos, claro, Felipe, hasta el gato era más importante
que el propio padre, fue lo que le vino a la cabeza. En seguida se sintió ridículo,
por compararse con el gato. La niña se acercó y le extendió la mano.
  –Dámelo.
  – ¿Qué quieres? ¿El dibujo?
  – Sí.
  Él le devolvió la hoja. Se quedó pensando en Felipe, el gato que le habían regalado
a la hija luego de la separación, un gato negro de ojos saltones. La ex mujer,
para compensar cualquier trauma y hasta para distraerla, le buscó un animal, un
gato con nombre de persona. El nombre había sido ella misma, la niña, quien lo
había elegido, de dónde había sacado eso, Felipe, nunca lo entendería, cosa de
niños, le había explicado la ex mujer con su sonrisa irónica. Muy bien. Felipe. Nadie
le había avisado, nadie le había pedido su opinión. La ex mujer le hacía sentirse un
extraño. Miró a la hija, pelirroja, muy blanca, cabello enrulado, tres años, casi no lo
creía cuando pensaba en eso, era un padre de una niña de tres años, cómo pudo
suceder, a veces se preguntaba, incrédulo. Ser padre era como levantarse un día
en otro planeta, así, sin aviso, preparación, nada. Un día uno se despierta normalmente,
y listo, se es padre con todas las exigencias de ser padre. La verdad es que
nunca se acostumbraría. Y ahora la niña allí, a su lado los fines de semana. Había
intentado explicar que no tenía tiempo, que el trabajo, pero la ex mujer enseguida
reprochó, no olvides que esta hija es tuya también. No, él no lo olvidaba. Y ahora
allí, en poco tiempo la niña se cansaría de dibujar, afuera la lluvia, en días de sol al
menos estaba la playa, tenía que pensar en algo para comer, una pizza.
  – Manuela, ¿qué te parece si salimos a comer una pizza?





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