ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 04



Inmóvil


Author | Autor: Javier Arancibia Contreras


Traducido por Julia Maciel

Nunca se me cruzó por la cabeza, ni siquiera una vez en la vida, que algún
día terminaría con un arma en las manos. Sin embargo, a esta quisiera
guardarla por un tiempo más. Es pequeña, reluciente, niquelada. En teoría,
no es un arma respetable. Mucho menos una pistola de esas automáticas
que se ven en las películas policiales, pero sí un revólver. Un treinta y dos. Parece algo
menor, menos importante, como un cigarrillo en relación con un habano. De cualquier
modo, debe hacer un agujero enorme. Analizando más de cerca, creo incluso que el
revólver da más temor que sus semejantes, pues cuando se acciona un martillo es una
señal evidente de que la cosa no se trata de un juego y que se necesita mucho menos
que un desvío de la mirada o un movimiento inoportuno en algún músculo del cuerpo
para que el gatillo haga click y, ¡zas! provoque un tremendo estrago.
Pero eso no podría suceder ahora, ya que acabo de gatillar apuntando hacia
mi imagen deformada y gris en la televisión apagada y nada, ningún estampido. El
arma está sin balas, claro, yo mismo las saqué del tambor. Tuve miedo de que el viejo
quisiera matarme o que él se pegara un balazo en la cabeza.
Ya no sé hace cuánto tiempo sucedió aquello. Recuerdo que fue en la misma
época que estaba completamente hastiado de mi trabajo. No podía soportar más
completar informes, sellar, firmar papeles. Me sentía un poco desanimado y entonces
en ese momento, tirado en la cama, no sé por qué, confundido, fue de repente que
decidí descubrir lo que realmente estaba pasando conmigo.

el verano

De pie, podía sentir el día ardiendo a través de la ventana del apartamento mientras
observaba los primeros movimientos que aparecían sobre la calle caliente.
El viento revolvía el cabello de las jóvenes que pasaban con sus cuerpos curtidos
de sol, los automóviles silbaban sus motores en dirección a las playas, los comercios
subían las puertas de acero. Levantando la vista, parte del mar aparecía entre los
pequeños edificios dispuestos en hileras como piezas de dominó, que circundaban
el golfo y envolvían a la ciudad.
Era todavía un niño cuando llegué a Navisur. Después de la muerte prematura
de mamá me obligaron a vivir con los parientes más cercanos a la Capital, mi ciudad
natal. La casa en la que pasé a vivir quedaba en el cuadrilátero sur del lugar, a
algunas cuadras de la playa que nunca había visto y a poco más de cien kilómetros
de donde vivía antes. Era una casa de madera y cemento, grande, espaciosa. Pero
poco acogedora para mí. Quizás era ese olor a viejo que sentí al llegar y que la
verdad nunca me pude explicar de dónde venía. Pero también podría ser por mi
referencia del cuarto y sala donde vivía apretujado con mamá en comparación con
las habitaciones amplias de unos casi cuatro metros de altura. De todas formas,
parecía haber puesto los pies en un lugar irreal, como si solo pudiera verlo en
algún punto en el fondo de la imaginación. Pensé en eso muchas veces acostado
en la cama ubicada en el centro del cuarto que me dieron, mirando aquel techo
inalcanzable y tratando de entender por qué, de un momento a otro, alguien había
sentenciado que tendría que mudarme de casa y ciudad.
En aquellos tiempos en Navisur se tardaba aproximadamente tres horas para
llegar a la ciudad. Navisur, sin embargo, a excepción de las casas antiguas y sus
intocables edificaciones de pocos pisos, con el pasar de los años entró en un proceso
de metamorfosis acelerado. El clima provinciano de la ciudad, distribuida en decenas
de pueblos periféricos, había perdido sus características al galope, usurpado por los
más variados tipos de emprendimientos inmobiliarios como enormes hoteles que
tomaban manzanas enteras y grandes centros de compras. Esto sucedió porque los
antes tortuosos y difíciles caminos de acceso habían sido facilitados al extremo por
la construcción de una carretera, lo que permitió que la gran masa de vacacionistas
pudiera invadirla. En cierta forma, para muchas personas quizás haya sido mejor
así. Durante las estaciones más frías Navisur se volvía un lugar demasiado sombrío
y solitario. Desde pequeño creía que eso era propio de ciudades que miman a sus
habitantes solo una época al año.
Terminé de beber el resto del agua tibia que se balanceaba en la botella de
plástico, cerré la cortina para no dejar entrar al sol y me acosté nuevamente sobre
la cama. Hacía tanto calor que apenas se podía respirar. Había dormido poco
aquella noche y los sueños que me habían envuelto en el corto intervalo me hicieron
despertar con la cabeza y el cuerpo cansados.
Hacía tiempo que me había habituado a soñar varios sueños que no terminaban.
En verdad, apenas comenzaban, eran solo fragmentos, no tenían ni historia ni
argumento. No es que yo creyera que los sueños debían tener algún sentido, pero
los míos no querían decir absolutamente nada. En todos ellos yo solo caminaba sin
parar y cuando me daba cuenta, en un instante ya caía en otro. Ni sé cómo sabía
que era otro, creo que cambiaba el ambiente. Solo podía ser eso porque no había
otros personajes, no veía a nadie que hubiese visto alguna vez o incluso alguien
imaginario. Solo caminaba de allá para acá, a veces fumaba, me quedaba pensando
en la vida, pero en verdad no tenía idea sobre lo que estaba pasando. Algunas veces,
sin embargo, la caminata tranquila era sustituida por una corrida insensata que no
me llevaba a ningún lugar. Sentía cierto frenesí, pero no huía ni iba al encuentro
de nadie, pues nadie aparecía de repente provocándome algún tipo de reacción.
No había ni mujeres deseables para entretenerme ni nadie para conversar. No eran
tristes, felices, buenos o malos, simplemente no querían decir nada. A pesar del
marasmo, todo eso me cansaba mucho al despertar. Creo que eran las andanzas y
las corridas y los pensamientos que no se definían en la cabeza.
Todavía era relativamente temprano cuando oí que golpeaban a la puerta.
Mi ojo se abrió despacio, sin nitidez, parecía haber una membrana por delante, la
cabeza pesada, la cara arrugada hundida en la almohada, dificultando mi visión
derecha. A pesar de que la cama estaba exactamente enfrente a aquella forma
rectangular y de color indefinible, no podía levantarme. Pensé en decir algo como
“espere un poco”, pero las fuerzas me dieron solo para soltar un gruñido ahogado.
Antes de intentar erguirme, sin embargo, la persona al otro lado aparentemente
había desistido sin mucha insistencia.
Lentamente, sin estirar los huesos, me recosté en el armazón de hierro de
la cabecera, traje el brazo izquierdo muy cerca de los ojos y vi la hora en el reloj
pulsera. Eran las siete y cuarenta. Fueron solo dos golpes secos, toc toc , sin nada en
particular, sin identidad para mí. Estaba absolutamente seguro de que era alguien que
no conocía, pues era nuevo en el edificio y, hasta donde recordaba, solo le había dado
mi dirección a dos personas. Sin embargo, si hubiera sido algo realmente importante,
el intruso habría golpeado de nuevo la puerta o habría bajado las escaleras y dejado
un mensaje al celador, pensé. Calculé que, por la ausencia de los golpes, así podría
haber sucedido. El celador, que durante la temporada turística se quedaba desde las
siete y media de la mañana hasta el final de la tarde en la portería a disposición de
quien quisiera conocer los apartamentos de veraneo, podría haberle informado que
yo estaría seguramente en el mío. Por eso le habría permitido subir. Pero todavía era
muy temprano para un sábado. Aun despierto, no abriría la puerta si no tuviera la
seguridad de quién sería, yo no reconocía el golpe, y quizás la hora había avergonzado
al visitante como para seguir golpeando a la puerta como un cretino.
Entonces me quedé sentado, algo febril, somnoliento, los ojos cansados, entre
sábanas sin propósito debido al calor, y me di cuenta de que, a pesar de apenas
comenzar, la temperatura del día ya debía estar alrededor de los treinta grados.
La culpa era mía, es verdad, ese es el principio básico de mi trabajo, pero estaba
con la cabeza un tanto desamparada y no me había dado cuenta, cuando decidí
comprar el apartamento pocas semanas antes, que el sol fuerte nacía exactamente
de ese lado del edificio, lo que reforzaba todavía más el bochorno que invadía el
interior de la habitación.
En mi piso, el tercero y último, vivía solo yo. Los otros apartamentos no tenían
habitantes hacía un tiempo, como me habían informado en algún momento. Justo
abajo, sin embargo, una mujer vieja vivía en compañía de una verdadera plaga de
gatos de estirpe popular, revoltosos y ariscos. El cuerpo truculento y curvado metido
en vestidos siempre negros le daban un aspecto incierto, casi religioso, lo que me
hacía sentir molesto cada vez que la veía.
El celador era el tercer habitante del edificio. Hombre pálido y bajito, tenía
las facciones duras, casi estáticas, sin reacción aparente. Sus movimientos eran
mecánicos. No parecía un rostro humano. Tenía los trazos de una marioneta bien
acabada, como si la cara hubiera sido tallada. Llevaba siempre una vestimenta
particular, casi un uniforme, pantalones de vestir pinzados y camisa de botones
blanca, ambos metidos en el tronco corto. El celador hacía de todo, pero lo que
realmente le gustaba era permanecer sentado al cabo de buena parte del día atrás
de un pequeño mostrador de madera reservado como portería en el hall de entrada
del edificio. Desde allí parecía tener el control total de lo que sucedía en el lugar,
además de expandir su universo, mirando, alguna que otra vez, la calle ardiente. Así
como la vieja y yo, también vivía solo en uno de los pisos, el primero, que en verdad
era la planta baja. Los demás apartamentos permanecían desocupados, con sus
carteles de “se alquila para el verano” colgados en las ventanas.
Miré nuevamente la hora. Las ocho. Era el segundo sábado del mes de enero.
Me había acostumbrado a levantarme temprano todos los días debido al trabajo en
la inmobiliaria, pero, a pesar del cansancio que sentía, los fines de semana muchas
veces me fastidiaban. Es verdad que no me gustaba cuando tenía que hacer guardia
los sábados y domingos; sin embargo, para mí el trabajo era una manera falaz de
pasar los días, que parecían seguir más lentamente que lo normal en esta ciudad.
Me recosté de nuevo y apoyé lentamente la espalda sobre el colchón. A través
de las hendijas que se formaban en el balanceo de la cortina, el cielo parecía blanco
de tanto sol, lo que era casi insoportable. Permanecí inmóvil, con las piernas saliendo
hacia fuera y los brazos hacia atrás, estirados. Cerré los ojos pero no lograba
dormirme: el tictac del reloj casi dentro del oído, la oscuridad blanquecina incluso
con los párpados apretados. No debía haber pasado mucho tiempo, pero vencí al
cansancio y me deslicé por la cama, despacio. Tomé las gafas de la mesita de luz,
me puse los pantalones, los zapatos, una camiseta y decidí bajar. La puerta estaba
abierta. Nunca tuve la costumbre de cerrarla con traba cuando llegaba de la calle.
Un mal hábito, es verdad, como lo pude constatar más tarde.
En los pasillos los vitrales proyectados bien al fondo no eran suficientes y
la claridad del lugar dependía casi exclusivamente de las bombillas que aquella
mañana parpadeaban sin parar y con cierta precisión. Bajé las escaleras, lentamente,
tanteando las paredes en algunos momentos. Divisé al celador. Parecía concentrado
en la lectura de una de esas revistas de variedades que siempre tienen una mujer
bonita en la tapa, y no se tomó el trabajo de desviar los ojos. Solo para iniciar una
conversación le pregunté lo que había pasado con las luces, imaginando ya la
respuesta que me daría.
“Ah, sí… Estamos con pequeños cortes de energía. Pero el problema está siendo
resuelto”, dijo levantando la vista por primera vez.
“Los turistas están llegando cada vez más rápido…”, le comenté sin ganas.
“Apenas se instalan en la ciudad ya comienzan los problemas. Pero así y todo
los necesitamos, usted sabe…”.
“Claro”, le dije para no prolongar la conversación.
Luego de un momento el extraño hombre sostuvo la mirada y se mordió el labio
inferior casi con placer. Parecía ansioso.
“Hoy es sábado. Usted no suele levantarse tan temprano los fines de semana…”.
No entendí bien la afirmación que salió de aquella boca estática. Yo estaba
allí hacía tres semanas y quizás, a fin de cuentas, él no sabría que yo solía estar
de guardia los fines de semana de manera alternada. El último había sido en Año
Nuevo y tampoco trabajé. De todas formas, no me gustó esa invasión y le respondí
inmediatamente.
“Me despertaron. Alguien me golpeó la puerta.”
La respuesta lo tomó de sorpresa. Casi lo hizo tartamudear.
“¿Está seguro? Quiero decir, digo porque estoy aquí hace algún tiempo y no vi
a nadie entrar ni salir del edificio”, dijo con un aire de ofensa.
“Quién sabe, quizás estaba en el baño, o distraído”, retruqué desviando los ojos
hacia la revista que estaba en sus manos.
El celador esbozó una mueca en su rostro prognato. Me observó de arriba abajo.
“Quizás. Bien, si pasó por aquí, no dejó ningún mensaje. Pero usted sabe, todavía
es temprano. A veces, el cansancio hace que las personas oigan muchas cosas…” y dio
una carcajada fina, casi velada, simulando un intento de contemporizar la situación.
Respondí a la arrogancia del celador con un sonido impreciso y subí las
escaleras. Cauteloso debido a la intermitencia de las luces, llegué a patear sin fuerza
la barriga de uno de los gatos de la vieja del segundo piso, que probablemente había
escapado y dormía perezoso en uno de los escalones. Entré.
Al sentarme al borde de la cama, mientras me sacaba los zapatos, vi el sobre
amarillo por primera vez. Estaba en el piso, cerca de la puerta, casi camuflado por
algunas cajas de cartón de la mudanza que había hecho días antes. No tenía nada
escrito por fuera, nombre, dirección o sello de correo. Lo abrí fácilmente, pues no estaba
lacrado, y leí el pedazo de papel que decía: “A las 7. Subiendo la colina, al lado de la vieja
cabina del ferrocarril. Urgente.” Escrito a mano y sin firma. Encima, la fecha de aquel día.
Inmediatamente traté de recordar a algún conocido que podría haber escrito la
nota, pero las personas que se me pasaban por la mente no encajaban. La verdad,
no podía recordar a nadie, mi cabeza estaba desanimada, mareada, y creía que
quizás yo no fuera el hombre correcto, la persona que buscaban, la destinataria
de la nota. A fin de cuentas, mi nombre no aparecía. Podrían estar buscando al
antiguo inquilino, pero, hasta donde sabía, el apartamento había estado desocupado
desde el último verano. Dejé a un lado estas cuestiones y pasé entonces a pensar
exclusivamente en la letra, bien delineada y demasiado formal para estar en un
pedazo ordinario de papel.
No tenía recuerdos recientes de una letra como esa. Entonces, sin que pudiera
impedirlo, me vinieron a la mente las letras de las profesoras que había tenido
cuando era estudiante. Eran bonitas, quizás demasiado infantiles y llenas de curvas.
De hecho, curvas que nunca conseguí hacer. Mi ineptitud me obligó a buscar,
todavía niño, formatos diferentes de letras, aun siendo casi reprobado en la escuela.
Sin embargo, todo eso se volvió algo indiferente para mí. Ya adulto, la mayor parte
de mi trabajo se resumía en apretar algunas teclas de la computadora y después
sellar y garabatear sobre algunos papeles mi firma, un gancho horrible que nadie
tenía por qué entender. Solo debía ser igual, y yo había entrenado mucho para eso.
Pasaba horas entrenando con tanta dedicación que mi tía cierta vez me dijo que si
yo hubiera hecho el mismo esfuerzo con la letra, habría conseguido mejorarla. Ella
insistía en esas cosas desde que era niño y me vine a vivir con ella.





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