ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 03



Visita a la ballena


Author | Autor: Paulo Venturelli


Traducido por Girassol Sant’Ana | Ilustrado por Nelson Cruz



El otro día, la profesora nos dio el tema de la composición: un árbol frutal.
Pude ver la imagen frente a mí: la casa blanca, el niño en la tranquera, el
árbol frondoso, de ramas inclinadas sobre el mundo, el perro manchado,
blanco y negro, dando saltos en el camino de tierra.
Pregunté:
- ¿La puedo hacer sobre la ballena?
- Doña Deolinda me miró seria:
- Deja de ser bobo, niño. Escribe sobre lo que he ordenado.
- Me puse y escribí:

Ayer por la tarde. Mi Padre llegó y dijo:
- Vamos a visitar la Ballena.
Mi madre dijo:
- Ah, déjate de tonterías.

Yo me puse contento. Mi hermano se tiró un pedo.
Entonces ella cogió y nos puso la ropa de los domingos.
Tiesa de tanto almidón. De tanto pliegue apretaba en el cuello.
No me gusta esta ropa. Creo que a mi hermano tampoco.
Entonces monté en la bici. La bici es de mi Padre.
Fuimos juntos. Él más mi Hermano y yo.
Mi Padre es quien empezó a tirarse más pedos.
Entonces yo dije:
- Uf que olor.
Él se enfadó. No seas malcriado. Es la mierda de la vaca lo que huele de esa manera.
Allá en lo más profundo de mi nariz yo sabía que era el mismo olor de mi Padre
cuando iba al retrete por la mañana. No se lo dije, que no soy tonto.
Llegamos a la Ballena. Era un mundo verde. También de lona. Era un mundo oscuro.
También de polvo. Era un mundo redondo. Y el gran deseo de tomarme un helado.
Me puse contento una vez más.
Después íbamos a tomarnos un helado.
Subimos en una escalerita y en un puente. Nos quedamos encima de la
Ballena. Vino un rayo de luz allá de la lona, allá de lo alto. Pensé en subir por él y
encontrar la historia de la profesora. Aquella que usted nos leyó un día. Después lo
pensé mejor. Miré bien.
Salté sin que nadie me viera y me fui deslizando. Deslizando. Hasta llegar a la
boca de la Ballena. Entré en ella. Había un gran salón lleno de desechos y de velas
gruesas. La luz era sólo de las velas. También había un hombre muy viejo en una
mesa más vieja todavía. La barba y el pelo de lo más canoso. Era el profeta Jonás.
Él se puso a hablar:
- Creed. Creed.
Pregunté:
- Creed ¿en qué?
Él me contestó:
- Creed. El día vendrá. El día vendrá.
Pensé que no se podía entender nada.
¿Qué mierda de profeta es este? ¿Quién no sabe que el día siempre viene? Si
sólo hay que decir eso también soy profeta. Mira, el día va a llegar.
La noche va a llegar.
La mañana va a llegar.
Antes de una y después de la otra la tarde va a llegar.
Entonces anduve, un poco más que yo, no iba a perder el tiempo. Encontré un
pirata con un papagayo en el hombro. Y una navaja suiza con cuchillo y tenedor.
Encontré también a Peter Pan en una nube de polvo. Y a la Bella Durmiente
charlando con el Lobo. Caperucita Roja no estaba, no. Se había ido de compras.
Aquella ballena me pareció muy desordenada. Todo confundiéndose con las
historias. Por eso decidí salir. Estaba saliendo, cuando ella me habló muy bajito:
- Oye, niño. ¿No quieres ir a buscarme un vaso de agua? Ser ballena disecada
es tan aburrido. Porque nos quedamos muy secas. Y nunca se puede salir de aquí.
De un salto fui al Café Pigali y le traje el agua que ella quería. Ella la bebió bien
despacito. Después me dio un beso en la boca. Se lo juro por Dios. En la boca.
Fue la tarde más feliz de toda mi vida. En casa subí en el guayabo. El guayabo
es un árbol frutal.

Cuando la profesora trajo las tareas corregidas, llegó con cara de enfado. Pisó
fuerte el suelo y vino directamente en la dirección de mi pupitre:
- César, ¿Esto de aquí qué es? Este no fue el tema que escogí para la clase.
La miré profundamente a los ojos:
- Lo sé, profesora. Este fue el tema que yo escogí.
Ella mandó una nota para mi madre.
Mi madre se puso la falda de flores, se calzó unos zapatos negros muy altos,
se hizo un moño estirado en el pelo. Y además, cogió el bolso plateado y se puso
un perfume de quitar el hipo.
Ya era tarde, casi la hora del Ángelus, cuando ella volvió. No habló nada.
Tampoco le pregunté. No soy tonto de querer empezar la tempestad. En este tipo
de historia lo mejor es quedarse callado. Esperando, pensando, intentando percibir
de qué lado vendrá el rayo.
Cuando mi padre terminó de cortar la leña de la semana, mi madre le contó:
- No te imaginas cómo se está poniendo nuestro hijo. Incluso desacató a la
profesora. ¿Te parece normal? La pobre, con tantos niños para cuidar, aún tiene
que ocuparse de las groserías de este mocoso engreído. No te lo vas a creer. Pero,
aunque no lo creas. Ella dio la tarea de escribir sobre un árbol frutal. Y él no la
obedeció. Escribió sobre una ballena. ¿Has visto lo qué pasa? Tú llevas a los niños
para que vean tonterías y después César no se concentra en la escuela.
Él se rascó la barbilla y me miró. Entonces dijo:
- ¿Hacer la tarea sobre un árbol frutal? ¿Y qué es lo que iba a escribir, santo
Dios? ¿Que el árbol frutal da fruto? ¿Que tiene ramas y hace sombra? ¿Esto es cosa
que se pida a un niño? Él lo ha hecho bien, la ballena es mucho más interesante.
Está más llena de novedad.
- Vino hacia mí. Acarició mi pelo. Era el primer mimo que recibía después de
grande. Cogí la mano de mi padre. Mano grande, gruesa, áspera. La mano de mi
padre que, aquel día, amé por encima de todo. Aquella mano, grande como una
ballena, pero una ballena viva. Grande como un árbol frutal.





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