ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 03



Memorias de Eugênia


Author | Autor: Marcos Bagno


Traducido por Girassol Sant’Ana

Me daba mucho miedo que llegara este día. Pero ha llegado. Yo sabía
que un día u otro eso iba a pasar. Pero lo malo siempre parece llegar
demasiado pronto. Hoy por la mañana mi dulce y querido amigo ha
aparecido. Ha venido caminando muy despacito en mi dirección.
Me ha abrazado con fuerza. He sentido que sus manos estaban trémulas. Se ha
quedado allí parado algunos instantes. He podido sentir su corazón latiendo como
un tambor en el pecho. También he podido oír claramente cuando él me ha dicho,
con dificultad, tardando en pronunciar cada palabra:
- Doña Eugenia… usted… va a... va a… ser… va a ser… derribada…
Después, me he dado cuenta que él lloraba, por la ligera humedad que he
sentido en aquel punto. Pero no se ha quedado allí por mucho tiempo. Sólo lo
bastante para quitarme la fotografía que tenía colgada. Ha salido a toda prisa, casi
corriendo, y ha desaparecido por detrás de las fincas viejas al otro lado de la plaza.
Yo sé que él lucha desde hace tiempo por mí. Pero está sólo, o casi sólo,
contra mucha pero que mucha gente. ¿Cómo es posible? ¿Cómo no se dan cuenta
de lo que están haciendo? ¿O de lo que ya han hecho? Soy tan antigua como
esta ciudad. Es más, soy más antigua incluso, porque cuando me pusieron aquí, la
ciudad todavía no existía. Lo recuerdo perfectamente. Eso ya hace mucho más de
ciento cincuenta años…

Margarida, la trastatarabuela de mi querido amigo, era muy joven, poco más que
una niña. Fue ella quien me trajo en su regazo durante todo el viaje. Además
de traerme a mí, traía también a Violeta, pero dentro de su vientre, que empezaba
a crecer. Violeta aún estaba por nacer y ni siquiera tenía nombre. Yo estaba muy
pegadita al vientre de Margarida: mis hojas, muy pocas y minúsculas, rozaban el
vestido morado, y era con ellas que yo sentía el traqueteo de la carretera y también
la vida que latía dentro de Margarida. Toda mujer es como la tierra: recibe la semilla
y va dejando que ella brote en su interior.
Yo era sólo un pequeño plantón. Y realmente no sabía hablar. Es decir, hablar
hasta hoy no sé, pero entiendo con mucha clareza la lengua de las personas.
Incluso cuando ellas no dicen nada. Lo más gracioso es que, innumerables veces,
las personas hablan pero no se comunican. Ya he presenciado este hecho curioso.
Incluso después de tanto tiempo, aún no me he acostumbrado a ello.
Todos los otros seres vivos que conozco se comunican perfectamente. Yo
nunca he sabido de un benteveo que no entendiera con toda clareza el aviso de otro
benteveo. Los árboles, entonces, se comprenden tan bien que no hace falta emitir
ningún sonido, ningún ruido. Intercambiamos mensajes durante todo el tiempo por
el aire, lanzando nuestros perfumes al viento. Sabemos qué hacer cuando llega
la época de recibir el polen de nuestros compañeros: cambiamos favores con las
abejas, las mariposas, las mariquitas, los picaflores y muchos otros pájaros. A todos
ellos damos todo nuestro néctar más dulce, y agradecidos, transportan nuestro
polen lejos, donde otros árboles lo están esperando, con la paciencia que sólo
nosotros tenemos. Aunque, en realidad, nuestros ayudantes más preciosos son los
murciélagos. ¿Qué sería del mundo sin ellos? Difícil saberlo. Todas las noches, por
todos los rincones del mundo, millones y millones de murciélagos salen volando
por la oscuridad, esparciendo las semillas de toda clase de árboles que se pueda
imaginar. Por ello, tenemos tanto gusto en abrigar tantos de ellos en nuestras
ramas cuando vienen a descansar, al romper el alba.
También intercambiamos mensajes por debajo de la tierra. De esta manera,
todos los árboles del mundo forman una única y gran red. Y es gracias a ello
que sabemos de todo, de absolutamente todo lo que pasa en cada rincón del
planeta. Las personas, hoy día, creen que es una gran revolución, una absoluta
novedad estar conectadas en red las unas a las otras. ¡Qué ingenuidad! Nosotros,
los árboles, desde hace millones de años que lo hacemos… Y, vuelvo a decir, nos
entendemos muy bien. Pero las personas…
Quizás porque no tengan raíces que traduzcan el lenguaje del suelo, ni
hojas para transformar la luz del sol en alimento e inteligencia, las personas
constantemente hablan, sin parar, pero casi nunca se hacen entender. En realidad,
creo que es porque son unas criaturas que están en el mundo desde hace muy poco.
Cuando aparecieron por aquí, la mayoría de las plantas ya había explotado todos
los rincones y recovecos de la tierra, ya había ocupado los valles, las montañas, los
desiertos, los pantanos, las planicies, las orillas de los ríos, las playas e incluso los
mares sin fin. Es por ello que sabemos tanto e intentamos enseñar lo que sabemos
a las otras criaturas, bastante más jóvenes que nosotras.
Yo recuerdo el día que nací. Al principio, era todo muy oscuro. Era agradable,
suave, húmedo y fresquito. Yo sentía que estaba creciendo. Y fui creciendo,
creciendo, creciendo hasta que… recibí de lleno mi primer rayo de sol. Sólo un
vegetal sabe lo que es la luz, de qué está hecha y el amor profundo e indescriptible
que ella transmite. La luz lo es todo. Y todo lo que existe depende de ella. Y
nosotros más todavía, porque es nuestro principal alimento.
Yo nací en un lugar muy distante de aquí. Un lugar muy verde, con muchos
árboles y un césped sin fin. En el jardín de la casa de Margarida. Y fue Margarida
quien me plantó. Y también quien me cultivó. Cuando se dio cuenta que yo había
brotado, ella empezó a gritar:
- ¡Madre! ¡Madre! ¡Ven a ver! ¡Ven a ver el yambo que planté!
Su madre vino corriendo:
- ¿Qué griterío es este, niña?
Margarida estaba arrodillada sobre mí. Apuntaba para mi tallito fino y verde.
- ¡Madre! ¡Yo planté un hueso de pomarrosa y germinó! ¡Míralo!
La madre también se arrodilló.
- ¿Estás segura, cariño? ¿Cómo lo sabes?
- ¿Usted recuerda cuando llegó papá del último viaje que hizo?
- Sí, claro que lo recuerdo.
- Pues bien, él trajo un cesto con pomarrosas y me lo dio. Yo nunca había visto
aquella fruta antes. La comí y me gustó. Me gustó tanto que me guardé el hueso
de la última y lo enterré justo aquí, bajo la ventana de mi habitación.
La madre no dijo nada, pero de pronto pareció ponerse triste. Hasta que dijo:
- Le echo mucho en falta, cariño.
- Yo también, madre – dijo Margarida.- Y a usted también le voy a echar de
menos después que me vaya con el Sr. Carvalho.
Las dos se levantaron a la vez, pero no salieron del lugar.
- El Sr. Carvalho es un hombre muy honesto, serio y trabajador. Y tú le ayudarás
a formar una bella familia.
- ¿Pero por qué hace falta que nos mudemos tan lejos? – se quejó Margarida.
- Porque es allá donde están las nuevas oportunidades, mi querida. Muchas
personas se están mudando al interior, muchas parejas jóvenes como tu marido y
tú. Hay mucha tierra por ahí adentro esperando para ser cultivada y mucha gente
que necesita enseñanza. No faltará trabajo para ti, con tu diploma de maestra.
Incluso a mí, si no fuera tan vieja, me gustaría partir en esta aventura.
- ¡Pero si usted no es vieja, madre! ¡Podrías perfectamente venir con nosotros!
La madre alisó el pelo de la hija.
- Yo me quedaré por aquí, Margarida. No puedo salir sola por el mundo, no
está bien para una viuda. Por lo menos aquí tengo a mis parientes, tengo la familia
para ayudarme. Con el dinero de la casa, que hemos vendido, tu marido y tú
podréis manteneros al principio sin demasiado sobresalto. En cuanto os vayáis, yo
me trasladaré a casa de tu tía Hortensia.
Madre e hija se abrazaron. Así se quedaron por unos instantes. Margarida de
pronto se separó de su madre y dijo:
- ¡Tuve una idea maravillosa!
- ¿Qué idea, cariño?
- ¡Voy a llevar este plantón de yambo conmigo! ¡Voy a plantar este arbolito
en la tierra en cuanto llegue a mi nueva casa! De esta manera tendré junto a mí un
buen recuerdo de papá y también de usted, porque voy a llevar un poco de tierra
de nuestra casa, de la casa que usted heredó de sus padres.
Así fue que, dos meses después, Margarida me trasplantó a una maceta llena
de tierra del jardín de su casa. Algunos días después de la boda, hicimos juntas
el largo viaje.

Hoy quien ve la ciudad llena de casas y fincas, fábricas y tiendas, iglesias y
hospitales, escuelas y bancos, coches y camiones, gente y más gente en
movimiento constante, no se imagina que en aquella época todo por aquí era una
soledad infinita.
Nadie vivía aquí. Al mismo tiempo que Margarida y su marido, vinieron otras
familias que empezaron a construir sus casas, a labrar sus tierras, a criar sus
animales y a plantar su café, su naranja, su caña y su maíz. El sitio donde me
encuentro hasta hoy aún no era esa plaza abandonada, arruinada y melancólica.
Muchos pero muchos años antes de eso, era el jardín de la casa de Margarida. Al
otro lado de la casa, al fondo, ella montó la primera escuela del lugar. Yo ya era un
arbusto cuando nació Violeta. Y juntos fuimos creciendo.
Muchas veces, en los días de sol, Margarida traía a sus alumnos bajo mi
sombra e impartía aquí su clase. Así es como fui conociendo cada uno de aquellos
niños, casi todos nacidos aquí, y pude seguir la historia de las primeras familias
que vinieron a intentar suerte por estas tierras. Hasta hoy sé decir quien es chozno,
tataranieto, bisnieto, nieto e hijo de quien. Me encantaba recibir aquellos niños,
pedía al viento que derramara sobre ellos mis flores, y el suelo se quedaba todo
cubierto por la pelusa de color rosa. En verano, incluso durante las vacaciones,
ellos aparecían para coger mis frutos, que yo les entregaba con mucha alegría. Así
fue cómo la ciudad se llenó con mis muchas hijas.
El Sr. Carvalho se volvió muy rico con sus plantaciones de café. Mandó traer
a sus parientes desde lejos, abrió calles, construyó casas y más casas. De esta
manera fue naciendo una pequeña villa. Como por aquí no había prácticamente
nada, las personas que llegaban siempre encontraban trabajo. Augusto fue el
primer zapatero. Olivina hacía flores para las guirnaldas de boda. Eusebio montó
la primera tienda de ultramarinos (su chozno es hoy el dueño de tres de los más
grandes supermercados). Aureliana cosía por encargo. Ofélia era profesora de
música, de ella fue el primer piano que se escuchó por aquí. Giuseppe fabricaba
vino y queso. Ismail vendía de todo – telas, espejos, zapatos, cintas, broches, peines,
calcetines, guantes, bolsos… Iba de puerta en puerta, con su enorme maleta. De
vez en cuando, desaparecía. Había viajado para comprar más cosas que pudiera
vender por aquí. Manuel montó una panadería. Otto, la primera farmacia.
Cuando Violeta cumplió diez años, la escuela de Margarida ganó una finca
sólo para ella, con muchas aulas y con muchas otras profesoras. Ahora Margarida
era la directora de la Escuela del Yambo, que estaba muy cerca de su casa. Otras
maestras vinieron a trabajar con ella. Incluso con tantos quehaceres, Margarida
nunca se olvidó de mí. Por lo menos una vez al día venía a charlar conmigo. Me
daba noticias de su madre, hablaba de lo mucho que echaba de menos su antigua
casa y a las personas que había dejado atrás. Me leía las cartas que recibía de los
parientes distantes. A veces traía a Violeta. Le explicaba a la niña quién era yo, le
hacía prometer que siempre me cuidaría. Violeta repetía la promesa. Estaba muy
unida a su madre. Y se convirtió también en mi gran amiga.
Margarida tuvo ocho hijos más, todos niños. La casa era una algarabía, por el
día y por la noche: carcajadas, griterío, toda clase de ruidos, mucho llanto, mucha
música, personas hablando sin parar, gallinas cacareando, un papagayo que imitaba
a todo el mundo, una cantidad interminable de perros que ladraban por cualquier
motivo, el mugido largo y nostálgico de las tres vacas: Minerva, Pitanga y Blanquita…
Uno a uno, los niños fueron creciendo, trabajando, casándose y yéndose a vivir
en sus propias casas. Sólo restó Violeta. Sustituyó a su madre en la dirección de la
escuela cuando Margarida, ya muy viejita, decidió que ya era hora de descansar.
Violeta cuidaba la casa, la escuela y a sus padres. Sola y con tantos quehaceres,
nunca se casó. No le faltaban pretendientes, porque ella era muy guapa e inteligente.
Tenía un corazón enorme, distribuía amor como el sol distribuye su luz. No dejaba
de atender a cualquiera que viniera a pedirle ayuda. Tanta bondad y compasión
acabaron por ser recompensadas por el destino…

Recuerdo la última vez que Margarida estuvo conmigo. Ya hacía algún tiempo que
estaba viuda. Estaba muy débil, vino amparada por Violeta y se apoyaba también
en un bastón. Pasó la mano trémula por mi tronco, acarició algunas hojas y dijo:
- Adiós mi compañera. Cuida mi casa y de mi descendencia…
Después, volviéndose hacia Violeta:
- Cuídala bien, mi hija. Eugenia todavía tiene mucha vida por delante.
- Yo la cuidaré, mamá. No te preocupes.
- Sí que me preocupo, Violeta… ¿Quién la cuidará después de ti?
En aquella misma tarde, Margarida se fue. Pude sentir el preciso momento de
su partida cuando un viento muy débil sopló desde dentro de su casa, salió por la
ventana más grande, hizo que mis hojas temblaran, desde la más baja hasta la más
alta, y se deshizo en el aire caliente por encima de la copa. Una de las sirvientas
salió de la casa, llorando mucho, y siguió calle arriba… Poco después empezaron
a llegar las personas. Iban y venían, entraban y salían. Muchas pero que muchas
personas. Todos los moradores del lugar, que todavía no pasaba de una villa.
Violeta se quedó sola en aquella enorme casa, contando apenas con la ayuda
de dos antiguas sirvientas, que prácticamente ya hacían parte de la familia. Era final
de año, la escuela estaba cerrada para vacaciones. Cada cierto tiempo, uno de los
hermanos de Violeta aparecía para ver si ella estaba bien, si necesitaba alguna cosa.
Los ocho vivían en sus propias tierras, prosperaban en sus negocios y tenían muchos
hijos. Todos invitaban a Violeta a dejar la casa e ir a vivir con ellos. Pero ella no aceptó.
Decía que necesitaba continuar el trabajo de la madre en la escuela. No hablaba de
la promesa que también había hecho de cuidarme a mí. Era un secreto de mujeres.
De la misma manera como era sólo de ellas el secreto de mi nombre – Eugenia.
Sólo ellas me llamaban así. Margarida me contó que había descubierto, al azar, al
consultar un diccionario, mi “nombre científico” – Eugenia malaccensis. Enseñó el
hallazgo a Violeta. Y desde entonces es como las mujeres de la familia me tratan.
Eugenia. Las mujeres de la familia y algunos pocos hombres, los muy especiales.
Cuando llegó la víspera de Navidad, Violeta salió de casa por la mañana. Toda
la familia iba a reunirse en la hacienda de uno de los hermanos. Cuando la carreta
llegó – en aquel tiempo todavía no existía automóvil -, ella subió, se sentó al lado
del sobrino, bajo el toldo rojo, y enseguida se marcharon. La casa se quedó cerrada
y vacía, porque las sirvientas ya se habían ido.
En aquella noche ocurrió una cosa muy rara. Era la estación de las lluvias, el
cielo estaba plomizo, cargado de nubes. Por ello, aunque no lloviera, la oscuridad
era total. Pero yo sentí que alguna cosa o alguien se movía en las inmediaciones.
Las vibraciones de sus pasos atravesaban la tierra y llegaban hasta mis raíces. Era
una persona, de ello no tenía la más pequeña duda. ¿Pero quién estaría por allí en
aquella hora de la noche?, cuando todos estaban celebrando la Navidad en sus
casas con sus familias.
Cuando salió el sol, percibí el extraño volumen en el porche de la casa, junto
a la puerta principal. ¿Qué era aquello? Parecía un cesto de paja, redondo, tenía
dos pequeñas asas, una de cada lado. ¿Qué es lo que habría dentro? Yo todavía
era muy joven, tenía poco más de cincuenta años, por eso era muy curiosa. Sólo
después fui aprendiendo a tener la paciencia inagotable de los árboles centenarios.
Pocas horas después, la carreta apareció. Violeta se apeó, esperó a que su
sobrino diera la vuelta, se quedó saludando con la mano hasta que el vehículo
desapareció en la curva de la carretera. Caminó hasta la puerta y vio el cesto. Se
agachó para ver qué había dentro de él. Tamaña fue la sorpresa que tuvo que cayó
sentada en el suelo del porche. En seguida, ya recompuesta, se levantó, abrió la
puerta de la casa, recogió el cesto del suelo y entró. Pocos minutos pasaron antes
que el llanto de un niño llenara el aire de la mañana.
Violeta salió de casa y vino hasta mí, con un bebé en los brazos.
- Mírala Eugenia. Alguien dejó esta nena en la puerta de nuestra casa. Junto
con una carta, pidiendo que la cuidara bien. ¿No es preciosa?
Era realmente preciosa. Con su boca minúscula como un botón de flor, tenía la
cara del color de la piel de mis frutos cuando están bien maduros. Yo tenía muchas
flores en las puntas de las ramas e hice caer sobre las dos una lluvia de filamentos
de color rosa. Violeta sonrió, pasó la mano por la cara del bebé para apartar las
flores y dijo:
- Tienes razón, Eugenia. Gracias por la sugerencia. Su nombre será Rosa.





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