ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 04



Día de muertos


Author | Autor: Alessandro Garcia


Traducido por Mara Lopes

Mamá nos pedía que rezáramos por papá. Nosotros no sabíamos adónde
se había ido papá, pero rezábamos, mamá nos pedía y nosotros
rezábamos. En los días en que teníamos que acompañarla hasta el
cementerio, era peor. Comprábamos las flores, la ayudábamos a limpiar
su sepultura, siempre tan llena de hierbas, y nos poníamos graves, tan serios como
sería raro ser a la edad que teníamos. Los años de falta de papá ya habían pasado.
En los primeros tiempos, dolía tanto que llegábamos a pasar mal. Marina estuvo
días sin ir al colegio, lloraba noche y día, lloraba tanto que yo creía que ella iba a
morirse también. Como yo era el único hombre de la familia, debía mantenerme
más duro, al mismo tiempo intentar parecer más serio, aunque me doliera hasta los
huesos fingir rectitud delante de mamá y de mi hermana y de noche llorar como
un condenado la falta de papá. Lo bueno es que éramos pequeños lo suficiente en
aquella época, si fuera hoy, tal vez fuera más dolorido, si papá desapareciera así no
más, y mamá llegara y nos dijera que él se había muerto. Como no vimos el cuerpo,
no lloramos al difunto, era aún más difícil darse cuenta de que papá realmente se
había muerto. Para mamá, no sé bien como fue toda la función de probar que papá
se murió, éramos tan pequeños y ella tan sola, corriendo de un lado al otro, toda la
burocracia y los papeles para mostrar que sí, su marido se había muerto; aunque no
hubiera un cuerpo para enterrar, ella quería una ceremonia religiosa y cura y toda
la gente llorando alrededor de un ataúd que no tenía difunto dentro. Sus ropas,
solamente. Creo que habían unas ropas suyas que mamá colocó allá dentro, y decía
que eran parte de papá y que debíamos llorar también porque papá se había muerto
y debíamos sentir su ausencia y ahora yo era el hombre de la casa.
Después, incluso con toda la catequesis y la confirmación y la comunión y todo
aquello de que mamá insistía, porque se aferraba demasiado a Dios y decía que era
devota de la Virgen María, ni Marina ni yo lo hacíamos de corazón. No deseábamos
aburrirla a mamá, entonces no había cabida que nos colocáramos como uno de esos
niños mimados que había en el colegio, que recibían todo con mucha facilidad y encima
se quejaban para la madre si ella no les daba la zapatilla de la marca que le habían pedido.
Yo siquiera conocía las marcas de zapatillas. Vestía lo que mamá podía comprarme. Así
también era Marina. Y, hoy, pensándolo bien, hasta me sorprendo de que fuéramos tan
buenos chicos, así lo éramos. Solo cuando crecí un poco más y empecé a trabajar y
pude comprar las cosas para la casa y seguir pagando el alquiler de la sepultura, que era
cara como joya, allá en el cementerio del Centro, es que pude también comprarle unos
regalos a Marina, pobre Marina, siempre con sus vestiditos remendados que heredaba
de mamá, y unas cosas para mí, y entonces compré unas de esas zapatillas bonitas
porque les gustaban a las chicas en los bailes, pero no importa, porque, al fin de las
cuentas, tampoco me miraban a mí. Decían que yo era hijo del difunto que no había.
Difunto que no había, pues no había cuerpo, todos de la ciudad sabían que
enterramos papá en espíritu, que era como decía mamá. Un entierro digno como buen
cristiano que era para tener un lugar en el cielo, y donde estuviera su cuerpo, estaría
en la paz de Nuestro Señor. Mamá decía paz de Nuestro Señor, y me acuerdo de
Marina y yo repitiendo, arrodillados a su lado, en sus largas oraciones, especialmente
en el Día de Muertos. No tengo ni idea porque inventaron un día para los muertos,
esos muertos que siempre hace falta calmarlos, parece que siempre quieren un regalo,
que recen por ellos, si no se ponen aburridos y terminan por atenazar la paciencia
de los vivos aquí, pero si hay el Día de los Muertos, que sea, que hagamos lo que sea
necesario hacer, entonces, porque no discuto mucho esas cosas de convención que
las personas inventan, y si las inventaron tenemos antes que respetar y cumplir. ¿Y qué
mal hay en un día solo rezar por ellos si ellos se ponen más calmos de esa manera?
Después, no costaba nada, aun siendo ya mayor, aunque no quisiera salir de casa y
juntarme a Dora (mamá ya estaba viejita y quería estar y cuidarla antes de que se
fuera para junto de papá). Podía ayudarla a ir hasta el cementerio, limpiar las hierbas
con ella y dejar la sepultura de papá tan bonita, lustrar el vidrio de su foto, ya tan
empañada, y cambiar las flores con mamá, cosa que más le gustaba hacer. Y aunque
ya fuera adulto, ahora sí que no me creía más en esas cosas de la iglesia y que las
almas van para un lugar tan bueno, creo que cuando nos morimos se acaba y punto,
hacía lo que mamá quería para que ella se sintiera feliz, y si ella decía que papá estaba
mirándonos, estaba en un lugar mejor y se ponía más contento porque limpiábamos
su sepultura, yo lo hacía, ¿qué es lo que no hacía para dejarla a mamá feliz?
Cuando mamá estaba cerca de la muerte, se llenó de gente, ya que mamá
era buena y todos que estaban en su entorno la querían, aunque hablasen por las
espaldas que era la viuda del difunto que no había. Pero las gentes son todas así, las
personas hablan realmente, ¿y qué se puede hacer, si después, cuando la necesitan a
mamá le piden ayuda y hacen de cuenta que no dijeron nada? Como mamá era muy
buena, hacía de cuenta que no oía, por eso ella siquiera gritó con nadie cuando se
pusieron a su alrededor rezando por ella, ni el turco que le cobraba un ojo de la cara
por cualquier tejido que ella necesitaba para sus costuras, hasta él estaba allí, rezando,
ni imagino de qué religión son los turcos, y se ellos creen en Dios, o si él solo estaba
allí para disimular. Y, en ese momento, eran todos amigos, pero solo yo y Marina que
sujetábamos la mano de mamá como ella lo deseaba, era solo eso que ella precisaba
para morir en paz. Y ella dijo qué bueno sería si nuestro padre estuviera esperándola
para recibirla para que se quedaran juntos para siempre. Por eso es que yo no sé (no
sé, pues después él se fue), si ella hablaba de papá que iba a recibirla allá en el cielo o
si empezó a devanear cuando vio el hombre que entró en casa, a quien ni yo ni Marina
conocíamos, pero que mamá empezó a llamarlo por el nombre de nuestro padre,
y como mamá ya estaba delirando, ni pusimos atención, ni nosotros ni el hombre
tampoco, debía de ser un amigo lejano, ya viejito como mamá, aunque a todo el
mundo le pareció muy raro, y a mí también, en verdad, que él se pareciera tanto a mí.





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