ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 05



1001


Author | Autor: André Timm


Traducido por Fabiola Fernández Adechedera

Los viejos duermen menos ya que la inminente posibilidad de la muerte
los impele a tratar de aprovechar el máximo de vida que aún les queda.
Sin embargo, en aquellas madrugadas, no es que Valter hubiese dormido
poco, es que él simplemente no consiguió pegar un ojo en toda la noche.
De sus avanzados 78 años, 20 habían transcurridos después de la muerte de
su única esposa. No tuvieron hijos. En cuanto a la familia, apenas tenía un hermano
con quien no se llevaba muy bien y por esa razón no lo veía hacía más de 10 años.
Estaba acostumbrado a vivir solo. No sentía la más mínima necesidad de tener
gente a su alrededor.
Algunas veces una cierta tristeza lo tomaba por asalto, generalmente durante
esas noches en vela. Es que la madrugada tiene la inconveniente destreza de acentuar
la sensación de vacío, de oquedad. Pero eso era como la lluvia de verano, solía decir él,
que así como viene se va. El viejo era de la opinión de que quien tenía algo que hacer
no se daba el lujo de aburrirse, puesto que no sobraba tiempo para ello.
No tenía sirvienta y se empeñaba en mantener él mismo la casa siempre
impecable y minuciosamente organizada. Todo en el apartamento tenía su lugar.
En su cuarto, la cama estaba siempre hecha. Jamás había ninguna pieza de ropa
fuera de lugar, ni siquiera sobre las sillas. La misma disciplina se repetía dentro de los
roperos y de los cajones. Calcetines, cinturones, camisetas, corbatas, todo estaba
siempre en regla, como un batallón a espera del orden de su comandante. La cocina
era limpísima. En la sala, los muebles antiguos estaban dispuestos de forma que,
incluso cuando no estaban cerca, la esquina de uno se alineaba con la punta de
la esquina del otro de manera que esto se repetía por toda la habitación. Quien lo
viese desde arriba, podría trazar líneas imaginarias de tal manera que podría percibir
que todo allí, de cierta forma, estaba alineado. Los cuadros en las paredes estaban
simétricamente colocados y con la misma distancia entre todos, lo que valía también
para los portarretratos sobre las repisas, los cuales exhibían fotografías suyas junto a
su esposa, intercaladas con otras de su tiempo en el Ejército.
De allí trajo la disciplina y la austeridad que le eran tan características, así
como la música, la cual había aprendido cuando aún era niño y que perfeccionó
durante los años de Servicio Militar. Decían que, a pesar de la seriedad, la música lo
hacía parecer más joven. No era algo que se decía sin fundamento, pues la verdad
aparentaba tener 15 años menos.
Era alto, tenía los ojos verdes aún vivaces y cabellos grisáceos bien arreglados,
un conjunto de atributos físicos que le imprimía cierta elegancia aristocrática. En el
piano, todo esto parecía que resaltaba aún más. Era lindo verlo tocar. Sin embargo,
su única limitación para la música era la composición.
Tenía el talento natural y la técnica adquirida para ejecutar de forma brillante.
Aunque en lo que se refería a las composiciones propias, era regular. A lo largo de
todo el tiempo que estudió música, nunca logró progresar en ese sentido. Incluso,
después de jubilarse, cuando pasó a tener todo el tiempo disponible para dedicarse
al instrumento, aún así, jamás consiguió crear algo que pudiese ser considerado
realmente bueno.
En los últimos meses habían comenzado a sucederle algunos destellos de
creatividad. Tenía buenas ideas, pero no lograba finalizarlas. Siempre había uno
que otro impedimento que terminaba por estorbarle. Y como el tiempo no hace
distinciones, éste continuaba corriendo con su habitual falta de piedad. Otras
madrugadas venían, aunque nuevos acordes insistían en no aparecer.
En una de esas noches ocurrió una excepción. Sentado en el piano, las
notas parecía que empezaban a fluir. Los acordes comenzaron a sonar de forma
increíblemente armónica y sus manos lograron responder a las notas de creatividad
que su cabeza dictaminaba. Eufórico, él se entregaba a la música y dejaba que ella
tomase forma. Ya no existía sala, ni piano, ni el viejo. Todo ahora era una única cosa.
Formas armónicas se desprendían de la música como transparencias multicolores.
Había unicidad y algo de lisérgico. Toda la energía estaba concentrada en aquel
momento y toda suerte de sentimientos se fundían en uno solo para, al milésimo
de segundo siguiente, volver a expandirse, pero intercambiados los papeles. Era
posible oír los colores y sentir los sabores ácidos y dulces que, respectivamente,
tenían las notas más graves o más agudas.
Y en el ápice de esa entrega el timbre toca.
Valter regresa. Allí estaba él con sus manos, su cabeza de viejo, el piano
y el maldito timbre sonando de forma estridente e irónicamente desafinada.
Desconsolado, se levanta para atender. Mira por el ojo mágico y no ve nada. Vacila,
pues quién podría ser a esas horas de la madrugada. Piensa que puede ser algún
vecino que necesita ayuda. Abre la puerta, pero no hay nadie. Se asoma, mira para
un lado y para el otro y ve a un hombre que dobla a la esquina en el pasillo. El
extraño lo mira de forma tal que no deja dudas de que fue él quien tocó el timbre.
Pero todo es muy rápido, apenas una impresión. Valter sólo captó la imagen de
un bulto y de la mirada lanzada en su dirección. Pero, aún así, vio algo que lo
dejó asustado, perplejo. Podría jurar que aquel hombre estaba desnudo. Encogió
la cabeza y cerró la puerta.
No terminaba de creer que había presenciado aquello, pasó por su cabeza la idea
de si algo tan irreal no podría ser el resultado del reciente trance que había alcanzado
con la música o, inclusive, el resultado de una posible senilidad, ya que tenía casi
80 años. Pero rápidamente descartó la hipótesis, pues, siendo tan viejo, nunca había
demostrado la mínima posibilidad de sufrir cualquier tipo de enfermedad degenerativa
y, siendo así, no sería sin previo aviso que algo de este tipo le acontecería de manera
tan palpable. Esas cosas comienzan a los pocos, se dijo a sí mismo.
Sabía que si se acostase no lograría dormir. Además de no tener sueño, se
había impresionado demasiado con lo que había acabado de ocurrir. Entonces,
incluso sin tener seguridad de si sería posible continuar en el piano, decidió
intentarlo.
Recordaba la secuencia de acordes que había logrado ejecutar antes de atender
la puerta y comenzó a partir de ella. Sin embargo, enseguida fue interrumpido
nuevamente. Esta vez no fue de forma directa pero aún así fue desconcertante.
Aún tratándose de un edificio de lujo, y por lo tanto con un buen aislamiento
acústico entre los apartamento, cualquier conversación más exaltada se hacía oír
en medio del silencio de aquella hora de la madrugada. Y era exactamente lo que
sucedía. La pareja del apartamento vecino al de Valter discutía hacía meses, por
lo que resultaba inviable cualquier intento de dedicarse a alguna actividad que
exigiese un mínimo de concentración. Incluso, de forma velada, era posible oír con
nitidez todo lo que hablaban.
A cada frase más áspera, a cada contraataque entre la pareja, era como si
aquellas palabras entrasen más profundamente en la cabeza del viejo. La sala,
espaciosa y de techo alto, parecía comprimirse, como si las cuatros paredes se
acercaran en dirección al centro, llegando cada vez más cerca de él. En la medida
en que la habitación disminuía, su irritación aumentaba. Le escurría el sudor por
el rostro, lo que le causaba más incomodidad puesto que no le gustaba sentirse
sucio. Fue entonces cuando de un zarpazo apretó las teclas del piano de modo
que un estruendo vibrante y desarmónico resonó por todo el apartamento. Las
paredes se detuvieron. Lentamente volvieron a su posición natural.
Frustrado, Valter dio por terminado aquel día, puesto que concluyó que de
allí no saldría más nada. Encendió la TV. y así pasó la noche: dormía y despertaba
entre flashes continuos. Se levantó a las 6 de la mañana. A pesar de la mala noche,
estaba bien dispuesto. Después de un baño decidió ir a la panadería a desayunar.
En el pasillo, frente al ascensor, se encuentra con la pareja vecina. Ella tenía la
cara hinchada de tanto llorar. Él tenía ojeras. Los saluda de forma austera. Entran
en el ascensor pero la falta de tema de conversación resulta incómoda. Como
suele ser en estos casos.
Luego, de regreso a casa, se sintió somnoliento. Como eso era algo que venía
ocurriéndole con mucha frecuencia en los últimos tiempos, aprovechó la ocasión.
Bastó con cerrar las cortinas y dejar el cuarto a una agradable media luz para
acostarse y lograr conciliar el sueño.
Se sintió leve, casi flotando. Todas las paredes del edificio desaparecieron,
exponiendo la intimidad de cada uno de sus habitantes. De lejos, él observa todo.
Algunos pelean, otros simplemente están absortos en sus tareas cotidianas. Uno
de ellos destaca entre los demás. Está en las bases de la construcción. Sobre los
hombros sostiene todo el edificio. Sus piernas son como pilares clavados en el piso.
La imagen es borrosa, desenfocada. Aprieta los ojos para intentar ver mejor y algo
allí le parece familiar. Es el hombre desnudo. Éste nuevamente enfrenta a Valter
para enseguida abandonar el edificio que comienza a derruirse. Pero, antes de que
 los escombros cayeran en el piso, él se despierta de sobresalto, con la respiración
ligera, jadeante. Tiene la nítida impresión de que pasaron 15, tal vez 30 minutos,
pero al mirar por la ventada descubre que había dormido todo el día, pues ya era
de noche nuevamente. Piensa en el sueño y se pone un poco aprensivo, pero trata
de olvidarlo. Después de preparar un rápido bocado se dirige al piano. Y como si
el destino estuviese jugándole una mala pasada, cuando estaba a punto de acabar
el primer acorde, es sorprendido con las manos en el aire a punto de finalizar el
movimiento. Como si sólo estuvieran esperando que él comenzase a tocar, la pareja
vecina inicia una nueva discusión. El viejo piensa en tocarles la puerta y pedirles
que discutan más bajo, pero enseguida concluyó que no serviría de nada. Sería solo
cuestión de minutos hasta que comenzase todo de nuevo. Entonces, una vez más,
se ve forzado a dejar la música de lado. Agarra los cigarros y se va hacia el balcón.
Observa el movimiento en las calles. Hay pocos automóviles, pero sí un número
considerable de personas para esas horas de la noche. Ellas van y vienen en una
masa anónima. Al mirar hacia el edificio de enfrente, un hombre llama su atención.
La distancia no es grande, de forma que es posible ver con cierta nitidez lo que él
está haciendo. Éste digita ferozmente, como si castigara las teclas del computador.
Son largos períodos de digitación, intercalados con breves miradas que él parece
dirigir al edificio de enfrente, el de Valter, que era básicamente la única dirección
para la cual podía mirar, debido a la disposición de los edificios. El viejo observa
la escena de forma curiosa mientras termina su cigarro. Con una pequeña colilla
entre los dedos, da la última pitada y la coloca en el cenicero encima de la mesa del
balcón. En el apartamento de al lado la pelea continua. Como no hay más nada qué
hacer, enciende el televisor lo cual rápidamente lo lleva de nuevo al sueño. Ahora
el hombre está sentando frente al piano. Como antes, está totalmente desnudo,
pero toca una canción realmente hermosa. Valter inmediatamente la reconoce.
Es la melodía que él había comenzado a tocar, pero que había sido incapaz de
concluir. Intenta prestar atención, pero incluso en el sueño la discusión de al lado
se lo impide. Entonces, se acerca. Oye cada nota, cada acorde. La melodía llega al
punto en que él había parado y en ese momento, inclusive sin haberla concluido,
tiene la impresión de la que ya la conoce. El hombre desnudo la ejecuta de una
manera brillante, baja la tapa del piano y se dirige al balcón, donde desaparece
por completo. En el exacto momento en que desaparece, el viejo despierta. Corre
desesperado hacia el piano con la esperanza de poder ejecutar la música antes de
olvidarla. En ese momento oye unos golpes secos e insistentes en la puerta. Mira
por el ojo mágico y ve a su vecino, quien justifica el inconveniente por el hecho
de necesitar el teléfono prestado, pues la línea de su casa está desconectada.
Una situación de emergencia, dice. Valter atiende al pedido y no pasan ni cinco
minutos para que el desentendimiento recomience. El viejo, en su límite, le pega
con brutalidad a la pared que da para el apartamento vecino, da tres golpes con
el puño cerrado. La discusión cesa en el momento. El silencio se apodera de todo.
Vuelve al piano, pero es en vano. Ya olvidó completamente la melodía.
Son las cuatro de la mañana. Vuelve al balcón y ve patrullas de policías rondando
el edificio. Se fuma otro cigarro. El hombre en el edificio de enfrente
continúa digitando.
Son las ocho de la mañana del día siguiente. Durmió poco y mal. Decidió bajar
para desayunar y tomar un poco del aire matutino. En el camino, varias personas
en frente al kiosko de revista comentan sobre la mujer del edificio Grecia, el edificio
donde Valter vive. Al escuchar el nombre, el viejo se detiene inmediatamente para
enterarse del asunto. Una mujer, una vecina, estaba desaparecida. El hijo había
desaparecido también. En el apartamento todo indicaba una salida rápida.
Agarró el diario y prosiguió. Se quedó durante horas en el café. Leyó
lentamente los artículos y después permaneció por un buen tiempo observando
por la ventana a las personas que pasaban por la acera. En un determinado
momento, cuando se cansó de mirar hacia afuera, dirigió su atención a la mesas
a su alrededor. En el rincón diagonal, opuesto al suyo, vio a un hombre que le
pareció familiar, el cual, entonces, también miró fijamente al viejo. Valter no tenía
dudas: era el mismo de sus sueños, el mismo que había tocado el timbre. Demoró
para reconocerlo porque estaba vestido. Pero, definitivamente, era él. Se levantó y
caminó en dirección al hombre. Pero apenas dio los primeros pasos sintió un leve
malestar, un mareo que lo llevó a desmayarse y caer en el suelo.
Despertó con extraños que abanicaban su rostro mientras le daban palmadas
en la cara. El hombre ya no estaba allí. Después de innumerables recomendaciones
para que fuese a un hospital, finalmente, logró librarse de las personas y se fue a
su casa.
Caminó rápido. Había acelarado el paso cuando metió las manos en los
bolsillos y percibió que había algo en uno de ellos. Un papel. Lo desdobló y se
quedó pasmado cuando percibió que aquello era una partitura. Inmediatamente
reconoció la melodía. Era la misma que él había comenzado. Pero allí estaba
completa, desde la primera hasta la última nota.
Corrió para casa y se abalanzó sobre piano. Él arreglo era complejo. Necesitó
de varias horas hasta que pudo dominarlo. Y cuando finalmente lo logró, estaba
exhausto. Ya era de madrugada. Estaba tan concentrado en la música que
solamente ahora se daba cuenta de que aquella era la primera noche, en semanas,
que la pareja no había discutido. Al día siguiente, cuando bajó para desayunar, se
cruzó con la mujer en el ascensor. Cargaba algunas maletas y un taxi la esperaba
enfrente al edificio.
Eran las siete de la mañana. Desayunó, volvió a su casa y se puso a fumar en
el balcón. Entonces, tuvo a impresión de oír ruidos en la puerta de la sala. Se dirigió
hacia dentro y, asustado, se dio cuenta de que no se trataba de una impresión.
Alguien estaba del otro lado de la puerta tratando de abrirla. Siente la adrenalina
manifestarse, todo su cuerpo se tensiona en una reacción instintiva. En ese instante,
tomó una decisión inexplicable: en vez de huir o de intentar defenderse, simplemente
le dio vuelta a la llave, decidido a atacar antes de ser atacado. Abrió la puerta.
Siete y quince de la mañana. Los habitantes del edificio Grecia despiertan
asustados con el intermitente sonido de las sirenas y los ruidos provenientes de la
calle. Alrededor del edificio hay un gran movimiento de carros de policías,
ambulancias y diversos vehículos de la prensa. Los curiosos se juntan alrededor
del cordón de aislamiento para intentar ver los cuerpos que están tendidos en
el piso. Hace pocos minutos dos hombres se habían suicidado lanzándose,
respectivamente, desde el décimo y el vigésimo piso.





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