ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 04



La marca


Author | Autor: Ronaldo Cagiano


Traducido por Ronaldo Cagiano Barbosa

Después queda la marca. Después queda el miedo.
Y después queda la vida con sus dedos quebrados
tanteando un mapa en la tentativa de olvidar.
Álvaro Alves de Faria
“El tribunal”

Recordó un sábado oscuro y malvado en el que la vida le había preparado
una triste recepcíon.
En ese día había recibido un telegrama: “Tu padre ha muerto a la
madrugada. Vení enseguida. Entierro mañana, a las cuatro.”
Corto y denso, el mensaje de su madre no tenía el menor signo de dolor, como
si cumpliese con un deber social como cualquier otro. La viudez parecía un premio.
El camino entre la capital y Santa Rita no superaba los trescientos kilómetros,
pero la agonía lo prolongaba en un desierto interminable y polvoriento. El trayecto
delineaba una paranoia: W parecía no ver terminada la película de la vida que rodaba
su cabeza. Su rostro vagaba e invadía el horizonte con mirada perpleja.
A cada recuerdo le seguía el sobresalto por el descubrimiento del hijo que
podría haber sido y no fue: la vida en sí misma, denunciando su lado improbable, lo
que dejó de ser y que ahora era irrecuperable. “Es preciso amar a las personas como
si no hubiese la mañana”. La canción de Renato Russo gutilhotinaba su consciência.
El trayecto se multiplicaba al influjo de los restos de remordimientos interiores.
La inmensa sala de la casa de altos (¿estaría llena de gente velando el cuerpo
de Don Onofre?) ya no tendría las tardes de crochet y conversaciones en que su
madre hablaba sola y su padre, siempre ausente y impenetrable, con su silencio y
sus fadigas psicológicas, hacía oídos sordos. Los pocos recuerdos del viejo lo llevan
a la zapatería, donde veía una biblia siempre cerrada en la estantería de los calzados
reparados y su padre dando órdenes, y ningún cariño. Sólo abria la boca para
quejarse de W, y nunca una gratificación o un apretón de manos (cuanto mucho,
una sonrisa comercial); nunca un abrazo rodeándole los hombros o un beso en la
haz. Siempre una distancia y una mirada difusa, en la que su padre parecía gravitar
en otro mundo.
La única compañía durante años en aquella infancia insulsa era la del papagayo
de Eusébio, el verdulero, que huía del patio vecino al naranjo cerca del estanque de
los fondos. Allí W conversaba por horas con la pequeña criatura, enseñando ciertas
melodias que el loro repetia después en tono fuerte y claro. Ese papagayo parece
una cotorra, saque eso de aqui, chico, déjeme en paz.
Su alegría estaba fuera de casa, lejos de la madre apagada, del padre omiso.
De Corina, la empleada autoritaria, que aún de mal humor, le prestaba alguna
atención. De la tia enferma de la cabeza, que sólo tenía a su padre para cuidar.
Lejos de su hermano, que nunca quiso saber nada, ni de nadie, y vivia por los
rincones, hecho un autista. De la mayor, que se casó y se fue a vivir en San Pablo
con un argentino de Catamarca que, decían, era hijo de un nazi fugitivo que vino
después de la guerra para Sudamérica.
El patio de la casa de la tia Honoria, del otro lado de la ciudad, que iba hasta
la vera del río, desde donde contemplaba las canoas de los areneros, parecía darle
lecciones de despedida. Le gustaba quedarse allí, en las raras ocasiones en que su
madre iba a visitar a su tia Leonor en el pueblito de Sinimbu. Partir estaba dentro suyo.
Muchas veces, el corazón partido, el cuerpo solitario, sintió ganas de sumergirse en
el Pomba, río asesino que tragó tanta gente, pensando también dejar que las águas
lo llevando rumbo al Atlântico, contra las piedras de las cascatas, río abajo: Aracaty,
Vista Alegre, Laranjal, Santo António de Pádua, São Fidélis... La inmensidad lo atraía
y prefería perderse en el la soledad oceánica que vivir enclaustrado y ocioso en las
murallas de su casa. Era la oportunidad de hacer lo que quisiera, como en aquella
mañana de 17 de deciembre de 1977, adolescente ya, y lector compulsivo, cuando
soñó con ir al Père Lachaise para visitar la tumba de Baudelaire, pero tuvo que
contentarse con acoampañar a un amigo depresivo al cementerio de Leopoldina,
donde sentaron en la lápida de Augusto dos Anjos y declamaron versos del poeta.
París es demasiado como el amor que nunca tuvo. Pero si hoy se zambullese en
aquellas aguas al final del patio sin las moreras de entonces (ah, ni el patio era el
mismo: sin el chiquero, la casita del perrito Rex, las sogas em que Zenaide, todas las
tardes, colgaba la ropa para blanquear al sol, el cantero de cebollines donde orinaba
por pereza de ir hasta al baño, los trozos de neumáticos viejos donde su madre
plantaba pequenas rosas, el musgo y las hierbas cubriendo los muros...), todavia
estaría a tiempo, podría por lo menos batirse a duelo con su destino impuesto y salir
a las brazadas contra esa corriente.
El cortejo ya estaba cerca del Puente Vieja cuando W bajó del ómnibus cerca
del Club de Remo. La valija con pocas pertenencias parecía vacilar en sus manos
trémulas, clavado allí, mirando como un extraño y sin ser visto, el séqüito pasando
silencioso, aquellas cabezas bajo solemnes paraguas protegiéndose del sol de la
tarde tórrida de enero. El sonido de los pasos entreverados de los acampañantes
parecía imprimirle una sorda melodía. La sensación de impotencia camina con él en
el breve y angustiante trayecto entre la vereda y el centro de la calle, donde el ataúd
avanza en marcha fúnebre, conducido por gente desconocida. (W tenía aversíon a
funebreros, necrológicas, panegíricos, responsos, misas de réquiem, oraciones al pie
de la tumba). Todavia no lo habían notado. Su madre, enlutada en una ropa oscura,
apretaba el pañuelo contra la nariz, se limpiaba de los ojos que se empapaban
debajo del velo. Tomada del brazo de quien hacía tres décadas era su empleada y
fiel escudera, contemplaba el carrito de la funeraria con sus neumáticos banzando
sobre los adoquines. No había visto a su hijo, oculto como su rostro por la barba
espesa. Ciertamente, en sus pensamientos, ocurría el nino que había sido un día, así
también pasaba su posible ausência. Mientras tanto, se arremolinaban escenas en la
cabeza de su hijo, él que procuraba alcanzar, sobre las otras cabezas, un punto de
fuga. Recordo las pocas veces en las que él y su padre habían ido junto al matiné del
Cine Machado para asistir a las incontables reposiciones de Peter Pan, Mazaroppi y
películas de western, sus primeras e inolvidables emociones. Después el carrito de
la pipoca en una de las puntas de la plaza, la vuelta a casa, bajando por la calle de
la estación de ferrocarriles hasta la vieja fábrica de tejidos, subiendo por la calle de
la escuela Senai hasta el final y en mitad de camino jugar billar con Nelinho en los
hondos de la Peluquería Fla-Flu. No se acuerda de nada más ameno, porque sacando
eso, estaban las quejas de doña Aurora, los reclamos de su padre, la prohibición de
jugar con el vecino (hijo de Leninha, la separada). Se cansó de escuchar Cuidado,
que la mamá de él no es buena gente, ¿qué van a decir de nosotros?. No, no quería
estar mortificandose, aquel era un pasado lleno de prejuicios, hoy él era un hombre
de otro mundo, viviendo en la Capital, pero los recuerdos venían, inevitablelmente,
los recuerdos venían, resistentes, a pesar de todo, como si algo hubiese detonado
los archivos secretos de tantas cosas pulverizándose de forma desagradable en un
momento como aquel.
Cuando el cortejo estaba subiendo la cuesta de la Cia. Industrial, fue notada
la presencia de W, entre frialdad y distancia. Primero la incredubilidad, la palidez, el
mudo intercambio de miradas entre parientes y otros presentes. Tristes y desérticas,
las personas decían palabras convencionales. Pero el farmacéutico Mobarak, dueño
le la Droguería Persa y su padrino de crisma, fue lo unico en reconocerlo, dandole
un abrazo mudo y conmovido. Más allá de eso, el abrazo en sollozos de su madre,
bajo las miradas desconfiadas de los más próximos. No se dijeron nada, apenas los
mútuos brazos inermes que se envolvían, en el último adiós a quien llegó a su hora,
sin que despertaran en él otras sensaciones, más que la tristeza obvia de la partida,
de la perdida, y ninguna otra conmoción. Deber cristiano, era eso lo que sentían
madre, hijo, empleda, y el hermano, siempre ajeno y todavia sin esbozar la más
mínima crispación en su semblante.
Frente a la via estrecha que divide la extensa explanada de sepulcros, un cuadro
de soledades geométricas. Sus ojos se abisman por esa realidad que nos espera un
día, más allá de las frivolidades del alma, de las luchas insondables del espíritu. El
llanto no llega, la angustia embargada, el movimiento lento de su cabeza recorre el
contorno de la tumba, donde dos sepultureros entrelazan las correas para bajar el
féretro, entre movimientos de las manos para espantar las moscas y el olor de las
caléndulas. Hora postrera. De crepúsculo salvaje. De soledad e inercia de la carne
muerta y ahora envasada en una caja fria y numérica. De preguntas no respondidas.
De nudos no desatados. Del perdón que nunca se construyó. La vida nada diferente
de sí misma, pensó.
Alguien fuma un cigarillo, mientras el cajón baja chocando en los lados, y
pequeños terrones van ensuciando la tapa que no fue abierta para los últimos
adioses bajo el sonido de la ultima súplica del sacerdote Solindo. Al ver el humo
circunnavegar por sobre las cabezas paralizadas y absortas en esse último acto, él
se imagina la vida, disipándo-se, sin dejar rastros. Poco a poco, las paladas de tierra
y cal se van mezclando con las flores medio marchitas arrojadas a la fosa. Recuerda
la única vez en la vida en que su padre lo abrazó: cuando su hermano menor fue
enterrado en aquella misma sepultura, después de haber sido aplastado por el
camión de arena de Agenor – que se adentró en el portón de la obra de su casa
– mientras jugaba, entre los vallados, perfiles y restos de concreto, a ser ingeniero,
y construía una cordillera con tapitas de gaseosa, cuando todavia vivían cerca de
la placita del Rosário, en una casa cuya construcción se interrumpió para siempre,
esqueleto solitário en plaza difusa como recordatorio de un día que nadie olvida.
Hasta hoy la mancha de sangre en el cemento es una marca que no se há
diluído. Le duele, con una angustia creciente, redundante, inscribiéndose una
culpa irremediable. Él fue quien mandó a Serginho a jugar al fondo, para que no
incomodara a su madre, que preparaba el almuerzo para los peones.





to the top