ISSN 2359-4101

Brazilian Literature in Translation / Literatura Brasileña en Traducción

Issue / Numero

year/año: 2012
issue/numero: # 05



Dos siglos en un día


Author | Autor: Urariano Mota


Traducido por Luanda Calado de Santana

A partir de allí venía en Jimeralto una laguna, un vacío que separaba a
María del desarrollo de aquellas horas, que para él no se desarrollaban,
antes ganaban un accidente brusco, como si fuera una vida que no se
unía a la anterior, algo como hablan los ex−ricos que de la noche a la
mañana pierden el patrimonio, “yo tenía todo y me quedé sin nada”. Pero no, quizás
era algo más grave que la pérdida de todos los bienes burgueses, que para ellos es
todo. Pues en Jimeralto hubo dos siglos que se extrañaban. El primero, hasta las
últimas horas él se veía niño, era clara la percepción de su infancia, como si tuviera
un conjunto vivo de fotos, de negativos, que él podría revelar paso a paso, con los
minutos, días y noches documentados. En otro siglo, ya no se veía. Él perdiera la percepción
de su propia imagen. Él se imaginaba a partir de cierto punto − pero ¿qué
punto, lugar y hora? una nube de indeterminación −, él se imaginaba una consciencia
que se formaba por los oídos. Era como si los sentidos se hubiesen reducido a la
audición, pues de él se fueran el tacto, el paladar, el olor − ¿dónde están las hormigas
culonas fritas? −, los ojos para sí mismo – ¿se han roto todos los espejos? Había un
sentido más duro que reunía todo. En el anterior, había quedado la alegría. Mojarse
bajo la lluvia, beber leche materna, hacer splash en el cuerpo de Selma, aspirar el
perfume de la chica blanca, María desnuda en el baño, era la alegría. No le adelantaba
estremecerse en las carnes, de allí por delante perdiera la infancia, restaba un
niño sin la imagen de sí mismo. Desde ahí el vacío inmenso, sin puente sobre el abismo.
En un siglo él apenas avistaba el anterior, allá del otro lado, en otro país. Parecía
inclusive que a sus gestos el primitivo Jimeralto no respondía, pues ¿cómo podría
contestar a nadie? O entonces, ¿cómo podría contestar el chico a un futuro de que
no tenía ganas? ¿Si también el abismo, al ver el abismo, él rechazaba? Había que
pasar por él, pero ¿cómo? No había alfombra mágica para transportarlo, ni puente
maravilloso para el otro siglo.
A la semejanza de la rudeza de un cálculo iterativo, en que se aproxima el
posible de una solución ideal, que en Jimeralto era una solución maldita, o cómo,
todavía en el terreno de las semejanzas rudas, en una aproximación de cálculo del
límite, había lugares cada vez más próximos del abismo, vecinos de un agujero sin fin,
que no eran la pobreza del concepto matemático, con sus restricciones inadmisibles
en la vida. Pues se toda representación del conocimiento es simulacro, y de él el
menos pobre es el conocimiento artístico, entonces se puede decir que por un solo
y corte de violín Jimeralto era atravesado, de una partitura que él no lo sabía, de una
composición que a él sonaba mal, pero de la cual guardaba una revelación:
él se sentía en aquella angustiosa hora como un feto. Pues como un feto él se ha
vuelto con la cabeza descomunal, de ojos saltones, grandes, como los fetos parecen
cuando se aproximan del nacer, y, con más precisión: él se sintiera cual feto caído
a un lugar sin casa, sin suelo, solitario sobreviviendo en una selva oscura. ¿Qué era
aquello? Cómo ha sido que en un segundo había una persona, un niño lleno de
proyectos, y en el otro él retrocedía a la condición primera, pero un primero a que
nadie seguía después.
Debía haber una preparación para la muerte. No sólo para la propia, sino a
la persona íntima que se nos arrancan, que deja al fin un fantasma. Los años de
madurez apuntarían a él que existen supervivencias deshonrosas, a cuales sólo la
canallada y el cinismo se acostumbran. Hay otras sobrevivencias que no se piden,
que no se querían, donde la participación del sobreviviente es ninguna, como en
la partida de una persona fundamental, que deja en la adaptación de quien se
queda una deshonra no percibida por todos. Pero allí, a un niño de 8 años, sería
exigir en demasiado. Entonces el Jimeralto maduro oscilaba entre dos extremos,
sin mediación, a semejanza de María. Al pensar sobre aquel día de diciembre, él
oscilaba entre el sentido rígido de militar rudo y el amor suave, ablandador, por
María, que ganaba un corazón elástico. En un extremo, absurdo, él debería haber
seguido su madre en 1958, quedarse muerto con ella; en otro, igualmente absurdo, él
debería continuar la madre en una nueva vida para ella, en una dilatación ideal, María
prolongada en coraje y ternura. La realidad castigaba esos extremos del corazón.
Porque la realidad seguía con una crueldad, un desprecio infinito a los movimientos
de su afecto.

Él estaba en la cama de la madre, donde se quedaba durmiendo desde la
madrugada, cuando ella había salido de casa. Eso era un plan de corte en la memoria.
Él no quería acordarse, e por eso no recordaría de los momentos que antecedieron
la salida de María para la maternidad. Había rincones y personas en el saloncito,
en la habitacioncita, que estaban escondidos en un desván imposible, de lo que le
quedara anoche. Mal se acordaba aún del llanto, el pedido de su madre, que, pese a
que de altiva, determinada, en aquella hora suplicaba entre gemidos:

— Me quiero morir con mi hijo.

Eso él no quería ni podría acordase. Quizás porqué aún sin ver en la habitación
aquél estimado rostro que pedía, la cara atravesaba la pared, y pudo ver con los ojos
de la imaginación la cara bella de la madre toda húmeda, balanceando el maravilloso
y gordo rostro hablando:

— No, yo no tengo ganas de ir a la maternidad. Sé que voy a morir. Me quiero
morir acá con mi hijo.

Eso él ha oído, con el comienzo de la percepción a la que quedaría reducido,
ver, sentir, hablar con los oídos. Y por así, mirarla, ah, maldición de palabras que
nada expresan, veía con timidez, que es otro nombre de impotencia, veía a su
madre sudando, sudando mucho, inundada en su sudor en aquel horno de aquella
habitacioncita, llorando de angustia, en su mejor camisón, clavada al vientre
hinchado. Rodeada de mujeres, vecinas, que más parecían buitres, con la solidaridad
de los buitres que acechan la agonía, ella no cesaba de repetir:

— Me quiero morir con mi hijo.

Las respuestas a ese pedido eran una mezcla de habla bondadosa y de
arbitrariedad, de aquella molestia cobarde que los saludables dirigen a los
agonizantes:

— María, tú vas.

Hablaban, pero todo, es cierto, enmascarado en un tono tierno, de mimo,
alabado como las beatas de iglesia llevan la costumbre de hablar, cuando se refieren
a las virtudes y cosas santas:

— En la maternidad, te quedarás buenita.

Al que la madre, creyéndose apenas con aquellas aves de mal augurio a
rondarla, contestaba sin consuelo, de modo más verdadero:

— Sé que voy a morir. Me quiero quedar con mi hijo.

Eso él ha oído, escuchó y vio, pero le llegaba como una lengua arcaica, una voz
de esclavos en la ciudad soterrada de Pompeya. Porque oía, escuchaba y duro era
alcanzar el entendimiento. Se acuerda, se acordaría de las palabras que se repetían
en un mantra, de invocación o presagio de la desgracia que la razón confortable
no podría comprender: “me quiero morir con mi hijo, yo quiero morir con mi hijo”,
sollozando, del otro lado de la pared. Hasta que llegó su padre, el hombre. Con
que ironía de sentido él recordaría el término, el hombre. Iba a decir mejor, con el
significado de los años de lucha contra la dictadura, en el temor, doce años antes:
“ha llegado la represión, llegó la policía, ahí viene el hombre”. Pues cuando llegó el
hombre, aquel que es temido poder de destrucción, todas las vecinas se habían
callado, incluso los buitres, que hacían el papel de plañideras antes del cuerpo
volverse difunto. Y cuando el hombre llegó, entró en la habitacioncita abrupto, sin
pedir permiso, pues estaba en la casa suya, en aquello que nombraba casa. Él entró,
en el propio deseo, vestido en la persona del Ángel Salvador, pero para todos ha
entrado con el imperio de Lucifer, de un Lucifer que jamás tenía dudas acerca de los
infelices que tiene bajo su dominio: son suyos, están suyos, él los usa, abusa, y pune.
A los ojos aterrorizados del niño se parecía que allí llegaba la definición del destino.
Y con sus ojos de oído ha visto:

— Ella va para la maternidad. Ahora.

María creció más su llanto. Si antes estaba en desventaja, en esta hora, que no
podría levantarse y avanzar sobre él, todavía más oprimida se encontraba. Y sin
fuerzas ya, todavía murmuraba:

— Me quiero morir con mi hijo.

Filadelfo no la escuchó ni la contempló. De lo que se quejaba la mujer? Jimeralto
era sólo un niño, pero no por eso conviviría bien con el recuerdo de que no fuese más
que un niño subyugado ante fuerzas mayores, en aquel momento. De no obedecer
aquél rayo de segundo único en que podría afrontar el despotismo del padre:

— ¿Qué autoridad tiene usted para matar a mi madre? Venga hacía mí.

Pero Jimeralto era solo un niño. De que adelantaba lamentar el héroe que no
fuera, el héroe imposible que podría resolver el dolor de María? Los sus granos de
valor, asemejados a granos de oro, se han revelado granos de arena. Entonces llegó
el instante de que no se acordaba, el instante del que nunca ha deseado acordarse,
que tan oculto y marcado no se acordaba, una cosa que hubo pero no sucedió,
porque no podría nunca acontecer: María pasó por la sala, donde él ahora se
encontraba, llevada en una silla y muchos brazos. Entonces él no pudo ver, no pudo
oír, porque al pasar por él María no más ha gemido, se ha callado, le quiso sonreír.
Pero tan agoniada iba que apenas le jugó una última mirada, una mirada en que la
esclerótica de los ojos vino menor que la pupila. Era un mirar de María porque estaba
en su rostro, pero allí ya no estaba María. Pasó otra. Pasó otra mujer, a la busca del
hijo. Y grande y feroz fue el dolor del chico. Dolor de la impotencia que creció y ganó
significado con el tiempo. En aquella exacta hora en que María perdió la puerta suya,
su callecita, en aquel callejón, no. Allí hubo un malestar que no se explicaba, que
se pegaba contra las historias de un hermanito. Lo real era aquello, aquella agonía,
¿aquél sacrificio? El sueño de la madre aparecía cristalino en su mirada, cuando ella
ha estado cerca de ultrapasar la puerta. Cuando, con precisión, ¿cuándo?

Hubo después un proceso de puntilloso montaje en la recordación, pues él
dejara la noche anterior para amanecer acostado en la cama de María. ¿Cómo él
atravesó aquel fin de siglo, de la salida de la madre hasta la mañana del otro día?
La noche honda debe haber pasado bajo anestésico, o ebriedad precoz de niño.
¿Cómo él pudiera dormir en medio tamaña agitación en la casita y en la vecindad?
“Sea lo que Dios quiera”, escuchara. “Loado sea Nuestro Señor Jesucristo”, allá en
el hondo de la noche, en un punto escondido en las sombras, alguien dijo. Entonces él
ha entrado en una bolsa, la bolsa se abrió y él estaba en la cama de María. La cama
era ancha para su cuerpo delgado, la colcha color de rosa, bordeada, de un tejido
distinto de la tela gruesa, de bolsa de harina de trigo, que le cubría en la otra célula,
que llamaban de habitación. Aquella colcha es que se mostraba a las visitas. Debe
haber sido comprada a plazos para que los visitantes pudiesen comentar “Que bien
vive, la Maria”. Y por eso, al despertarse, él la alisaba, pasaba la mano sobre la colcha
como si pasase la mano por el rostro de su madre, en la extraña transferencia que
las cosas tienen de guardar la persona que las usara antes. La colcha de la madre,
el rostro, la mejilla lisa suya, agradable a los dedos. La colcha poseía hasta la su
cabellera, en los flecos que bajaban o se mostraban en la cabecera.

Se acordaba y no lo sabía como fuera posible que la ventana de la habitación
estuviese abierta. Y allí, en lugar de aquella noche de ayer se abría un cielo azul
con nubes pronunciadas, con una luz y alegría que hacían un impudor. Un cielo
de escándalo de alegría, un cielo que dejaba en quien lo mirase una realización de
felicidad. Entonces él se vuelve, no sabía si por aquél hombre familiar, de imagen
de descanso, no lo sabía si por aquel bulto había sido despertado, o si él apareciera
después, para mejor componer en el cuadro de la ventana la pintura del cielo,
aquel paraíso prometido a todos los padecientes del mundo. Entonces él ha visto el
rostro que recordaba María en la persona del tío Maciel, una cabeza de María sin su
cabellera y ternura, el hermano gemelo y depositario de la madre, tan lejos en los
últimos días y tan cerca ahora, componiendo como un ángel bueno el cuadro del
cielo en la ventana. Él, Maciel, le clavaba una mirada, él, Maciel, lo observaba sin reírse
y ni sonreír, distinto de lo que sería de esperar en aquella hora, en aquella mañana.
Pero ¿qué importaba? El niño, a semejanza de todos los adultos que aguardaban
la llegada del tren, aquel tren que lleva a Estambul, de Água Fria para la Turquía, el
niño, a semejanza de todos los adultos que esperan esa maravilla del conocimiento,
no quería notar el grave en la cara del conductor o el estado del vagón. El tren ha
llegado! Tío Maciel está en la ventana. Y para la altura del rostro semejante a María,
Jimeralto pregunta:

—¿Ha nacido mi hermanito?

Jimeralto no supo después si la crueldad es una cosa que la víctima busca, o
si la crueldad está en primer lugar en la victima, que atrae el desencanto, el dolor
sin remedio, al alimentar en si una loca e infundada esperanza. Cuando ha oído “¿ha
nacido mi hermanito?”, en el mismo tono con que Jimeralto preguntaba a la madre,
“¿ha comprado usted el muñeco de Benedito?”, el negro travieso con los morros
gruesos que hablaba cantando y parloteando, al escuchar aquello el rostro de Maciel
no se movió.

—¿Ha llegado él?

Ante el silencio del tío, el niño Jimeralto preguntó más claro:

—¿Ha nacido ya mi hermanito?

El rostro de Maciel pálido, por la falta natural de color o de fuga de color en
aquel instante, le dio la respuesta:

— Su madre murió.

—¿Qué?

—Su madre murió.

¡Cómo era dura aquella gente de María! Incluso los más delicados, incluso los de
naturaleza más femenina eran bárbaros. Tío Maciel, con aquel rostrito de educación
santa, osaba responder a la nebulosa esperanza del niño, hablar aquella nube líquida,
acuosa, que se formaba ahora para dejar el cielo azul empañado el ex−cielo azul en
el cristal empañado del tren para Estambul.

—Su madre murió.

—¡Mentira! Usted está mintiendo!

El rostro de Maciel no se movió ni salió del lugar desde el que empañaba la
ventana del tren para Estambul. Allí en aquella ventana el rostro del ángel evitaba el
azul del cielo, el luminoso día visto aún desde en el callejón. Y por eso los ojos del
chico, porque no veían más el azul, querían por lo menos secar aquella tempestad
líquida que venía, insidiosa, en el raso de la vista:

—Usted está mintiendo.

—Es cierto, su madre murió.

Allí en el instante de aquél siglo la infancia de Jimeralto se fue. Allí en aquel
instante, en un minuto del tamaño de un siglo, su infancia se acabó. La realidad
era la mentira para el corazón. Los bienes nobles, el valor de la esencia, la leche
de los pechos, el cariño, los dedos de mágico orfebre en un toque en el pelo, la
palabra en la voz más caliente, la comprensión infinita para la naturaleza del niño,
desaparecieron. Se ha vuelto el rostro del ángel expulsado en la ventana:

—Su madre ha muerto, Jimeralto.

Porque no dijo “¿mi hermana falleció”? O, ya que hablaba para un niño que
propendía a creer en una resolución maravillosa, porque no dijo, “mira aquel cielo,
Jimeralto, ¿ves? María se fue hacia aquella nube”.

—¿Adónde, tío? contestaría.

—Allí, hacia aquel azul, María se ha vuelto azul.

*De la novela “O filho renegado de Deus”, editora Bertrand Brasil, 2013





to the top