ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 03



Tecelina


Author | Autor: Gláucia de Souza


Traducido por Leila Mathias Costa | Ilustrado por Cristina Biazetto



Siempre me ha gustado contar cuentos porque el cuento es como un
hilo: nosotros tejemos y todo lo que nosotros intentamos se transforma
en cosa nueva.
Por ello he decidido contar esta historia.
Y he decidido contar la historia de Tecelina, primero porque su nombre era
raro. Segundo porque ella...
¡Ah! Vamos a verlo todo desde el principio.
La historia de Tecelina comienza bien en el principio. Pero, ¡toda historia
comienza del principio, aunque el principio sea el fin! Es que la historia de Tecelina
comenzó en el principio del principio, con la madre de Tecelina; en principio del
principio del principio, con la abuela de Tecelina; en el principio del principio del
principio del principio...
Esta historia comenzó con la abuela de la abuela de la abuela... allá en el inicio
de la familia de Tecelina, porque, en aquella familia, las cosas se repetían de abuelo
a nieto, de padre a hijo, generación y generación.
La abuela de la abuela de la abuela de Tecelina vivía en una ciudad fría-fría, de
las que de día hace mucho calor, pero, de noche, el frío es demasiado.
Doña Gertrudes, que era el nombre de la abuela de la abuela de la abuela,
tenía mucho frío toda la noche y era un BRRRRRRR tremendo. Les castañeaban
los dientes, se temblaba toda, no aguantaba tanto frío.
Hasta que, un día, ella tuvo una idea: comenzó a tejer abrigos. Por la mañana
trabajaba: sembraba la tierra, hacía la comida y, cuando era hora, cosechaba el
algodón, pelaba las ovejas... porque allá en su ciudad aún había oveja en el patio.
Por la noche, Doña Gertrudes también trabajaba: tejía prendas de lana para
el invierno, prendas de hilo para el verano. Tejía chaqueta, pantalón, gorra, manta...
Trabajaba de día y de noche. Y así hizo ropa para ella y para el marido. Hasta
que nació la hija de Doña Gertrudes.
La hija de Doña Gertrudes era como Doña Gertrudes. Entonces, su marido
dijo “tiene cara de Gertrudes”. Ahora vivían en la casa Doña Gertrudes, el marido y
Gertrudita, a quien - para evitar confusión - la llamaban solamente Tudita.
Después que Tudita nació, necesitó también más ropa para el frío. Por ello,
mientras ella se quedaba con el padre, la madre tejía, tejía, tejía...
Tudita creció y se convirtió en Tudota, pero toda la gente siguió llamándola
Tudita, porque ella era, de verdad, muy delgada.
Doña Gertrudes se iba poniendo vieja mientras tejía, hasta que Tudita se
casó. Antes de que ella se casara, Doña Gertrudes tejió prendas de vestir, toalla,
alfombra, todo para Tudita. La joven ya había aprendido a tejer. Quería hacer ella
misma el ajuar, pero Doña Getrudes dijo:
-Lo que ha sido tejido es presente!
Tudita lo aceptó e incluso ¡se quedó muy contenta con tantas cosas!
Un día, nació la hija de Tudita, y el marido de Doña Gertrudes dijo:
-¡Tiene la misma cara de Gertrudes!
Y el marido de Tudita dijo:
-¡Tiene la misma cara de Tudita!
Y así la familia de Tudita quiso ponerle el nombre de Gertrudes a la niña también.
Y para evitar la confusión ya que entonces eran tres Gertrudes, a la niña la
llamaban Dita.
La madre y la abuela de la niña, antes de que ella naciera, pasaron tanto
tiempo tejiendo que el inverno, para ella, fue bien calentito.
Dita creció y se casó. Y entonces fue Tudita quien le hizo el ajuar a la hija:
--¡Pero, madre! dijo Dita.
-Lo que ha sido tejido es presente! respondió Tudinha.
Muchas Gertrudes nacieron en aquella familia. Todas con el nombre igual,
pero con sobrenombres diferentes: una era Tudita, otra Tatá, otra Didí...
Todas tejiendo y creciendo.
Hasta que nació Tude.
Tude era diferente. Pasó el tiempo, ella aprendió a tejer, pero el tejido de Tude
era un desastre! Al menos era lo que decían...
Si Tude tejía un vestido, salía igual a una alfombra; si Tude tejía una alfombra,
salía una gorra. Por ello, cuando ella estaba tejiendo y alguien le preguntaba “¿qué
es esto?”, ella pronto respondía:
-Es una alfombra que se vuelve bolso, que se vuelve manta...
-¡Vaya, Tude, se parece a un cocodrilo!
Tude no se detenía. Intentaba y tejía, aunque no supiera lo que iría a salir.





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