ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 04



Duelo


Author | Autor: Maurício de Almeida


Traducido por Sebastian Rodriguez

(Apunto un arma hacia él) No consigo imaginar que más quieres de mí,
me asusta hasta tu comportamiento demente, aun silencioso y distante,
pero no me impide ni me impedirá cuestionarme, ¿por qué esperas
tanto si sabes que no puedo dar?, si sabes que, ¿aunque pudiera, no
daría? Hace mucho intento entender lo que pasa, me esfuerzo hasta casi deshacerme,
dejando de lado lo que me incomoda, desapareciendo debajo de la cobardía de no
decir cualquier cosa que le hiera, (arrimo con fuerza mi arma en su barriga), de no
hacer cualquier cosa que le lastime. ¿Entonces? ¿Para que sirvió tanto cuidado? ¿De
qué valió tanta evitación? ¿Tanto, tacto? Es ridículo evitar cualquier disparo, ridículo
como intentas ignorar lo que te digo o fingir que no ves el arma que meto en tu
estómago (siento su arma hundirme el estómago y me asusto) y que todo está
trémulo en la punta de mi dedo que lame con lascivia el gatillo. Vamos, destruye
esa arma de porquería tira por los rincones mis pedazos que ensuciarán tus manos,
tapa de una vez el caño que arrastras de un lado a otro en mi pecho (afirmo la voz
y él baja la cabeza), no huyas de lo que te es inevitable: destruye lo que no puedes
tener, acaba con la angustia de ver y no tocar jamás, revienta en un grito repleto
de pólvora el constante pavor de arder en silencio bajo de la certeza de que nada
tendrás de mí a no ser la negligencia y quien sabe un poco de atención, expone al
menos esta vez lo que te corroe y escupe sobre el hueco que se me abrirá en el tórax,
pues cualquier cosa es mejor que ese martirio silencioso por el cuál, al torturarte, me
torturas también. ¿Qué hay de equivocado? ¿Una vez más te vas a esconder detrás de
alguna excusa? (Siento su arma temblar en mi pecho) ¿va a forjar otro brote, otra fuga,
otro miedo para justificar la debilidad de no poder apuntarme el arma? Vamos, vamos
(él arrima con firmeza el arma en mi estómago), termina de una vez este sufrimiento
que también es mío, pues, aunque me reconozca inocente, no soporto la culpa de no
saciarte. Extirpa mi angustia de ser amado y odiado, el peso insoportable de ser dos,
antagónicos e imposibles, siempre bajo la mira implacable de tu revólver trémulo,
amenazado por la furia que te aplaca en las noches apretadas o en los pelos confusos
de otros pechos (sus dedos son inseguros en el gatillo), más jadeantes y decididos
que el mío. Ahoga mi esquizofrenia de estar dividido al medio, aunque me sienta
sólido y responsable, acaba con el gusto amargo que me retuerce la boca al tragar
tu silencio casi agresivo cuando, la verdad, conozco el sonido noctívago de tus hipos
y la angustia de tus dedos desgastando la piel de tu cuerpo (él llora, pero entierra el
arma en mi ombligo), conozco muy bien tu suspiro de torpor al apretarme las manos
intentando vaciarte de cualquier deseo, e incluso el ruido lleno de horror que se te
escapa de la boca al sonreír con insistencia a mi silencio, mucho más violento que el
tuyo, mucho más potente e irónico, mucho más (él dispara y, en una explosión, me
quedo sin aire) dolorido de lo que podrías imaginarte.


(Apunto un arma hacia él) ¿Podrías imaginarte qué dolor es este? ¿Puedes bajar
del confort de tus altos zuecos y sentir que nunca estoy a flor de piel, pero
antes con espinas fincadas por todo el cuerpo? No puedes ni quieres. ¿Y en lo que
a mí se refiere? ¿Qué hago cuando todo me es imposible y por eso mismo penetro
en brazos torcidos, desparejos y llenos de manchas, agarrando algunas migas que
la fortuna me tira? ¿Voy a alimentarme del desdén? Pues es lo que me sobra. ¿Qué
hago cuando me arde el estómago, este mismo en el cual hundes el arma? ¿Qué hago
cuando todo arde en mí y no tengo nada además del refugio oscuro y esfumado de
cuerpos dispersos, tan escondidos y disimulados como el mío? No tenerte y tenerte
tan cerca es el infierno, pues preciso satisfacerme con lo que me es suficiente (meto
con toda la fuerza el arma en su estómago). Soy conciente de los límites de mis dedos
sobre tus brazos o de nuestras manos enlazadas en un aprieto rápido y cordial – y
justamente por la conciencia de saber lo que me es interdicho prefiero el silencio de
una negligencia tan forjada como dolorida. ¿Crees que no sufro? (Miró hacia sus pies)
¿Crees que tengo algún placer de buscar de todas las maneras odiarte? Cuento los
diez dedos de tus pies, aprecio el contorno circular de cada uno de ellos, inspiro el
hábito rosado de cada uña y aguanto – como aguantaría una paliza – las ganas de
besarlos. Soporto la incomprensible voluntad de lamerlos y lamer aun el piso bajo el
cual ellos se desparraman, ora firmemente retraídos, ora descuidados como el resto
de los pies. ¿Cómo lo podría evitar? ¿Es posible saber el momento exacto en el cual
un par de pies te encenderá el sexo? (Procuro sitiar el arma entre sus costillas) Es el
deseo: ¿que más piensas que sujeto entre los dientes cuando contraigo el mentón en
una sonrisa forzada? ¿Por qué crees que fingía sorpresa cuando me decías, siempre
exageradamente jovial, que yo te enseñé tantas cosas? (Él se asusta y empuja su
arma en mi barriga) Entiende: como estoy acostumbrado a hacer, preferiría yo mismo
apuntarme el arma y deshacerme en una sobra amontonada de nada. En definitiva,
¿qué me sobra a no ser la convivencia forzada con el cadáver pudriéndose que siento?
No imaginas el olor pesado que me ahoga el sueño a la hora más distante de la noche.
(Sus dedos firmes en el gatillo) Con que pavor miro tu estómago cuando mi voluntad
era tomarlo en un sólo golpe, amarrarlo con las sábanas saladas por el sudor de
noches de luna caliente hasta el momento en que te confesarías apasionado por mí.
¿No ves el deseo instalado en cada bala de este revólver? ¿No percibes que cada tiro
explotará también por la culata? (Él tiembla, pero, pero hunde el arma en mi ombligo)
Tú siempre has sido ingenuo. Y yo, egoísta. ¿Como destruir así algo que amo por la
imposibilidad de tenerlo? ¿Cuán egoísta puedo ser al meter con tanto placer el dedo
en este gatillo que puede acabar en un pestañeo con algo tan bello? Tal vez yo sí sea
suficientemente egoísta (él dispara y, en una explosión, me quedo sin aire), por saber
que en mí algo también está muerto.





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